Mó­vi­les re­te­ni­dos en los co­les

La Voz de Galicia (Ourense) - - Opinión -

Ca­da vez son más los co­le­gios que han ins­ta­la­do a la en­tra­da las ta­qui­llas pa­ra los mó­vi­les. Otros uti­li­zan ban­de­jas co­mo las de los ae­ro­puer­tos pa­ra que se que­den ahí ac­ti­vos, pe­ro iner­tes, pues na­die con­tes­ta­rá a sus zum­bi­dos, has­ta la sa­li­da de las au­las. ¿Es una bue­na me­di­da o un error cla­mo­ro­so? Unos con­tes­ta­rán que es lo me­jor que se pue­de ha­cer. He­mos per­di­do los mí­ni­mos mo­da­les de com­por­ta­mien­to con los mó­vi­les en nues­tras ma­nos. No es­cu­cha­mos a los que es­tán al la­do y man­te­ne­mos ab­sur­dos in­ter­cam­bios de emo­ti­co­nos y me­mes con los que es­tán le­jos. Otros res­pon­de­rán que es una ma­ra­vi­lla en­ri­que­ce­do­ra po­der re­ci­bir in­for­ma­ción en tiem­po real de se­res que­ri­dos que an­tes te­nía­mos le­jos, co­mo mu­cho les oía­mos su voz a tra­vés de una ca­bi­na o nos lle­ga­ba su le­tra en­can­ta­do­ra en una car­ta. Aho­ra to­do es ins­tan­tá­neo. No hay pau­sa ni de­mo­ras. ¿Ha­cen bien los co­les en in­ten­tar po­ner­le puer­tas al cam­po? Sí. Y no es­ta­ría mal que se hi­cie­ra lo mis­mo en los tra­ba­jos y en las ca­sas. Aho­ra es­tar cer­ca no sig­ni­fi­ca na­da. Tie­nes a tu hi­ja ado­les­cen­te al la­do, pe­ro ella sigue con sus ami­gas y ni ca­so a lo que su­ce­de a su al­re­de­dor. El pro­ble­ma es la me­di­da, no la he­rra­mien­ta. Un cu­chi­llo sir­ve pa­ra cor­tar un ja­món de­li­cio­so, pe­ro tam­bién pa­ra cor­tar el cue­llo de al­guien. El uso y, so­bre to­do, el abu­so es la cla­ve de es­ta ca­te­dral tec­no­ló­gi­ca del co­no­ci­mien­to que es un mó­vil, ca­paz de lo me­jor y de lo peor, se­gún pa­ra qué lo em­plee­mos. El mun­do es di­ver­so y el mó­vil lo acer­ca y lo ace­le­ra a gus­to o dis­gus­to del con­su­mi­dor.

Tan di­ver­so que aho­ra que apa­re­cen es­tas ta­qui­llas o ban­de­jas pa­ra los mó­vi­les en los co­le­gios re­cuer­do lo mu­cho que me sor­pren­dió en Cen­troa­mé­ri­ca ver có­mo en la en­tra­da de una dis­co­te­ca no de­ja­bas, co­mo aquí una pren­da de ro­pa. Lo que re­co­gían y te da­ban un nú­me­ro pa­ra que la re­cu­pe­ra­ses al sa­lir eran ¡pis­to­las! Ar­mas de to­do ti­po pa­ra que na­die vo­la­se el plo­mo den­tro. Vo­lar el plo­mo era la ex­pre­sión lo­cal de dis­pa­rar. Su­ce­día que los ti­ro­teos eran en el apar­ca­mien­to. Aho­ra los mó­vi­les, vi­cio­sos, pe­ro re­la­ti­va­men­te más pa­cí­fi­cos, se dis­pa­ran al sa­lir. Fí­jen­se co­mo los cha­va­les los pi­llan cuan­do se los de­vuel­ven, ávi­dos, co­mo adic­tos, y no pa­ran de te­clear en ellos co­mo si se hu­bie­sen per­di­do du­ran­te las cla­ses los úl­ti­mos des­cu­bri­mien­tos de la Tie­rra.

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