«Al­guno se pien­sa que la ca­rre­te­ra es un cir­cui­to. Pi­do pre­cau­ción»

La Voz de Galicia (Ourense) - - El Tiempo - PA­BLO GÓ­MEZ

Im­pri­me a sus pa­la­bras to­da la pau­sa que no le per­mi­te su fre­né­ti­co de­por­te, aun­que en oca­sio­nes, Al­ber­to Mei­ra (Vin­cios, 1977) re­ga­la un ace­le­rón. Evi­ta los vo­lan­ta­zos a lo lar­go de la con­ver­sa­ción, y se no­ta que no ha­bla con el freno de mano pues­to. Ga­li­cia es el pa­raí­so de los ra­lis y Al­ber­to es uno de sus ha­bi­tan­tes más des­ta­ca­dos y lon­ge­vos.

—No hay me­jor re­ga­lo de cum­plea­ños que un tí­tu­lo, aun­que el su­yo pa­re­ce que lle­gó por co­rreo [lo ga­nó ofi­cial­men­te tras sus­pen­der­se la úl­ti­ma prue­ba].

—Pues sí. Y nun­ca me ha­bía su­ce­di­do tal co­sa. Aun­que los fi­na­les siem­pre es­tán apre­ta­dos, sue-

—¿No se can­sa de su voz?

—Pa­ra na­da. Voy con­cen­tra­do. No es co­mo el tí­pi­co ami­go pe­sa­do que te ha­bla a la ore­ja una no­che de fies­ta. Nues­tra re­la­ción es co­mo un ma­tri­mo­nio, tie­ne que ha­ber fee­ling, buen ro­llo, aun­que hay ten­sión y dis­cu­tes. Yo so­lo tu­ve dos en mi ca­rre­ra: Ál­va­ro Ba­ño­bre y David Váz­quez.

—¿So­por­ta mu­cha pre­sión?

cil. Aho­ra mez­clas en la ca­be­za ne­go­cios y com­pe­ti­ción. Te das un gol­pe y mi­ras al bol­si­llo.

—¿Po­ne en jue­go su vi­da?

—Es un de­por­te de ries­go, co­mo to­dos los de mo­tor, no ca­be du­da. Pe­ro no se pue­de te­ner mie­do. So­lo res­pe­to pa­ra ha­cer las co­sas co­mo se de­be. Y si al­go pa­sa, que sea ha­cien­do lo que te gus­ta y no ti­ra­do en el so­fá.

—¿Hay mu­cho irres­pon­sa­ble?

—No lo creo. Pe­ro es im­po­si­ble con­tro­lar ca­da de­ta­lle a lo lar­go de un tra­mo en­te­ro. Me preo­cu­pa la con­cien­cia­ción. A ve­ces, lle­go a una cur­va, apu­ran­do una fre­na­da de quin­ta a pri­me­ra, y veo a un tío ahí sen­ta­do en la cu­nea ca­sa! Lo de­jó sa­tu­ra­da, pa­ra no caer en po­si­bles tram­pas fu­tu­ras.

—¿Hay tram­pas en los ra­lis?

—A su ma­ne­ra, pe­ro tam­bién hay con­tro­les, co­mo en to­do.

—Us­ted co­rrió con­tra Kank­ku­nen.

—Fue un roads­how. Lue­go pen­sa­ba, pa­ra es­to pri­me­ro hay que va­ler y des­pués, te­ner di­ne­ro y sa­ber pro­gre­sar des­de jo­ven. Mu­chos gas­tan mi­llo­nes y no lle­gan a na­da.

—¿Qué co­che par­ti­cu­lar tie­ne?

—Cam­bio a me­nu­do, por­que ten­go una com­pra­ven­ta. Pe­ro siem­pre dié­sel. No pue­do man­te­ner uno de ga­so­li­na. Y voy más tranquilo, con el con­trol de ve­lo­ci­dad. Al­guno se pien­sa que la ca­rre­te­ra es un cir­cui­to. Yo pi­do pre­cau­ción a to­dos los con­duc­to­res. Si quie­ren ma­tar el gu­sa­ni­llo, hay for-

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