«Fui fe­liz con mi pro­fe­sión y mi afi­ción, aun­que el COB me dio más dis­gus­tos»

Ou­ren­sa­nos en su rin­cón Cree que la Sa­ni­dad es­tá per­dien­do «la ca­pa­ci­dad de mi­rar a la gen­te a la ca­ra»

La Voz de Galicia (Ourense) - - Ourense - FI­NA ULLOA

Bas­tan diez mi­nu­tos de con­ver­sa­ción pa­ra caer en la cuen­ta de que Ma­ría Án­ge­les Váz­quez es un tor­be­llino que de­rro­cha pa­sión en to­do lo que ha­ce. Ge­lu­cha, co­mo la lla­man sus com­pa­ñe­ros de tra­ba­jo en el CHUO, tie­ne tan­tas anéc­do­tas vi­ta­les acu­mu­la­das que es im­po­si­ble eva­dir su na­rra­ción de mil de­ta­lles cu­rio­sos. Al­gu­nos do­lo­ro­sos, in­clu­so tris­tes; otros, los más, po­si­ti­vos. Por­que si al­go le so­bra es po­si­ti­vis­mo. In­clu­so cuan­do ha­bla del melanoma que le afec­ta en uno de sus ojos, lo ha­ce en tono op­ti­mis­ta.

Su fa­mi­lia es el pi­lar fun­da­men­tal de una mu­jer que, cuen­ta, ha dis­fru­ta­do con una pro­fe­sión a la que, sin em­bar­go, tam­po­co tie­ne em­pa­cho en re­co­no­cer que no lle­gó por vo­ca­ción. «Ja­más pen­sé quie­ro ser en­fer­me­ra has­ta que ya es­ta­ba es­tu­dian­do en la es­cue­la del Hos­pi­tal Pro­vin­cial; pe­ro la ver­dad es que ten­go que agra­de­cer­les in­fi­ni­to a mis pa­dres que se em­pe­ña­ran en ello y se sa­cri­fi­ca­ran pa­ra que yo es­tu­dia­se, por­que de aque­lla un fe­rro­via­rio co­mo mi pa­dre ga­na­ba 8.000 pe­se­tas», acla­ra­ra re­cor­dan­do que su pri­me­ra nó­mi­na fue de 18.000.

Ge­lu­cha no tie­ne re­pa­ros en con­fe­sar que «era un desas­tre en los es­tu­dios; fui muy ma­la es­tu­dian­te y re­pe­tí cur­so; yo pa­sa­ba de to­do». Has­ta que tu­vo con­tac­to con el mun­do la­bo­ral. Pri­me­ro es­tu­vo en una za­pa­te­ría del ba­rrio de A Pon­te, con tan so­lo 14 años; y des­pués en un es­tan­co. «En cuan­to vi lo du­ro que era, me aga­rré a los li­bros; por la ma­ña­na cu­rra­ba y ve­nía al Jar­dín por el turno noc­turno y ter­mi­né el ba­chi­lle­ra­to», re­cuer­da.

Tras la pri­me­ra eta­pa en el Hos­pi­tal Pro­vin­cial, Án­ge­les pa­só al Nai. «Era nue­ve­ci­to, lo es­tre­né y ca­si, ca­si, lo cie­rro», co­men­ta en­tre ri­sas es­ta en­fer­me­ra que aún re­cuer­da que en sus ini­cios «aún es­te­ri­li­zá­ba­mos las je­rin­gui­llas, que eran de cris­tal, hir­vién­do­las». El avan­ce en ma­te­ria­les y téc­ni­cas no son los úni­cos cam­bios que ha vi­vi­do es­ta en­fer­me­ra en su lar­ga tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal que le lle­vó a la di­rec­ción de En­fer­me­ría, por opo­si­ción, en el año 1988. «La tec­no­lo­gía es bue­na, yo no di­go que no. Eso de que en tu his­to­ria es­té ahí pa­ra que va­yas a cual­quier si­tio de Ga­li­cia la vean, es una bue­na co­sa. Pe­ro pa­ra eso tam­bién es ver­dad que nos co­me mu­cho tiem­po en el día a día, por­que hay que ano­tar­lo to­do», se­ña­la. Di­ce que nun­ca le gus­tó el des­pa­cho. «Yo me pa­sa­ba la vi­da por las plan­tas por­que a mí lo que me gus­ta­ba era es­tar con la gen­te, con las com­pa­ñe­ras y con los pa­cien­tes», re­cuer­da. Una fa­ce­ta que, la­men­ta «se es­tá per­dien­do; ca­da vez se mi­ra me­nos a la gen­te a la ca­ra y yo creo que, aun­que ten­ga­mos po­co tiem­po por­que hay que ha­cer tam­bién el tra­ba­jo del or­de­na­dor, cuan­do es­ta­mos aten­dien­do a las per­so­nas hay que pa­rar­se».

A pe­sar de que no to­do fue co­lor de ro­sa, Án­ge­les ase­gu­ra que fue fe­liz en su pro­fe­sión «gra­cias a to­do el per­so­nal, que éra­mos más que com­pa­ñe­ros, fa­mi­lia».

Tam­bién lo fue co­mo afi­cio­na­da al baloncesto, de­por­te que ella mis­mo prac­ti­có en un equi­po de com­pa­ñe­ras en el que ju­ga­ba co­mo ale­ro a pe­sar de su me­tro se­sen­ta. Pe­ro, pa­sio­nal co­mo es, tam­po­co fue en su afi­ción una afi­cio­na­da más. Se vin­cu­ló es­tre­cha­men­te al equi­po de baloncesto de la ciu­dad, fue so­cia fun­da­do­ra del COB y, cuen­tan, que ejer­ció de se­gun­da ma­dre de mu­chos ju­ga­do­res ame­ri­ca­nos que pa­sa­ron por sus fi­las. Aún hoy si­gue pun­tual­men­te in­for­ma­da de la vi­da de mu­chos de ellos con los que se es­cri­be con re­gu­la­ri­dad. «Fui fe­liz con mi pro­fe­sión y con mi afi­ción, aun­que el COB me dio más dis­gus­tos que la en­fer­me­ría», con­fie­sa es­ta se­gui­do­ra que se ha re­co­rri­do prác­ti­ca­men­te to­das las can­chas es­pa­ño­las pa­ra ani­mar al equi­po «y mu­chas pa­li­zas de con­du­cir».

Con­ta­gió su afi­ción a sus hi­jos, aun­que las chi­cas aban­do­na­ron pron­to. El va­rón, sin em­bar­go, lo­gró en­trar en la se­lec­ción ga­lle­ga y fue cam­peón de Es­pa­ña. Án­ge­les re­ci­bió lla­ma­das del Real Ma­drid y del Es­tu­dian­tes pa­ra lle­vár­se­lo. «Se ofre­cían in­clu­so a en­car­gar­se de sus es­tu­dios, pe­ro él no qui­so y yo tam­po­co in­sis­tí. Yo creo que no se pue­de for­zar a na­die si al­go no sa­le de den­tro», afir­ma.

ÁL­VA­RO VA­QUE­RO

Ge­lu­cha en el Hos­pi­tal Nai, don­de desa­rro­lló la ma­yor par­te de su tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal.

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