El día que via­jé has­ta el si­glo XI

Nos co­la­mos en el ro­da­je de «El fi­nal del ca­mino» em­po­tra­dos en­tre el cuer­po de fi­gu­ran­tes de la se­rie de Voz Au­dio­vi­sual

La Voz de Galicia (Ourense) - - Alta Definición - JOR­GE CA­SA­NO­VA

Ha­ce ca­lor. Son las cin­co de la tar­de. Me mue­vo in­quie­to en­tre los es­ca­sos pues­tos del mer­ca­do de San­tia­go de Com­pos­te­la. De­lan­te de mí es­tá mi je­fe, el due­ño del mer­ca­do que me pa­ga un sa­la­rio pa­ra que pro­te­ja su ne­go­cio. A mi la­do ca­mi­na mi com­pa­ñe­ro. So­mos los guar­daes­pal­das de La Ro­ca, quien, con una son­ri­sa si­bi­li­na en los la­bios, va re­cau­dan­do a los mer­ca­de­res el cos­te de la «pro­tec­ción» que mi com­pa­ñe­ro y yo les pro­por­cio­na­mos. Hay un ti­po en­tre ellos que no me gus­ta. Lo mi­ro con frial­dad y aga­rro la em­pu­ña­du­ra de mi es­pa­da por si fue­ra me­nes­ter. La ten­sión lo in­va­de to­do, la caí­da de una plu­ma po­dría ge­ne­rar una tor­men­ta. Pe­ro na­da ocu­rre. Se­gui­mos ca­mi­nan­do. Y, de re­pen­te, una voz aca­ba con la ilu­sión: «¡Cor­ten! Muy bien chi­cos. Se­cuen­cia he­cha».

Nos ba­ja­mos de la en­so­ña­ción y ha­ce­mos un via­je ins­tan­tá­neo de unos mil años: del si­glo XI al XXI. No es­ta­mos en Com­pos­te­la, es­ta­mos en Si­lle­da, en el po­bla­do que Voz Au­dio­vi­sual ha cons­trui­do pa­ra el ro­da­je de El fi­nal del ca­mino, la se­rie más am­bi­cio­sa que ha­ya abor­da­do nun­ca y que se es­tre­na­rá en bre­ve en TVE. Y yo no soy nin­gún ma­tón me­die­val, so­lo soy un pe­rio­dis­ta em­po­tra­do en el ro­da­je co­mo fi­gu­ran­te. Sin em­bar­go, la ma­gia del ma­qui­lla­je, del ves­tua­rio, el de­co­ra­do... Es fá­cil de­jar­se lle­var.

Pe­ro re­bo­bi­ne­mos un po­co. Va­ya­mos diez días an­tes al cás­ting que se es­tá rea­li­zan­do en el tea­tro de A Es­tra­da y al que acu­do pa­ra ofre­cer­me. Re­lleno una fi­cha y veo a una se­ño­ra de edad sa­lir de la prue­ba: «Son máis guapa do que es­tou ho­xe. É que vou sen pin­tar».

Cuan­do paso yo me pre­gun­tan por mi dis­po­ni­bi­li­dad y por mis pa­ti­llas. Pue­den dis­po­ner de to­do. No hay pro­ble­ma. Me sa­can unas fo­tos y me es­fuer­zo en trans­mi­tir al­go con la mi­ra­da. Mal­dad, es­pe­ro. «Mu­chas gra­cias, ya te lla­ma­re­mos». A la puer­ta hay un par de se­ño­ras del pue­blo que con­fie­san que, en vez de ir a dar un pa­seo co­mo to­dos los días, se han acer­ca­do al cás­ting. Cu­rio­si­dad, di­cen. Lo mis­mo que la ma­yo­ría de los as­pi­ran­tes. Efec­ti­va­men­te, ¿a quién no le gus­ta­ría ser un fi­gu­ran­te en una pro­duc­ción de épo­ca? «Te­ne­mos que con­tra­tar bas­tan­tes. Es que ma­ta­mos a mu­chos. Es­to es peor que Jue­go de tro­nos», bro­mean las chi­cas del cás­ting.

Unos días des­pués res­pon­do a un nú­me­ro des­co­no­ci­do. ¿El vier­nes? Bien. En el re­cin­to fe­rial de Si­lle­da. A las on­ce de la ma­ña­na. De acuer­do. Y me me­ten en un gru­po de men­sa­je­ría con el res­to de fi­gu­ran­tes ci­ta­dos pa­ra ese día, don­de la gen­te se es­pa­bi­la par bus­car trans­por­te com­par­ti­do.

El pri­mer día via­jo so­lo. En una par­te del re­cin­to fe­rial de Si­lle­da es­tá mon­ta­do to­do el tin­gla­do. La gen­te de la pro­duc­to­ra nos re­co­ge y nos lle­va por gru­pos a ves­tua­rio. Allí co­noz­co mi des­tino: jun­to a un ve­cino de La­lín más o me­nos de mi edad, for­ma­mos la pa­re­ja de guar­daes­pal­das de un tal La Ro­ca. Así que ya pa­ra siempre du­ran­te el ro­da­je se­re­mos los Hom­bres­de-La-Ro­ca. En una zo­na acon­di­cio­na­da co­mo ves­tua­rio, nos en­fren­ta­mos a cien­tos de pren­das pa­ra ves­tir a to­do el re­par­to y la fi­gu­ra­ción de la se­rie. Un cha­val eli­ge pa­ra mi unas bo­tas de an­te, ma­llas y una ca­mi­sa con pin­ta de sa­co, un pe­to de piel, un cin­tu­rón de cam­peo­na­to y una ca­pa. Es­toy es­tu­pen­do. Pe­ro otro en­car­ga­do lo des­ba­ra­ta to­do: «No, no, no. La Ro­ca ha ele­gi­do un ves­tua­rio muy aus­te­ro y sus guar­daes­pal­das no pue­den ir me­jor». Así que nos vol­ve­mos a des­ves­tir pa­ra ini­ciar una ca­rac­te­ri­za­ción más a tono con nues­tro pa­pel.

De allí a ma­qui­lla­je, don­de me li­qui­dan las pa­ti­llas y bá­si­ca­men­te nos en­su­cian. Las ma­nos, la ca­ra... La ma­qui­lla­do­ra me mi­ra des­de el es­pe­jo y me di­ce: «Aho­ra eres un ti­po muy chun­go». Así que me lo creo.

Tras po­ner­nos bien gua­rros, me doy cuen­ta de que ya es la ho­ra de co­mer. Hay un ser­vi­cio de cá­te­ri­ng don­de guar­dan co­la sol­da­dos, asis­ten­tes, no­bles y men­di­gos. Ma­ta un po­co la ma­gia del ci­ne, pe­ro es muy gra­cio­so. Tras un bre­ve re­po­so, nos lla­man. Por fin va­mos a de­bu­tar en es­ce­na. Den­tro de una de las na­ves, hay mon­ta­dos va­rios es­ce­na­rios: el nues­tro es la ta­ber­na. Nos man­dan sen­tar a ju­gar con unos da­dos de ma­de­ra mien­tras el di­rec­tor y el re­gi­dor ex­pli­can lo que va a pa­sar. An­tes de que aca­ben el ac­tor que es­tá a mi la­do me di­ce: «Aho­ra te voy a co­ger la ca­be­za y te voy a po­ner es­te cu­chi­llo al cue­llo». —¿Eh? No con­tes­ta, por­que ya ten­go el cu­chi­llo al cue­llo. Qué rá­pi­do. For­ma par­te de la es­ce­na. Al pa­re­cer, so­mos unos guar­daes­pal­das muy inú­ti­les, por­que es­te hom­bre me va a neu­tra­li­zar a mí y a mi co­le­ga con esa ju­ga­da pa­ra ase­si­nar a nues­tro je­fe. Y así ocu­rre en el en­sa­yo. En­tra el di­rec­tor y me di­ce que me cam­bie. Que el cu­chi­llo se lo van a po­ner a mi com­pa­ñe­ro. Yo ten­go que ha­cer co­mo que sa­co el ar­ma, pe­ro me cor­to pa­ra que no ma­ten a mi co­le­ga. Y así lo ha­go. De­rro­cho ten­sión las cin­co o seis ve­ces que re­pe­ti­mos la to­ma.

Re­sul­ta in­creí­ble la can­ti­dad de gen­te que ha si­do ne­ce­sa­ria pa­ra po­ner en mar­cha to­da la ac­ción: ilu­mi­na­do­res, ope­ra­do­res de cá­ma­ra, de so­ni­do, ma­qui­lla­do­ras, asis­ten­tes de ves­tua­rio, efec­tos... So­mos un mon­tón de gen­te. Pe­ro cuan­do real­men­te ve­ré gen­te tra­ba­jan­do será al ca­bo de unos días, cuan­do me con­vo­can pa­ra el se­gun­do ro­da­je. Es­ta vez en ex­te­rio­res, en me­dio del po­bla­do cons­trui­do pa­ra re­pli­car la Com­pos­te­la pri­mi­ge­nia.

Du­ran­te to­do el día deam­bu­la­ré por el set de acuer­do con lo que me man­de el re­gi­dor. Arran­co cuan­do gri­tan «¡Ac­ción!» y me pa­ro cuan­do gri­tan «¡Cor­ten!». Des­pués de ca­si on­ce ho­ras de ro­da­je ya me creo que de ver­dad soy un ma­tón me­die­val y me dan ga­nas de en­trar en los si­tios a em­pu­jo­nes y sin pe­dir per­mi­so. Eso sí, es­toy re­ven­ta­do y cuan­do re­gre­so a ca­sa so­lo pien­so en una co­sa: có­mo sal­dré en el ca­pí­tu­lo y si no me ha­bré equi­vo­ca­do de pro­fe­sión y ten­dría que ha­ber pro­ba­do en el mun­do del ci­ne.

MI­GUEL SOUTO

Ro­da­je de «El fi­nal del ca­mino» con fi­gu­ran­tes. A la iz­quier­da, el pe­rio­dis­ta Jor­ge Ca­sa­no­va.

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