«Soy una tra­ba­ja­do­ra del balonmano»

La Voz de Galicia (Ourense) - - Deportes -

«¡Nun­ca hay mal que por bien no ven­ga!», pro­cla­ma Be­go­ña Fernández (Vi­go, 1980) cuan­do re­cu­pe­ra del ca­jón de los re­cuer­dos la ma­ne­ra en la que abrió la puer­ta del balonmano. Sien­do ni­ña se le­sio­nó en un co­do en el co­le­gio y el día que le die­ron el al­ta lo pri­me­ro que hi­zo su ma­dre fue ano­tar­la en las es­cue­las de­por­ti­vas. «Lle­va­ba mu­cho tiem­po pi­dién­do­se­lo, pe­ro na­da, tras la le­sión a mi ma­dre de­bió que­dar­le ma­la con­cien­cia, de­bió pen­sar ‘a ver si la ni­ña va a te­ner al­gún trauma por­que no la de­jé ju­gar’. Así que el día que me die­ron el al­ta lo pri­me­ro que hi­ci­mos fue ir a apun­tar­me». Así co­men­zó la his­to­ria de una de las ju­ga­do­ras más lau­rea­das del balonmano es­pa­ñol. La que fue ca­pi­ta­na de la se­lec­ción lle­va po­co más de un año re­ti­ra­da, pe­ro no se ha des­li­ga­do de su de­por­te. Ejer­ce de em­ba­ja­do­ra del balonmano fe­me­ni­na y ya ha he­cho sus pi­ni­tos co­mo au­xi­liar de en­fer­me­ría.

—¿Có­mo lle­va lo del tí­tu­lo de em­ba­ja­do­ra de la Fe­de­ra­ción?

—[Ri­sas]. Uf, el nom­bre no me gus­ta mu­cho, me gus­ta más el de tra­ba­ja­do­ra del balonmano, que es lo que sien­to que soy. Mi fun­ción tie­ne dos par­tes, a ni­vel de pis­tas ver có­mo es­tá la se­lec­ción, que las co­sas flu­yan y ser el ca­nal de co­mu­ni­ca­ción en­tre ju­ga­do­ras, en­tre­na­dor y Fe­de­ra­ción, y a ni­vel de fa­rán­du­la, pues en tor­neos ha­blar con los es­pón­so­res, con ins­ti­tu­cio­nes, re­pre­sen­tar a las ju­ga­do­ras ....

—¿Ya se le ha pa­sa­do el enfado con el balonmano?

—Sí, ya nos es­ta­mos re­con­ci­lian­do. Aun­que es­tar fue­ra de la pis­ta lo lle­vo com­pli­ca­do por­que me sien­do ju­ga­do­ra y vi­vir la vi­da que vi­vía an­tes, pe­ro con un rol di­fe­ren­te, al prin­ci­pio me cos­ta­ba mu­cho. Aho­ra ya he asu­mi­do más mi pa­pel, pe­ro el pri­mer en­tre­na­mien­to que­ría sa­car las za­pa­ti­llas.

—Aun re­ti­ra­da, el balonmano si­gue pre­sen­te en su vi­da. ¿Las co­mi­das en ca­sa tam­bién gi­ran so­bre el de­por­te?

—¡Ol­ví­da­te! Na­da de na­da. Nun­ca ha­bla­mos de balonmano ni he­mos ha­bla­do. Me con­si­de­ro una per­so­na en­tre­ga­da a mi de­por­te, pe­ro siempre he in­ten­tan­do des­co­nec­tar en mis ra­tos li­bres. Es im­por­tan­te oxi­ge­nar. De he­cho, mi chi­co es ju­ga­dor de balonmano y cuan­do lo co­no­cí ni lo sa­bía. ¡Me sen­tía fa­tal!

—¿De ver­dad que sien­do del gre­mio no lo co­no­cía?

—[Ri­sas] Con­mi­go pe­gan mu­cho esas co­sas. No se­guía mu­cho el balonmano mas­cu­lino, yo ju­ga­ba mis par­ti­dos, veía a mis ri­va­les y pun­to. Nun­ca he si­do de es­tar cons­tan­te­men­te vien­do balonmano. Me acuer­do que es­tá­ba­mos sa­lien­do de pin­chi­tos en la ca­lle Lau­rel, em­pe­za­mos a ha­blar y no te­nía ni idea de que era ju­ga­dor, lue­go aca­bó di­cién­do­me que ha­bía ju­ga­do en Ga­li­cia y me con­quis­tó. Yo es­ta­ba en It­xa­ko y él en el Na­tur­hou­se.

—Ha ga­na­do tí­tu­los con sus clu­bes, me­da­llas con la se­lec­ción ¿Dón­de guar­da to­do el ar­se­nal?

—Voy a que­dar fa­tal, pe­ro lo ten­go ca­si to­do en una ca­ja en el tras­te­ro. La me­da­lla olím­pi­ca no, esa la te­nía mi ma­dre en ca­sa. Ten­go mu­chas co­sas en el tras­te­ro por­que to­da­vía no he me he cu­rra­do un si­tio don­de po­ner­lo, y mi ma­dre tie­ne mu­chas por­que le ha­ce ilu­sión. Con la me­da­lla olím­pi­ca me hi­zo un cua­dro sú­per bo­ni­to que me re­ga­ló en el que es­tá to­da la equi­pa­ción. Cuan­do ya se­pa dón­de voy a plan­tar el hue­vo, me gus­ta­ría te­ner una ha­bi­ta­ción y po­ner las co­sas más sig­ni­fi­ca­ti­vas.

—Du­ran­te años ha si­do uno de los es­tan­dar­tes del balonmano fe­me­nino. Eso de la fa­ma...

—Más que fa­ma, lo que per­ci­bo, y me ha­ce sen­tir sú­per or­gu­llo­sa de mi ca­rre­ra de­por­ti­va al mar­gen del pal­ma­rés, es que cuan­do co­men­cé a ju­gar, el balonmano de chi­cas ca­si no te­nía re­per­cu­sión, pe­ro con los éxi­tos y tal, he­mos te­ni­do más re­per­cu­sión a ni­vel de equi­po e in­di­vi­dual. Ese pro­gre­so me ha­ce sen­tir­me sú­per con­ten­ta.

—Se re­ti­ró a los 35. Eso sue­na un po­co ra­ro, ¿no?.

—Siempre tu­ve cla­ro que mi pro­fe­sión te­nía fe­cha de ca­du­ci­dad. Mi vi­da tras el balonmano es­tá sien­do co­mo lo es­pe­ra­ba. Siempre su­pe que mien­tras es­tás en ac­ti­vo to­do el mun­do te bai­la el agua, pe­ro lue­go la gen­te pa­sa de ti. Yo me sien­to pri­vi­le­gia­da por­que el pre­si­den­te de la Fe­de­ra­ción me ha da­do la opor­tu­ni­dad de se­guir tra­ba­jan­do con la se­lec­ción y es­toy fe­liz. Por el res­to, es­toy bus­can­do un tra­ba­jo en la ra­ma sa­ni­ta­ria y dis­fru­tan­do de las pequeñas co­sas que cuan­do es­ta­ba

en ac­ti­vo no po­día.

—Una olím­pi­ca en el hos­pi­tal.

—Pues sí, en­tre la ba­ja ma­ter­nal y la lac­tan­cia he es­ta­do pa­ra­da, pe­ro ya es­toy ac­ti­va y es­pe­ro que pron­to me lla­men.

—¿Al­gu­na vez al­gún pa­cien­te la ha re­co­no­ci­do?

—¡Sí, y paso una ver­güen­za que te mue­res! La gen­te me mi­ra ra­ro, co­mo di­cien­do ‘¿por qué te me­tes en es­to con lo bien que vi­vías an­tes?’. Y yo in­ten­to ex­pli­car que es ra­ro, pe­ro es que me gus­ta el tra­to con el pa­cien­te y dis­fru­to, es al­go que me ha­ce fe­liz. Re­cuer­do una vez es­tan­do en una ha­bi­ta­ción con una ce­la­do­ra que me re­co­no­ció y me di­ce, ‘oye, tú eres Be­go­ña’, el pa­cien­te, que es­ta­ba con una mas­ca­ri­lla y no po­día ha­blar mu­cho, co­men­zó a mo­ver la ca­be­za co­mo di­cien­do, ¡eh, que yo tam­bién te co­noz­co!’. ¡Me da­ba una ver­güen­za»! Pe­ro es gra­ti­fi­can­te.

—¿Qué co­che tie­ne?

—Un Volks­wa­gen Ti­guan.

—¿Usa re­loj?

—Sí

—Una co­mi­da.

—Co­ci­do ga­lle­go, sin du­da.

—Una be­bi­da.

—Co­ca-Co­la.

—¿Un li­bro?

—Ten­go mu­chos que me han mar­ca­do, aun­que el que me vie­ne a la ca­be­za, por­que es el úl­ti­mo que leí, es El per­ga­mino de la se­duc­ción.

—Una pe­lí­cu­la.

—Voy a que­dar de freak, pe­ro Ava­tar me en­can­tó.

—Eli­ja una ciu­dad.

—Me gus­ta mu­cho Os­lo.

—¿Re­cuer­da su pri­mer suel­do?

—¡Sí, me hi­zo una ilu­sión tre­men­da! Fue cuan­do es­ta­ba en el Po­rri­ño, no re­cuer­do cuan­to co­bré, pe­ro sé que me com­pré unos pan­ta­lo­nes y unas za­pa­ti­llas. Es­ta­ba más fe­liz que unas cas­ta­ñue­las.

—¿Qué mú­si­ca es­cu­cha?

—En mi lis­ta de re­pro­duc­ción hay de to­do, pe­ro me gus­ta la mú­si­ca al­ter­na­ti­va, sal­vo el hard­cor­de.

—¿Es de te­ner ído­los?

—No soy na­da mi­tó­ma­na, aun­que si tu­vie­ra que es­co­ger a al­guien qui­zás di­ría Ra­fa Na­dal, le ad­mi­ro mu­cho.

—¿Có­mo lle­va las ta­reas del ho­gar?

—Pues me gus­ta co­ci­nar, y lo que más odio, con mu­cha di­fe­ren­cia, es plan­char. Lo que más me gus­ta es po­ner la­va­do­ras, ten­der...

—Si los ge­nes no mien­ten, su hi­jo Lu­ca aca­ba­rá ju­gan­do al balonmano.

—¡Que ha­ga lo que quie­ra! Si quie­re balonmano, bien, y si quie­re ba­llet, tam­bién. No pa­sa na­da. Es cier­to que lo lle­va en los ge­nes, pe­ro cuan­do crez­ca ten­drá que ele­gir él.

ABRALDES

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