El se­cre­to In­dia de Mar­tí­nez

LAS NO­VE­DA­DES LI­TE­RA­RIAS QUE ASO­MAN EN ES­TE 2018 LAS CLA­VES DEL ÉXI­TO DEL CON­CUR­SO “OPE­RA­CIÓN TRIUN­FO” EN­TRE­VIS­TA A GARY OLD­MAN, UN “CHUR­CHILL” QUE CA­MI­NA HA­CIA EL OS­CAR

La Voz de Galicia (A Coruña) - Fugas - - PORTADA - TEX­TO: JA­VIER BECERRA

La gen­te iba al pa­seo de Roquetas y allí me pe­dían que can­ta­ra

Ha­cía años que In­dia Mar­tí­nez no es­ta­ba en Ga­li­cia. «Era una cuen­ta pen­dien­te que te­nía­mos y me ape­te­cía mu­cho», ex­pli­ca. Tie­ne una pin­ta es­tu­pen­da. Al cie­rre de es­ta edi­ción, Cá­vea (la pro­mo­to­ra que se en­car­ga de traer­la) cer­ti­fi­ca­ba el éxi­to. En Vi­go (26 de enero, Au­di­to­rio do Mar) ya se ha­bía ven­di­do la ma­yor par­te del afo­ro. En A Co­ru­ña (27 de enero, Pa­la­cio de la Ópe­ra), ape­nas que­da­ban 15 en­tra­das al cie­rre de es­ta edi­ción. Se­gu­ra­men­te, ya es­ta­rán des­pa­cha­das cuan­do se pu­bli­quen es­tas lí­neas. «No me lo es­pe­ra­ba, por­que no es­táis por ahí acos­tum­bra­dos a ver­me ni yo a ir. Sien­do del sur una pien­sa que pue­de ser un po­co más com­pli­ca­do, pe­ro me lle­gan es­tas sor­pre­sas y com­prue­bo que no», se­ña­la. Los ti­ques cues­tan des­de 22,60 eu­ros. —Lle­ga con dis­co ti­tu­la­do «Te cuen­to un se­cre­to» y sa­le con más­ca­ra en los car­te­les. Su­gie­re su­su­rros y sen­ti­mien­tos muy ín­ti­mos. Sin em­bar­go, apa­re­ce un ál­bum de pop lu­mi­no­so y ale­gre. ¿Có­mo lo ex­pli­ca? —Tie­nes ra­zón. La ma­yo­ría de la gen­te que si­gue mi ca­rre­ra ha re­co­no­ci­do más te­mas tris­tes, ba­la­das fuer­tes y co­sas así. Es­te dis­co se ha ins­pi­ra­do des­de la ale­gría. ¿Por qué no pue­do ex­plo­rar yo eso si la vi­da es así? La gen­te que no co­no­cía ese otro la­do, más ale­gre y de sal­tar en el escenario, lo es­tá des­cu­brien­do aho­ra. —Pre­ci­sa­men­te, el dis­co tie­ne unos arre­glos elec­tró­ni­cos «sal­ta­ri­nes», que in­ci­tan a ello. —Es así. Hay can­cio­nes que te in­vi­tan a des­po­jar­te de to­do y de­cir: «¡Me da igual, me co­mo el mun­do!». —¿Eso sig­ni­fi­ca que, pe­se a que sus con­cier­tos ga­lle­gos sean en au­di­to­rios, a la gen­te no le va a que­dar más re­me­dio que ver­los en pie? —[Se ríe] Sea don­de sea el re­cin­to en el que es­te­mos, la gen­te ter­mi­na po­nién­do­se en pie, sin du­da. Aho­ra es­ta­mos en tea­tros y la gen­te aca­ba bai­lan­do. —En «Án­gel» can­ta: «A ve­ces la gen­te no sa­be / a ve­ces la gen­te no en­tien­de / te juz­gan por­que eres di­fe­ren­te». ¿Qué bus­ca­ba ahí? —Es una de mis can­cio­nes fa­vo­ri­tas. Tie­ne al­go que me to­ca el alma. Cuan­do la hi­ce que­ría mos­trar ese la­do que uno sien­te o ha sen­ti­do al­gu­na vez. Yo lo he sen­ti­do. Cual­quie­ra se en­cuen­tra ex­clui­do en un mo­men­to da­do en la so­cie­dad. Tan­to da si es en su tra­ba­jo o en el co­le­gio. Eso due­le mu­cho. Lo trans­mi­tes al pú­bli­co por­que, en cier­to modo, es­tá pen­sa­da pa­ra esa gen­te que pue­de sen­tir mie­do, que se aga­rre a la can­ción y que le echen va­lor a la vi­da, que no im­por­ta. En esa di­fe­ren­cia y en esa di­ver­si­dad es don­de es­tá lo au­tén­ti­co. —Hay quien le lla­ma a eso can­cio­nes de au­to­ayu­da, que te co­gen en un mo­men­to ba­jo pa­ra ha­cer­te sen­tir me­jor. ¿Es así? —Sí, a mí mis­ma me ha­ce sen­tir me­jor cuan­do la can­to. Si es­toy ca­biz­ba­ja, la can­to y me da co­ra­je. Anu­la el mie­do. Ade­más, lo ha­ce de una for­ma po­si­ti­va y cons­truc­ti­va. —Sí, es co­mo si en us­ted no hu­bie­se si­tio pa­ra la ra­bia.

—Cla­ro, es que yo soy así.

—Mu­chas es­tre­llas del pop se sin­tie­ron di­fe­ren­tes de ni­ños y es pre­ci­sa­men­te esa di­fe­ren­cia la que les em­pu­ja a to­mar ese ca­mino. ¿Es su ca­so? —Yo no me sen­tía di­fe­ren­te a na­die, pe­ro sí que en al­gún mo­men­to los de­más me lo han he­cho sen­tir. Era muy tí­mi­da. Sa­lía del co­le­gio y me iba pa­ra mi ca­sa su­per­con­ten­ta pa­ra es­cu­char mis cin­tas de ca­se­te de Ca­ma­rón, An­to­nio Mo­li­na, Jua­ni­to Val­de­rra­ma, Te­rre­mo­to de Je­rez o la Ni­ña de los Pei­nes. Al día si­guien­te, cuan­do vol­vía al co­le­gio, si que­ría ha­blar de lo que ha­bía he­cho el día an­te­rior na­die me en­ten­día. Era co­mo una ni­ña ra­ri­ta y, a ve­ces, re­ci­bien­do co­mo bur­la en plan: «¡Olé, Olé, cán­ta­te al­go!». —Lla­ma mu­cho la aten­ción que una ni­ña pre­fie­ra es­cu­char a Jua­ni­to Val­de­rra­ma que a los gru­pos de su mo­men­to. ¿Por qué no lo ha­cía? —Sí, era la épo­ca de Ale­jan­dro Sanz. Me lo de­cían en el co­le­gio y yo pen­sa­ba ¿y es­te quién es? De ni­ña yo era fan de Ca­ma­rón, no de Ale­jan­dro Sanz. Se lo di­je a él cuan­do lo co­no­cí [ri­sas]. Co­no­cía a los can­tao­res, a to­dos, pe­ro esa mú­si­ca no. Cuan­do lo es­cu­ché vi otro modo de ha­cer mú­si­ca. De to­dos mo­dos es­tá re­la­cio­na­da, por­que él ve­nía de esa tra­di­ción con la que yo me crie. —¿Qué pen­sa­ba de la mú­si­ca de las ra­dio­fór­mu­las?

—Que era to­da co­mo muy fá­cil de can­tar. Es­cu­cha­ba la ra­dio y me pre­gun­ta­ba ¿por qué ha­cen esas can­cio­nes que son tan fá­ci­les? Yo pa­ra can­tar te­nía que es­tar con­cen­tra­da, pen­dien­te de los gi­ros y que to­do fue­ra muy des­ga­rra­dor. —De ahí ha lle­ga­do al pop, igual que Ale­jan­dro Sanz. Da la sen­sa­ción de que se ha cons­trui­do en Es­pa­ña una es­pe­cie de gé­ne­ro, el pop afla­men­ca­do, con di­fe­ren­tes ar­tis­tas co­nec­ta­dos. —Sí, ca­da uno ha te­ni­do re­fe­ren­cias muy di­fe­ren­tes, aun­que otras coin­ci-

den­tes. Yo an­tes de ser can­tan­te den­tro de ese gé­ne­ro que co­men­tas fui can­tao­ra. Al­gu­nos de esos com­pa­ñe­ros no han lle­ga­do a ha­cer fla­men­co clá­si­co. Unos se han arri­ma­do a la co­pla u otros es­ti­los. Eso nos da la di­fe­ren­cia en ca­da so­ni­do. Nos co­no­ce­mos to­dos y va­mos vien­do lo que ha­cen los com­pa­ñe­ros. Yo me fi­jo en Va­ne­sa Mar­tín o en Ma­nuel Ca­rras­co. Eso es muy bo­ni­to. —Vien­do sus car­te­les por la ca­lle me que­dé pen­san­do: «In­dia Mar­tí­nez, qué nom­bre más chu­lo. Dan ga­nas de ha­cer­se fan de ella por ello». Fue un gran acier­to ese nom­bre, ¿no cree? —[Ri­sas] ¿Gus­tar so­lo por el nom­bre? ¡Qué bueno! Ese nom­bre vino en una se­gun­da eta­pa mía. Pri­me­ro, fui can­tao­ra. La gen­te del pue­blo, Roquetas de Mar, me lla­ma­ba La Ni­ña del Puer­to. Es un nom­bre que me pu­so la gen­te. An­tes de can­tar en pe­ñas fla­men­cas y fes­ti­va­les, la gen­te iba al pa­seo de Roquetas por­que sa­bían que me iban a en­con­trar allí con mi pe­rro, que me pa­ra­ban y yo les can­ta­ba. Can­ta­ba pa­ra to­do el mun­do, en pubs, en chi­rin­gui­tos, por la ca­lle. Cuan­do em­pe­cé a mo­ver­me en fes­ti­va­les y con­cur­sos pu­de to­car en Se­vi­lla, en la Fe­ria Mun­dial del Fla­men­co. Allí me ojeó un má­na­ger, el mis­mo que bau­ti­zó a Pa­sión Ve­ga. Me di­jo que el nom­bre no me ha­cía jus­ti­cia, que era an­ti­guo. Él me veía fue­ra del fla­men­co. Me di­jo que qué me pa­re­cía lla­mar­me In­dia. Y a mí me en­can­tó. Siem­pre me he sen­ti­do muy sal­va­je y muy li­bre. Des­de en­ton­ces es co­mo si fue­ra mi nom­bre real. —¿Nun­ca le ha pi­ca­do re­tor­nar a esa eta­pa pri­me­ra y ha­cer al­go de fla­men­co clá­si­co? —De­pen­de de lo que me pi­da el co­ra­zón. Des­pués de mis dos pri­me­ros dis­cos, hi­ce un pe­que­ño pa­rón. Ahí reali­cé una pe­que­ña gi­ra fla­men­ca so­lo por fes­ti­va­les y me en­can­tó. Eso siem­pre es­tá ahí pa­ra mí. Lo que es­tá pen­dien­te es un dis­co más fla­men­co. Siem­pre hay tin­tes por ahí. En me­dio del pop, a ve­ces hay unas ale­grías, una to­ná o una bu­le­ría. Siem­pre hay al­gún pa­lo que re­cuer­da de dón­de ven­go. Qui­zá Te

cuen­to un se­cre­to sea el me­nos fla­men­co, pe­ro de pron­to me pongo a can­tar a ca­pe­la unas co­plas o unos fan­dan­gos que me lle­van ahí. Pe­ro sí que ten­go pen­dien­te ha­cer ese dis­co. Me en­can­ta­ría, me ha­ría sen­tir muy or­gu­llo­sa de se­guir lle­van­do mis raí­ces. —Le ani­mo a ello.

—Y eso con­lle­va­ría una gi­ra.

—Y una nue­va es­té­ti­ca: pa­sar del mo­men­to más pop de su ca­rre­ra a lo más pri­mi­ge­nio. Un buen con­tras­te. —Me que­dan mu­chas co­sas pen­dien­tes, en­tre ellas esa. Aho­ra me es­toy en­fo­can­do mu­cho en La­ti­noa­mé­ri­ca. Aca­ba­mos de de­bu­tar en Ar­gen­ti­na o Mé­xi­co, lle­nan­do y con sen­sa­cio­nes bue­ní­si­mas. To­do eso me in­flu­ye.

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