«Mu­chos no creían en mí, yo sí»

La Voz de Galicia (Ourense) - - Deportes - MÍ­RIAM VÁZ­QUEZ FRAGA

Su pa­dre es mé­di­co y, co­mo a tan­tos hi­jos, a Su­sa­na Ro­drí­guez Ga­cio se le me­tió en la ca­be­za de ni­ña que que­ría se­guir sus pa­sos y es­tu­diar esa mis­ma ca­rre­ra. Tam­bién co­mo cual­quie­ra, iba a ne­ce­si­tar bue­nas ca­li­fi­ca­cio­nes y, ade­más, co­mo la de­por­tis­ta de éli­te que es, un es­fuer­zo adi­cio­nal pa­ra lo­grar­lo al mis­mo tiem­po que avan­za­ba en esa otra sa­cri­fi­ca­da fa­ce­ta. Con la di­fe­ren­cia de que la pa­ra­triatle­ta vi­gue­sa es al­bi­na y na­ció con me­nos de un 10 % de vi­sión. Aho­ra, li­cen­cia­da en Me­di­ci­na, lle­va dos me­ses ejer­cien­do de re­si­den­te. «Mu­chos pen­sa­ban que no lo con­se­gui­ría, no creían en mí, pe­ro lo im­por­tan­te era lo que cre­ye­ra yo». Y ella nun­ca du­dó.

Diez días des­pués de re­gre­sar de Río, don­de fue di­plo­ma olím­pi­co, le es­pe­ra­ba un re­to ma­yúscu­lo. Uno más pa­ra la lar­ga lis­ta que ha acu­mu­la­do en sus 28 años de vi­da. No sin mie­do, pe­ro con unas ga­nas de ven­cer­lo muy su­pe­rio­res al te­mor. «Cuan­do hi­ce las ma­le­tas en la Vi­lla Olím­pi­ca sa­bía que un sue­ño ter­mi­na­ba y en el hos­pi­tal em­pe­za­ba una aven­tu­ra dis­tin­ta. Co­mo to­do lo nue­vo, me im­po­nía res­pe­to y me ge­ne­ra­ba du­das», se sin­ce­ra. El pri­me­ro lo man­tie­ne, por­que «por la res­pon­sa­bi­li­dad del tra­ba­jo, de­be se­guir ahí siempre»; las du­das, por el con­tra­rio, se han di­si­pa­do. «Es­toy fe­liz, con­ten­tí­si­ma», re­pi­te una y mil ve­ces. Su voz y su son­ri­sa lo con­fir­man.

Su­sa­na es­co­gió el ser­vi­cio de Me­di­ci­na Fí­si­ca y Reha­bi­li­ta­ción del Hos­pi­tal Clí­ni­co de San­tia­go. O en reali­dad no, por­que su pri­me­ra op­ción era otra en lo que a la ciu­dad se re­fie­re. «Me ha­bía plan­tea­do Psi­quia­tría, En­do­cri­no­lo­gía, Me­di­ci­na Pre­ven­ti­va... Al fi­nal me de­ci­dí por es­ta pen­san­do que era la que me­jor se adap­ta­ría a mis con­di­cio­nes y así es­tá sien­do. Pe­ro no pu­de que­dar­me en Vi­go co­mo que­ría», con­fie­sa. Aho­ra se fe­li­ci­ta de que las cir­cuns­tan­cias le con­du­je­ran a don­de es­tá. «Pien­so en la suer­te que tu­ve de fa­llar esas dos pre­gun­tas más y no te­ner ac­ce­so a aque­lla pla­za por­que ya no me ima­gino en otro si­tio», se­ña­la.

En la ca­pi­tal ga­lle­ga fue don­de cur­só sus es­tu­dios y en­tre­nar allí no es nue­vo pa­ra ella. Aun­que ad­mi­te que hay co­sa que han cam­bia­do. «Ten­go mi gru­po de la Uni­ver­si­dad pa­ra na­dar y pa­ra co­rrer cuen­to con gen­te que me echa un ca­ble; cuan­do no, voy al gim­na­sio. Pe­ro sí que es ver­dad que en la Uni­ver­si­dad cuan- do quie­res es­tu­dias y cuan­do no, no. Te or­ga­ni­zas tú. Aho­ra ten­go un ho­ra­rio fi­jo y no es tan sen­ci­llo. Pe­ro la vi­da son cam­bios y no extraño la eta­pa an­te­rior».

En pie a las seis de la ma­ña­na

Aho­ra su ru­ti­na co­mien­za a las 6. «Pu­se esa ho­ra pa­ra los con­tro­les an­ti­do­pa­je sor­pre­sa y así me obli­go a en­cen­der el mó­vil y es­tar aten­ta. Apro­ve­cho has­ta las sie­te pa­ra ha­cer bi­ci y de 8 a 3 ya es­toy en el hos­pi­tal. Las ma­ña­nas pa­san vo­lan­do». Tras la jor­na­da la­bo­ral to­can la sies­ta y el en­tre­na­mien­to ves­per­tino, siempre sus­cep­ti­ble de cam­bios. «Hay días en los que te­ne­mos cur­sos o con­fe­ren­cias. Y por la no­che apro­ve­cho pa­ra leer y es­tu­diar ca­sos de pa­cien­tes que ha­ya­mos te­ni­do. Aho­ra mi prio­ri­dad es la re­si­den­cia», co­men­ta al tiem­po que acla­ra que no con­tem­pla aban­do­nar el triatlón.

En es­tas pri­me­ras se­ma­nas se de­di­ca a ver pa­cien­tes en con­sul­tas jun­to a los doc­to­res ad­jun­tos. «El am­bien­te es muy bueno, hay gen­te con de­di­ca­ción ab­so­lu­ta y es­tar a su la­do te per­mi­te cre­cer día a día», re­la­ta. Asu­me que hay co­sas que de­be ha­cer «de otra ma­ne­ra», pe­ro no se sien­te li­mi­ta­da más allá de una cues­tión in­for­má­ti­ca por re­sol­ver. «Ne­ce­si­to un pro­gra­ma que me au­men­te la le­tra en el or­de­na­dor, que hoy en día se usa pa­ra to­do. Aún no ten­go ac­ce­so en to­dos los lu­ga­res en los que tra­ba­jo, pe­ro se­gu­ro que en cuan­to se so­lu­cio­ne me fa­ci­li­ta­rá más las co­sas».

Pro­ba­ble­men­te no exis­tan más ca­sos de pa­ra­triatle­tas con una de­fi­cien­cia vi­sual co­mo la su­ya que se ha­yan li­cen­cia­do en Me­di­ci­na. Ro­drí­guez los des­co­no­ce, pe­ro le res­ta im­por­tan­cia. «Es mi vi­da, no me pa­ro a pen­sar si las co­sa que ha­go tie­nen más mé­ri­to o me­nos. Si pue­do ayu­dar con mi ejem­plo me ha­ce fe­liz, pe­ro lo ha­go por mí», sub­ra­ya. Y aña­de que «cuan­do quie­res una co­sa no te plan­teas el es­fuer­zo que su­po­ne». Ese es el se­cre­to de que hoy sea una re­si­den­te de pri­mer año co­mo el res­to. La mis­ma ilu­sión, las mis­mas in­cóg­ni­tas. No más.

ÁLVARO BALLESTEROS

Ro­drí­guez tra­ba­ja en el ser­vi­cio de Me­di­ci­na Fí­si­ca y Reha­bi­li­ta­ción del Clí­ni­co de San­tia­go.

XOÁN C. GIL

Ya pien­sa en me­jo­rar en To­kio su quin­ta po­si­ción de Río.

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