Os Mi­gue­li­ños, gra­ni­to de Ca­toi­ra

La pro­pie­ta­ria ha sa­bi­do crear y me­jo­rar es­ta ca­sa de tu­ris­mo ru­ral

La Voz de Galicia (A Coruña) - La Voz de Galicia (OneOff ALL) - - TERRA - CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

En Ca­toi­ra abre sus puer­tas una con­ser­ve­ra. En ella tra­ba­ja, des­de ha­ce años (bas­tan­tes pe­ro no mu­chos, por­que la mu­jer es jo­ven), Berta. Y Berta y su marido abrie­ron una ca­sa de tu­ris­mo ru­ral al la­do de la nue­va don­de vi­ven. Lo hi­cie­ron ca­tor­ce años atrás, sin sub­ven­ción, jun­tan­do eu­ro a eu­ro. Por su­pues­to, de lo que pen­sa­ban al prin­ci­pio a lo que se gas­ta­ron me­dia un buen tre­cho. Co­mo siem­pre su­ce­de en es­tos ca­sos.

Y ade­más, la ca­sa de Os Mi­gue­li­ños (así se lla­ma), amén de muy gran­de, era muy vie­ja y lle­va­ba más de ocho de­ce­nios de­ja­da de la mano de Dios. En ella ha­bía na­ci­do la ma­dre de Berta, y era la tí­pi­ca ca­sa con ani­ma­les, con huer­ta y con una lei­ra pe­ga­da a la par­te tra­se­ra don­de el pa­dre de la hoy due­ña plan­ta­ba maíz. Co­mo mí­ni­mo, los ci­mien­tos del edi­fi­cio tienen 300 años.

Os Mi­gue­li­ños es uno de esos ne­go­cios que han ido me­jo­ran­do con el pa­so de las lu­nas, lo cual de­mues­tra que la apues­ta que hi­zo la fa­mi­lia por el tu­ris­mo ru­ral era una apues­ta de fu­tu­ro: ahí rein­vir­tie­ron los be­ne­fi­cios, y la prue­ba es­tá en que aque­lla lei­ra de maíz hoy aco­ge un es­tu­pen­do jar­dín lleno de ár­bo­les fru­ta­les y un blo­que nue­vo pe­ro muy bien in­te­gra­do en el en­torno que ofre­ce apar­ta­men­tos. Y es que Berta es una mu­jer muy cui­da­do­sa con la es­té­ti­ca del pai­sa­je, y se la­men­ta va­rias ve­ces a lo lar­go de la con­ver­sa­ción de que aquí o allá ha­ya gen­te que no cui­da la apa­rien­cia ex­ter­na de sus vi­vien­das. Oja­lá mu­cha gen­te en Ga­li­cia pen­sa­ra así: se aca­ba­ría rá­pi­da­men­te con la la­cra del feís­mo.

De ma­ne­ra que lo que se va a en­con­trar el vi­si­tan­te na­da más tras­pa­sar el por­tón es una muy vie­ja ca­sa de pie­dra to­tal­men­te reha­bi­li­ta­da, sin aña­di­dos su­per­fluos que pue­dan des­tro­zar esa ima­gen. La de­co­ra­ción ex­te­rior es aus­te­ra, y prác­ti­ca­men­te se re­du­ce a una cam­pa­na.

En el in­te­rior sí que hay or­na­men­ta­ción, y muy cui­da­da, sin es­pa­cios va­cíos pe­ro en ab­so­lu­to abi­ga­rra­dos. De­mues­tra, sim­ple­men­te, que se hi­cie­ron las co­sas con es­ti­lo y ele­gan­cia. Pa­ra empezar, la chi­me­nea de la de­re­cha es un plus de bue­na aco­gi­da, y si es­tá en­cen­di­da —co­mo su­ce­de en es­tos tiem­pos—, to­da­vía más.

El pe­que­ño co­me­dor pue­de ser ca­li­fi­ca­do con jus­ti­cia de ín­ti­mo, y ahí se dan ci­ta los clien­tes en el desa­yuno y, cla­ro es­tá, cuan­do se ani­man a co­ci­nar al­go, por­que una co­ci­na muy completa en esa mis­ma plan­ta ba­ja es­tá a su dis­po­si­ción, al­go que agra­de­cen so­bre to­do las per­so­nas que viajan con ni­ños. ¿Un in­con­ve­nien­te que no den ce­nas? No lo pa­re­ce, por­que en las in­me­dia­cio­nes abren sus puer­tas va­rios lu­ga­res pa­ra re­po­ner fuer­zas, uno de ellos a po­co más de un cen­te­nar de me­tros.

En esa mis­ma plan­ta ba­ja es­pe­ran dos ha­bi­ta­cio­nes. A Berta una no le pa­re­ce muy gran­de, pe­ro de pe­que­ña no tie­ne na­da, y más si se com­pa­ra con otras mu­chas por Ga­li­cia ade­lan­te. Des­de lue­go, una es sen­ci­lla­men­te enor­me. Las otras cua­tro del pi­so su­pe­rior, amén de que pre­su­men de ta­ma­ño res­pe­ta­ble que no le­van­ta­rán que­jas en na­die, man­tie­nen el mis­mo tono cro­má­ti­co, abun­dan­do los mue­bles os­cu­ros, to­dos ellos con per­so­na­li­dad. Si al­guien pien­sa en Ikea es­tá equi­vo­ca­do de ca­bo a ra­bo: jus­ta­men­te lo con­tra­rio. Mue­bles tra­ba­ja­dos en ma­de­ras no­bles, mu­chos pro­ce­den­tes del pa­tri­mo­nio fa­mi­liar, al­gu­nos otros (el ve­ne­ra­ble piano de la en­tra­da, por ejem­plo) com­pra­dos, cua­dros pin­ta­dos por un fa­mi­liar, y siem­pre bus­can­do el equi­li­brio. Gus­ta­rá o no, pe­ro aquí no hay na­da es­tri­den­te.

El edi­fi­co de la par­te de atrás cuen­ta con su en­tra­da pro­pia, y con el por­tón a la es­pal­da es­pe­ran tres apar­ta­men­tos cons­trui­dos con mu­cho gus­to y, des­de lue­go, muy lu­mi­no­sos. Com­ple­tos: no fal­ta ab­so­lu­ta­men­te na­da, y la sa­la-co­me­dor no pue­de es­con­der un to­que nór­di­co, qui­zás por esa lu­mi­no­si­dad tan bien apro­ve­cha­da, al­go no usual. En el mis­mo edi­fi­cio, en­tran­do por una puer­ta se­cun­da­ria, un pe­que­ño es­pa­cio ocu­pa­do por dos la­va­do­ras a dis­po­si­ción de los clien­tes.

Hay que de­di­car unas lí­neas a los jar­di­nes, al prin­ci­pal y al de los apar­ta­men­tos. Son am­plios, ce­rra­dos y con pa­rri­llas por si a al­guien se le ocu­rre pre­pa­rar una bar­ba­coa. Hier­ba en­vi­dia­ble­men­te tu­pi­da y en­vi­dia­ble­men­te ver­de. Abun­dan­cia de ár­bo­les fru­ta­les, y to­do ello ce­rra­do, de ma­ne­ra que los pe­que­ños se mue­ven a su gus­to y se­gu­ros.

Una no­ta fi­nal: las ha­bi­ta­cio­nes se lo­ca­li­zan en la fran­ja de pre­cios ba­jos. To­da Ga­li­cia de­be su­bir­los.

CRIS­TÓ­BAL RA­MÍ­REZ

Os Mi­gue­li­ños es una mues­tra de có­mo el gra­ni­to y el ver­de for­man la pa­re­ja es­té­ti­ca ideal en Ga­li­cia.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.