El gran día

La Voz de Galicia (Ourense) - - Relatos De Verán -

La ca­lle bu­llía re­ple­ta de dis­fra­ces ab­sur­dos. Enor­mes pe­lu­cas ru­bias y tú­ni­cas que si­mu­la­ban ser de la­dri­llo eran los más fre­cuen­tes, pe­ro ni con mu­cho eran los más dis­pa­ra­ta­dos. Y la gen­te que los lle­va­ba se re­go­dea­ba en rea­li­zar los com­por­ta­mien­tos más ex­tra­va­gan­tes. Eso sí, ba­jo un cli­ma de al­bo­ro­zo y de di­cha ge­ne­ral. Un vi­si­tan­te fo­rá­neo, en un pri­mer vis­ta­zo, hu­bie­ra po­di­do con­fun­dir aque­lla ce­le­bra­ción con el car­na­val, pe­ro en se­gui­da se ha­bría da­do cuen­ta de que aquí los dis­fra­ces ro­za­ban el ri­dícu­lo, y que las ma­ne­ras eran más irra­cio­na­les y más ab­sur­das. Era co­mo si to­da la ciu­dad hu­bie­ra si­do pre­sa de un ata­que de enaje­na­ción exul­tan­te de fe­li­ci­dad. Por­que, a pe­sar de to­dos aque­llos dis­pa­ra­tes, to­dos éra­mos tre­men­da­men­te cons­cien­tes de lo que ce­le­brá­ba­mos.

Ape­nas unos po­cos de­ce­nios atrás la hu­ma­ni­dad iba ca­mino de la au­to­des­truc­ción. El cam­bio cli­má­ti­co ame­na­za­ba con destruir la eco­lo­gía del pla­ne­ta. Las lu­chas sin sen­ti­do en­tre los pue­blos abo­ca­ban a mi­llo­nes de per­so­nas a la muer­te, al ham­bre y al des­arrai­go. Y el egoís­mo de unos y otros nos lle­va­ban a es­con­der­nos en nues­tras bur­bu­jas, sin dar­nos cuen­ta de que las des­gra­cias de nues­tros her­ma­nos eran el pre­lu­dio y la cau­sa de las nues­tras, que el ham­bre y las de­sigual­da­des traían las mi­gra­cio­nes, el mie­do, la muer­te y el te­rror.

Pe­ro hu­bo un re­vul­si­vo que nos hi­zo cam­biar y que hi­zo mo­di­fi­car el de­rro­te­ro que lle­vá­ba­mos. Y ese aci­ca­te ha­bía si­do un hombre. Un hombre que por su es­tu­pi­dez, su lo­cu­ra y su egoís­mo ha­bía es­ta­do a pun­to de lan­zar­nos a to­da la hu­ma­ni­dad al vór­ti­ce del desas­tre y de la des­truc­ción. Mer­ced a la lo­cu­ra de ese per­so­na­je el mun­do ha­bía to­ma­do con­cien­cia de su pro­pia de­men­cia. Y el per­ca­tar­se de las bar­ba­ri­da­des que pre­ten­día aquel in­di­vi­duo, y de la in­sen­sa­tez de sus pre­ten­sio­nes su­pu­so el es­tí­mu­lo que hi­zo reac­cio­nar y cam­biar, pri­me­ro a sus com­pa­trio­tas, y lue­go al res­to de la hu­ma­ni­dad. Y así aquel hombre con­si­guió ser la va­cu­na con­tra el egoís­mo y con­tra la au­to­des­truc­ción. Y por eso fes­te­ja­mos, con es­te des­plie­gue de ale­gría y de lo­cu­ra, el día en que fue ele­gi­do y que pa­ra­dó­ji­ca­men­te se con­vir­tió en el pri­mer día del des­per­tar de la con­cien­cia de la hu­ma­ni­dad. Por eso ce­le­brá­ba­mos el día de Tramp.

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