Trap: el género que sue­na en la Red pe­ro no en la ra­dio

No sacan dis­cos, ha­cen vi­deo­clips. Sus le­tras de­fi­nen y ha­blan de ba­rrios car­ga­dos de ar­mas, dro­gas y pan­di­llas. Un re­tra­to de la España sub­ur­ba­na que se ha in­fla­do has­ta el éxi­to ma­si­vo ba­jo la eti­que­ta de una mú­si­ca pro­ce­den­te de EE. UU. que aquí po­see

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - MÚSICA . ESTÁ SONANDO - TEX­TO: CARLOS PEREIRO

Sus ví­deos tie­nen mi­llo­nes de re­pro­duc­cio­nes. La ma­yo­ría de los ado­les­cen­tes del país (y no po­cos adul­tos) los es­cu­chan a tra­vés de sus mó­vi­les. Ha­blan de dro­gas, de pan­di­llas, de ba­rrio, de se­xo. Es di­fí­cil con­tac­tar con ellos y las en­tre­vis­tas que con­ce­den aca­ban por con­ver­tir­se en un vai­vén ex­tra­ño de preguntas y res­pues­tas sin­gu­la­res. Así son los ar­tis­tas que han con­ver­ti­do al trap en un género en au­ge en to­do el país. Una eti­que­ta de­ma­sia­do abier­ta que ha aca­ba­do por ha­cer que al­gu­nos, co­mo C. Tan­ga­na, se des­li­guen com­ple­ta­men­te de la mis­ma. ¿Ha lle­ga­do el trap pa­ra que­dar­se?

Qui­zás me­rez­ca la pe­na em­pe­zar des­de el prin­ci­pio. El trap, propiamente di­cho, es una pa­la­bra que a la lar­ga ha aca­ba­do por de­sig­nar una sub­ca­te­go­ría del rap cuan­do és­te se in­fluen­ció en los 90 por la mú­si­ca elec­tró­ni­ca. Fue en Es­ta­dos Uni­dos don­de dio sus pri­me­ros pa­sos y, cier­ta­men­te, que­dan muy le­jos ya del bum que se ha vi­vi­do en España du­ran­te los úl­ti­mos años. La de­ri­va del género ha crea­do un con­glo­me­ra­do con pie­zas de di­fe­ren­tes ra­mas, ta­les co­mo el rap ori­gi­nal o el re­gue­tón; un abun­dan­te uso de los sin­te­ti­za­do­res, ba­ses pre­gra­ba­das y el abu­so ha­bi­tual del au­to­tu­ne pa­ra dis­tor­sio­nar la lí­ri­ca. El re­sul­ta­do es un so­ni­do ge­ne­ral­men­te os­cu­ro, que en­vuel­ve unas le­tras que trans­mi­ten la vi­da de ba­rrio y el or­gu­llo de per­te­ne­cer a él. Una fron­te­ra en­tre la de­lin­cuen­cia y el or­den que no im­por­ta so­bre­pa­sar por­que así se hace, así se vi­ve. Chi­cos y chi­cas. Los ca­nu­tos apa­re­cen en el vi­deo­clip, tam­bién los ba­tes, las pis­to­las o el ban­co del par­que don­de siem­pre se que­da.

El in­te­rés sus­ci­ta­do por el género ha au­pa­do a al­gu­nos ar­tis­tas co­mo Fernando Gál­vez (Gra­na­da, 1990), Yung Beef, co­mo au­tén­ti­cas es­tre­llas del pa­no­ra­ma es­ta­tal. Gran­des fes­ti­va­les co­mo el Só­nar lo quie­ren so­bre sus es­ce­na­rios, mar­cas co­mo Cal­vin Klein se lo ri­fan y la Se­ma­na de la Mo­da de Pa­rís qui­so con­tar con él pa­ra su pa­sa­re­la. Has­ta Los Pla­ne­tas en­con­tra­ron la ins­pi­ra­ción en una de sus can­cio­nes y la con­vir­tie­ron en Is­la­ma­bad, na­ci­da a raíz de Ready pa mo­rir.

En el otro la­do del ring se en­cuen­tra C. Tan­ga­na con su ágil hui­da de la eti­que­ta de trap. Aun­que algunas de sus can­cio­nes pu­die­ran com­par­tir si­mi­li­tu­des con el género, el ra­pe­ro lle­va me­ses tra­tan­do de de­jar cla­ro que la pa­la­bra es más una in­ven­ción pe­rio­dís­ti­ca que mu­si­cal, y que no se sien­te par­tí­ci­pe de ella. Con ape­nas 26 años, An­tón Ál­va­rez (tam­bién co­no­ci­do co­mo Pu­cho o Cre­ma) ha sa­bi­do rein­ven­tar­se y ha al­can­za­do el éxi­to ma­si­vo. En un año, su can­ción An­tes de mo­rir­me, jun­to a la can­tan­te Rosalía, su­pera la frio­le­ra ci­fra de los 14 mi­llo­nes de re­pro­duc­cio­nes. Por otro la­do, tam­bién se ha he­cho co­no­ci­da su ri­va­li­dad directa con Los Chi­kos del Maíz, el gru­po de rap va­len­ciano, a los que ha de­di­ca­do una can­ción (Los chi­cos de Ma­driz) y se jac­ta de ha­ber da­do un pu­ñe­ta­zo a uno de sus miem­bros tras un con­cier­to en Ma­drid. «Me pu­so las ti­je­ras en el cue­llo. Lo­co, no lle­vo ni tres eu­ri­llos […] Aho­ra qué ha­ce­mos, ¿nos ma­ta­mos?», na­rra Yung Beef en A.D.R.O.M.I.C.F.M.S, una de las can-

Los ado­les­cen­tes no quie­ren sa­ber de for­ma­to fí­si­co

cio­nes tra­pe­ras más co­no­ci­das del país. Es so­lo una mues­tra de su te­má­ti­ca ha­bi­tual. Or­gu­llo de ba­rrio, pro­ble­mas a pa­res y, se­gún el mo­men­to, la ne­ce­si­dad de un dic­cio­na­rio pa­ra po­der en­ten­der to­da la le­tra.

El tras­fon­do co­mer­cial es un fac­tor re­le­van­te y pro­pio. Sal­vo ex­cep­cio­nes, to­das las can­cio­nes se suben a la Red. El trap no quie­re sa­ber de for­ma­to fí­si­co. Los ado­les­cen­tes tam­po­co. ¿Pa­ra qué com­prar un dis­co si so­lo quie­ro es­cu­char una can­ción y es­tá en You­tu­be? Es una pre­gun­ta ha­bi­tual en las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes. El sin­gle con vi­deo­clip es efec­ti­vo y di­rec­to, muy fun­cio­nal. A día de hoy, sor­pren­de la pro­duc­ción que lle­gan a te­ner algunas de las pie­zas subidas a la Red, más pro­pias de una pe­lí­cu­la que de un ar­tis­ta de ba­rrio. El ban­que­ro de Dios, de Kin­der Ma­lo; es un buen ejem­plo de ello. Ilu­mi­na­ción ci­ne­ma­to­grá­fi­ca, de­ce­nas de ac­to­res, to­ne­la­das de ma­qui­lla­je…

Tam­bién las mu­je­res se han subido al ca­rro del trap. Bad Gyal o La Zo­wi han al­can­za­do co­tas de po­pu­la­ri­dad tan al­tas co­mo los ya men­ta­dos. En el ca­so de la pri­me­ra, na­ci­da en Ca­ta­lu­ña, se ha ga­na­do la mu­le­ti­lla de ser «la rei­na del trap»; y en sus le­tras ha­bla del bai­le, la ru­ti­na, el amor o el di­ne­ro. Tam­bién rehú­ye de la eti­que­ta tra­pe­ra y pre­fie­re tér­mi­nos co­mo dan­cehall. Se de­fi­ne fe­mi­nis­ta y cree que la des­con­tex­tua­li­za­ción de las le­tras de las nue­vas ge­ne­ra­cio­nes de ar­tis­tas ha he­cho que sean til­da­das de vio­len­tas y ma­chis­tas.

¿Es el trap una mo­da? ¿Una bur­bu­ja mu­si­cal? El tiem­po y la pers­pec­ti­va ten­drán que de­fi­nir si real­men­te los ar­tis­tas que se unie­ron a la eti­que­ta de trap, así co­mo sus de­trac­to­res; si de­ja­ron mar­ca en el pú­bli­co, o se­rán guar­da­dos en al­gún baúl mu­si­cal cual ex­pe­ri­men­to fa­lli­do. Por lo pron­to, la ci­ma del éxi­to si­gue to­ma­da por ellos. Y no pa­re­ce que la quie­ran ce­der.

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