Car­mi­ña

La Voz de Galicia (Ourense) - - Relatos De Verán -

Ella ama­ba los co­lum­pios, por eso te­nía­mos uno en el jar­dín. Cuan­do se le­van­ta­ba, desa­yu­na­ba rá­pi­do pa­ra po­der ir a co­lum­piar­se con su osi­to de pe­lu­che en el re­ga­zo. Ella pen­sa­ba que sus pa­dres es­ta­ban de via­je y que al­gún día vol­ve­rían, y se di­bu­ja­ba con ellos y su her­mano. Mi fa­mi­lia de­cía que te­nía­mos que de­cír­se­lo, pe­ro no po­día bo­rrar aque­lla son­ri­sa de su ros­tro. Ella era fe­liz tal y có­mo es­ta­ba. Te­ne­mos que lle­var­la a un hos­pi­tal, no po­de­mos te­ner­la en ca­sa. Allí la cui­da­rán me­jor. Mi ma­ri­do no es­ta­ba de acuer­do con­mi­go so­bre la si­tua­ción de Car­mi­ña. Él que­ría li­brar­se de ella, que vi­vié­ra­mos con nues­tra hi­ja en ca­sa, no­so­tros tres so­los.

Ya he­mos ha­bla­do de eso y me nie­go. Pues que se va­ya con tu her­mano. Es­tá sol­te­ro y no tie­ne hi­jos, ¡pue­de cui­dar de ella me­jor que no­so­tros! ¡Es­tá via­jan­do to­do el ra­to, no pue­de ha­cer­se car­go de Car­mi­ña! Ma­má, pa­pá... nues­tra pe­que­ña ha­bía ba­ja­do de su ha­bi­ta­ción al es­cu­char los gri­tos y nos mi­ra­ba con te­mor. Des­vió la mi­ra­da ha­cia la ven­ta­na, don­de se que­dó mi­ran­do a Car­men. No quie­ro que se va­ya.

Vuel­ve a tu cuar­to, es­to es co­sa de ma­yo­res. Mi ma­ri­do se la que­dó mi­ran­do y ella bu­fó con mo­les­tia, dan­do fuer­tes pi­so­to­nes en los es­ca­lo­nes mien­tras subía al pi­so de arri­ba. Lo mi­ré con des­apro­ba­ción, al­zan­do una de mis ce­jas. Da­ba igual cuán­tas ve­ces se re­pi­tie­ra; nun­ca cam­bia­ría mi opi­nión. He­mos ter­mi­na­do de ha­blar. Car­mi­ña se que­da. Ella se veía fe­liz ju­gan­do en el jar­dín con nues­tro pe­rro pa­llei­ro. Ella se aco­mo­da­ba su ves­ti­do ro­sa con vo­lan­tes, a jue­go con el la­ci­to que le ha­bía pues­to en el pe­lo cuan­do la pei­né por la ma­ña­na. Al ver la tren­za di­jo que que­ría ese mis­mo pei­na­do pa­ra cuan­do vol­vie­ran sus pa­pás y su her­mano, que que­ría ver­se bien lin­da pa­ra cuan­do ellos es­tu­vie­ran aquí. Ella evi­ta­ba los es­pe­jos por­que le da­ban mie­do. De­cía que una se­ño­ra vie­ja, arru­ga­da y con el pe­lo blan­co apa­re­cía de gol­pe con la mis­ma ro­pa que ella. Ella odia­ba mi­rar sus ma­nos por­que es­ta­ban arru­ga­das, por eso usa­ba guan­tes. Yo no po­día de­jar­la so­la, ¿quién co­ci­na­ría sus pla­tos fa­vo­ri­tos y le ha­ría la me­rien­da co­mo ella nos la ha­cía a mi her­mano y a mí de pe­que­ños? Sol­té un sus­pi­ro al re­cor­dar vie­jos mo­men­tos, mi­ran­do una de las fo­to­gra­fías que es­ta­ban en el es­tan­te del sa­lón. Te cui­da­ré co­mo siem­pre me cui­das­te tú a mí.

MA­RÍA GON­ZÁ­LEZ MOSQUERA 16 años. Fe­rrol. Es­tu­dian­te.

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