El ar­te de fu­si­lar no­ti­cias

El re­por­te­ro de La Voz Alejandro Ba­rrei­ro le «ro­ba» una en­tre­vis­ta a su co­le­ga, ami­go y to­ca­yo Pé­rez Lu­gín. Y la pu­bli­ca ali­ña­da con el re­la­to de có­mo se la ha bir­la­do...

La Voz de Galicia (Ourense) - - La Voz De Galicia - Á. M. CASTIÑEIRA

Hay oca­sio­nes en las que la no­ti­cia es me­nos in­tere­san­te que có­mo se cuen­ta o se con­si­gue. Más si cuan­do la lee­mos le han caí­do cien­to y pi­co años en­ci­ma. Lo im­por­tan­te en es­te ca­so con­cre­to es el así se hi­zo. No hay más que leer el tí­tu­lo: «Có­mo se fu­si­la una in­ter­viú».

El re­la­to em­pie­za con un en­cuen­tro ca­sual en la ca­lle. Los que se to­pan de fren­te son dos Ale­jan­dros, bue­nos ami­gos, am­bos pe­rio­dis­tas, uno de La Voz y el otro del hoy des­apa­re­ci­do dia­rio ma­dri­le­ño El Mun­do. Uno es Ba­rrei­ro, y el otro su to­ca­yo Pé­rez Lu­gín, que se ha reuni­do días atrás con el car­de­nal Jo­sé Ma­ría Mar­tín de He­rre­ra, pe­ro que aún tie­ne la en­tre­vis­ta en el tin­te­ro. Ba­rrei­ro, muy su­til, lo em­pu­ja a lle­var­la al pa­pel y, de pa­so, se la que­da. Eso sí, un po­co sal­pi­men­ta­da a mo­do de ape­ri­ti­vo del nue­vo pe­rio­dis­mo, una co­rrien­te, por su­pues­to, non na­ta. Pa­ra eso que­da me­dio si­glo.

Mien­tras Lu­gín se «pa­vo­nea­ba» por la ca­lle con su «apa­rien­cia de ban­que­ro», la pren­sa aca­ba­ba de po­ner al pre­la­do en el ojo del hu­ra­cán. Va­rios pe­rió­di­cos lo se­ña­la­ban co­mo mu­ñi­dor de una ma­ni­fes­ta­ción ca­tó­li­ca que es­ta­ba al caer en San­tia­go y cu­ya car­ga po­lí­ti­ca era de pro­fun­di­dad. Pe­ro él, des­preo­cu­pa­do, no te­nía ni idea del re­vue­lo que se ha­bía or­ga­ni­za­do.

Así, en la inopia, se lo en­con­tró Ba­rrei­ro, que apro­ve­chó la si­tua­ción y su in­ge­nio afi­la­do pa­ra in­da­gar qué le ha­bía con­ta­do su ilus­trí­si­ma. «¡Hom­bre de los mis­te­rios! ¡El dio­ce­sano, je­fe de un mo­vi­mien­to te­mi­ble, y us­ted guar­dan­do el se­cre­to!», le es­pe­tó. «¡Fal­so! Lo sé to­do... Me lo ha di­cho to­do... Mar­tín de He­rre­ra es un ben­di­to», res­pon­dió Lu­gín, «que des­de ha­cía tres días guar­da­ba en el fá­rra­go in­for­me de sus no­tas, las que ha­bía re­co­gi­do del ilus­tre pur­pu­ra­do», y «de pron­to sin­tió un an­sia atroz de que las co­no­cie­se Es­pa­ña en­te­ra». Bra­mó: «¡El te­lé­gra­fo! Va­mos al te­lé­gra­fo... ¡Cues­te lo que cues­te!».

Al ace­cho

«Yo de­cla­ro que fui in­fiel a Lu­gín», re­co­no­cía Ba­rrei­ro. «Lo ace­cha­ba co­mo a una pre­sa» mien­tras él re­dac­ta­ba agi­ta­do cuar­ti­llas pa­ra en­viar a su dia­rio. Y con­fe­sa­ba: «Ja­más me preo­cu­pó tan­to lo que pu­die­se de­cir o pen­sar mi ama­do pas­tor [...]. Sin em­bar­go, la fie­bre de Lu­gín era sín­to­ma de al­go tras­cen­den­te».

El ma­dri­le­ño «ga­rra­pa­teó [...] en una ho­ja de pa­pel. Des­pués lle­nó otra ho­ja. Llo­vie­ron pa­la­bras, so­bre mu­chas más». «Yo, pér­fi­do, leía». El car­de­nal, sin em­bar­go, «no de­cía na­da nue­vo». «No di­ré que eran los su­yos lu­ga­res co­mu­nes, por­que a esas ho­ras no sé si eran su­yos real­men­te, o si per­te­ne­cen a Lu­gín o si son míos. El in­te­rés vino lue­go».

«Es­toy ab­sor­to al leer los te­le­gra­mas de hoy, que dipu­tan a Ma­rín de He­rre­ra co­mo di­rec­tor del mo­vi­mien­to del pró­xi­mo día 2», te­le­gra­fia­ba Lu­gín, que aña­día ex­ten­sas ex­pli­ca­cio­nes en bo­ca del ar­zo­bis­po. «—Se en­tien­de. »—Una de­li­cia. Ven­ga». En un mo­men­to, el re­dac­tor de La Voz hi­zo ade­mán de apar­tar­se, pe­ro Lu­gín —«que tie­ne co­gi­do el hi­lo y co­pa­do el del te­lé­gra­fo»— lo ani­mó «a la in­dis­cre­ción».

«—¡An­de us­ted! Aho­ra vie­ne lo bueno.

»Es­cri­be fe­bril. Ca­si no tra­duz­co las pa­tas de mos­ca que ma­cu­lan la cuar­ti­lla».

En sus res­pues­tas, Mar­tín He­rre­ra ha­bla­ba del preo­cu­pan­te «in­flu­jo de las iz­quier­das, con Le­rroux, con Igle­sias al fren­te». «—¿Gra­ve? »—¡Muy gra­ve!» Des­pués in­sis­tía en que el epis­co­pa­do so­lo obe­de­ce­ría, «en las Cor­tes y fue­ra de ellas», las ins­truc­cio­nes que re­ci­bie­se del Va­ti­cano. «—Bravo, Lu­gín. »—¡Hom­bre, no di­ga us­ted!». «El lá­piz de Lu­gín, que vue­la, tra­za de pron­to es­tas pa­la­bras: ‘‘Aña­dió res­pec­to [a lo] di­cho [por] otros pre­la­dos, que exis­te com­ple­to di­vor­cio en­tre obis­pos [de] ver­dad y obis­pos lai­cos, eri­gi­dos en di­rec­to­res [del] mo­vi­mien­to cle­ri­cal’’, acen­tuan­do, sub­ra­yan­do ese ca­li­fi­ca­ti­vo sin­gu­lar de los obis­pos lai­cos. De­jo de leer y ha­go pun­to. Bas­ta».

«Me ex­pon­go a que me fu­si­le»

So­lo fal­ta­ba la dis­cul­pa. In­ne­ce­sa­ria, des­de lue­go. «Bueno, yo que he fu­si­la­do la in­ter­viú del ami­go, me ex­pon­go a que me fu­si­le. Con­for­me. Me que­da el re­cur­so de com­prar ma­ña­na to­dos los ejem­pla­res de El Mun­do por si in­flu­ye es­te tra­sun­to de la in­ter­viú en la ven­ta del ad­mi­ra­ble pe­rió­di­co. Pe­ro cóm­pren­lo us­te­des, que eso irán ga­nan­do».

El la­drón no aca­bó en el pa­tí­bu­lo. Po­cos años des­pués, a Lu­gín qui­zás se le ocu­rrió el cas­ti­go de in­cluir en La ca­sa de la Tro­ya, co­mo un per­so­na­je aman­te de ha­cer los ba­jos con la gui­ta­rra, a «Ba­rrei­ro, que be­be los vien­tos por una co­ru­ñe­si­ta pi­chú ca­ne­la».

Ba­rrei­ro No­ya (1874-1948) y Pé­rez Lu­gín (1870-1926).

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