Acia­ga des­pe­di­da de Pa­qui­rri de Pontevedra

El es­pa­da ma­dri­le­ño aban­do­nó la pla­za sin triun­fos y en­tre una fuer­te pi­ta­da

La Voz de Galicia (Ourense) - - Al Sol - L. PENIDE

Lo que ten­dría que ha­ber si­do una fies­ta, la des­pe­di­da de Fran­cis­co Ri­ve­ra Or­dó­ñez, Pa­qui­rri, de la pla­za de to­ros de Pontevedra, aca­bó en­tre pi­tos. Fue el co­lo­fón a una tar­de acia­ga pa­ra el ma­ta­dor ma­dri­le­ño, al que no le acom­pa­ñó la es­pa­da —la suer­te su­pre­ma—, pe­ro tam­po­co los to­ros. Los de María Lo­re­to Cha­rro Santos es­tu­vie­ron fal­tos de jue­go, bra­vío y fuer­zas. Prue­ba de su de­bi­li­dad es que ape­nas pre­ci­sa­ron de es­to­ca­das mal co­lo­ca­das, caí­das y sin ape­nas pe­ne­tra­ción pa­ra do­blar las ro­di­llas y es­pe­rar al des­ca­be­llo.

Y eso a pe­sar de que Pa­qui­rri em­pe­zó fuer­te con el pri­me­ro de la tar­de, Pa­ra­so­li­llo. Se re­creó y le co­lo­có los pa­res de ban- de­ri­llas de ma­ne­ra so­bre­sa­lien­te. Pe­ro en Pontevedra, es­tas no dan pre­mio. Aun­que fue to­do pun­do­nor e, in­clu­so, re­ci­bió un gol­pe en el ros­tro con una ban­de­ri­lla, la es­pa­da, co­mo en otras oca­sio­nes en el pa­sa­do, le fue es­qui­va. Con su se­gun­do, En­lu­ta­do, ya em­pe­zó mal, con pi­tos que se in­ten­si­fi­ca­ron con los pi­ca­do­res. No gus­tó que pres­cin­die­se de co­lo­car las ban­de­ri­llas y, aun­que po­co a po­co fue ga­nán­do­se al res­pe­ta­ble, la es­ca­sa fuer­za de los que mu­chos de­fi­nie­ron co­mo va­qui­llas dis­fra­za­das de to­ros ter­mi­nó por ener­var al pú­bli­co. Pe­ro tam­bién al pro­pio Pa­qui­rri, que fi­na­li­zó la li­dia vi­si­ble­men­te en­fa­da­do. En el ca­so de su her­mano Ca­ye­tano no se cum­plió eso de que a la ter­ce­ra va la ven- ci­da. Tras pi­sar la are­na co­mo no­vi­lle­ro ha­ce on­ce años y de­bu­tar co­mo ma­ta­dor en la fe­ria de A Pe­re­gri­na del 2016, ayer lo pu­so to­do pa­ra in­ten­tar, por fin, sa­lir a hom­bros de la are­na.

Con Pre­fe­ri­do, una as­ta­do que a las pri­me­ras de cam­bio se de­jó un tro­zo de cuerno con­tra la ma­de­ra de uno de los bur­la­de­ros, se arri­mó y arran­có olés y aplau­sos. A la ho­ra de en­trar a ma­tar su­frió un re­vol­cón, un per­can­ce que en prin­ci­pio no tu­vo ma­yo­res con­se­cuen­cias. Una ore­ja y una fuer­te pe­ti­ción de la se­gun­da se­rían un me­ro es­pe­jis­mo de lo que ven­dría on el úl­ti­mo de la tar­de, de nom­bre Qui­ta­lu­na.

El tér­mino que me­jor de­fi­ne su se­gun­da co­rri­da es ano­di­na. Ape­nas lo­gró en­gan­char a un pú­bli­co que, por mo­men­tos, es­ta­ba más pen­dien­te de la mú­si­ca que de los lan­ces con la mu­le­ta y el ca­po­te. Pa­ra­dó­ji­ca­men­te, el to­ro le dio un pe­que­ño sus­to al gol­pear­le la mano y la mu­le­ta sa­lió vo­lan­do por los ai­res.

Lo cier­to es que don­de no triun­fa­ron los her­ma­nos Ri­ve­ra Or­dó­ñez sí que lo hi­zo el re­jo­nea­dor Die­go Ven­tu­ra. Los to­ros de Los Es­par­ta­les me­jo­ra­ron sus­tan­cial­men­te a los de Cha­rro Santos. Tan­to con Utre­ro, al que cor­tó una ore­ja, co­mo con Pe­te­ne­ro, al que des­ore­jó, se vio que dis­fru­ta­ba de­rro­chan­do ga­nas y ga­rra a par­tes igua­les. Hi­zo con am­bos to­ros lo qui­so, los que­bró y dri­bló sin de­jar de ex­po­ner­se y sin per­der, ni por un se­gun­do, la son­ri­sa. Fue es­pec­ta­cu­lar y abrió la puer­ta gran­de.

EMI­LIO MOL­DES

«Pa­qui­rri» fi­na­li­zó la li­dia vi­si­ble­men­te mo­les­to por la es­ca­sa fuer­za de los as­ta­dos.

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