DA­POR­TA, 80 AÑOS DE APUES­TA POR LO NA­TU­RAL

Siem­pre tu­vie­ron cla­ro que la ca­li­dad y el ori­gen del pro­duc­to en­la­ta­do de­be­ría ser su má­xi­ma, qui­zás por eso es una de las po­cas fá­bri­cas que lle­va ca­si ochen­ta años tra­ba­jan­do

La Voz de Galicia (A Coruña) - Mercados - - PORTADA - M. Al­fon­so

Con­ser­vas Da­por­ta na­ció a ori­llas del Umia, en Cam­ba­dos, en 1940. En to­do es­te tiem­po, la apues­ta por una con­ser­va de ca­li­dad y sin adi­ti­vos ha si­do una se­ñal de iden­ti­dad de la fir­ma.

Hu­bo un tiem­po en el que el sec­tor con­ser­ve­ro era de los más im­por­tan­tes de Cam­ba­dos. En el que los vecinos eran ca­pa­ces de dis­tin­guir si la si­re­na que es­ta­ba so­nan­do era la de Ote­ro, la de Pe­ña o la de Da­por­ta. Por­que así era co­mo se lla­ma­ba en­ton­ces a la gen­te a tra­ba­jar. En una épo­ca en la que el te­lé­fono era to­da­vía un lu­jo, las mu­je­res es­ta­ban pen­dien­tes de la se­ñal so­no­ra que emi­tían las dis­tin­tas fá­bri­cas pa­ra sa­ber que aca­ba­ba de lle­gar pes­ca­do y que de­bían in­cor­po­rar­se a su pues­to de tra­ba­jo, fue­ra sá­ba­do, do­min­go o una jor­na­da de se­ma­na. To­do eso ha cam­bia­do mucho. O qui­zás no tan­to. Por­que en Con­ser­vas Da­por­ta, una in­dus­tria que na­ció a ori­llas del Umia en 1940, hay mu­chos pro­ce­sos que se si­guen haciendo a mano, co­mo an­ta­ño. Es­ta em­pre­sa fa­mi­liar ha con­se­gui­do rom­per to­dos los mol­des. Va por la cuar­ta ge­ne­ra­ción, al­go que no lo­gran mu­chas com­pa­ñías, y es la úni­ca de las con­ser­ve­ras de en­ton­ces que que­da en la lo­ca­li­dad.

«Mi bi­sa­bue­lo, Vi­cen­te Da­por­ta Fer­nán­dez, mon­tó la fá­bri­ca pa­ra un hi­jo. Es cu­rio­so por­que es­tu­vo seis me­ses y se la de­jó. Pe­ro a ese hi­jo no le in­tere­sa­ba y, al fi­nal, se hi­zo car­go mi abue­lo», ex­pli­ca Ale­jan­dro Da­por­ta, ac­tual res­pon­sa­ble de la com­pa­ñía. En aque­lla épo­ca se tra­ba­ja­ba, so­bre to­do, «pes­ca­do. Ha­cían sardina, bo­ni­to y ca­ba­lla», cuen­ta. Los bar­cos des­car­ga­ban di­rec­ta­men­te al la­do de la fac­to­ría, ubi­ca­da es­tra­té­gi­ca­men­te a ori­llas del Umia y que con­ta­ba con un pe­que­ño ca­nal por el que lle­ga­ban las em­bar­ca­cio­nes. «Aquí lle­gó a ha­ber pi­cos de 200 per­so­nas tra­ba­jan­do, no sé dón­de las me­tían, pe­ro las hu­bo», ase­gu­ra. En­ton­ces no ha­bía con­ge­la­do­res, así que la ma­te­ria de­bía ser pro­ce­sa­da al mo­men­to. «Le echa­bas sal y aguan­ta­ba, co­mo mucho, de un día pa­ra otro, pe­ro no se po­día con­ge­lar», aña­de. Por eso las si­re­nas, pa­ra avi­sar al per­so­nal cuán­do te­nía que in­cor­po­rar­se.

¿Sus clien­tes? «So­bre to­do, Cas­ti­lla, por el te­ma del cam­po. Se ven­dían la­tas en for­ma­to in­dus­trial pa­ra la épo­ca de la sie­ga, pa­ra dar de co­mer a la gen­te del jor­nal. Eran la­tas de cin­co ki­los de al­cri­ques o de sar­di­nas en es­ca­be­che», re­la­ta. Eran tiem­pos dis­tin­tos, en los que di­ver­sos co­lec­ti­vos, co­mo los po­li­cías, te­nían eco­no­ma­tos. Y allí en­con­tra­ba el sec­tor con­ser­ve­ro sus con­su­mi­do­res. «En­tre los años cin­cuen­ta y los se­ten­ta eran nuestros gran­des clien­tes», ex­pli­ca. Lo que aho­ra es su ofi­ci­na fue, en aque­lla épo­ca, «un ta­ller de la­tas». Por­que en los años 40 «ha­bía cu­pos en las ho­jas de me­tal y se ha­cían aquí. Era co­mo el acei­te. Es­tos dos ma­te­ria­les se re­par­tían en fun­ción de unos cu­pos», aña­de. Así que la fá­bri­ca te­nía su pro­pia me­tal­grá­fi­ca. Con el pa­so de los años, la fac­to­ría se fue am­plian­do, pe­ro to­da­vía con­ser­va su di­se­ño ori­gi­nal. Y tam­bién la vi­vien­da del pro­pie­ta­rio. «La ca­sa es­tá in­te­gra­da en la fá­bri­ca por­que an­tes era nor­mal que vi­vie­ra ahí el en­car­ga­do. Mis pa­dres de­ci­die­ron arre­glar­la y mi ma­dre to­da­vía vi­ve ahí», re­la­ta.

En los años 60, la con­ser­ve­ra cam­bió de es­tra­te­gia. «Em­pe­za­mos a tra­ba­jar con el ma­ris­co y nos es­pe­cia­li­za­mos en ber­be­re­cho, na­va­ja y al­me­ja», ase­gu­ra. Y aun­que se in­tro­du­jo la me­ca­ni­za­ción en la fac­to­ría, «el 80 % de nuestros pro­duc­tos son em­pa­ca­dos a mano». Los gran­des for­ma­tos, aque­llas la­tas de cin­co ki­los, prác­ti­ca­men­te han des­apa­re­ci­do y han da­do pa­so a for­ma­tos mucho más pe­que­ños. Pe­ro, al igual que en sus co­mien­zos, «cui­da­mos mucho la ca­li­dad y tra­ta­mos de que la ma­yo­ría de nues­tro pro­duc­to sea ga­lle­go, aun­que eso se es­tá po­nien­do ca­da vez más di­fí­cil», ase­gu­ra Da­por­ta. Él se hi­zo car­go de la em­pre­sa en los años 80, pe­ro lle­va to­da su vi­da li­ga­da a ella. «Yo na­cí aquí, ma­mé fá­bri­ca por los cua­tro cos­ta­dos», ase­gu­ra. Es la cuar­ta ge­ne­ra­ción de la fa­mi­lia que asu­me el car­go, «y los es­tu­dios di­cen que so­lo un 2 o un 3 % de las em­pre­sas fa­mi­lia­res lle­gan a la cuar­ta ge­ne­ra­ción», ex­pli­ca. Por suer­te, siem­pre hay ex­cep­cio­nes.

| MAR­TI­NA MISER

2018 La fá­bri­ca abrió sus puer­tas en el año 1940 y en ella lle­ga­ron a tra­ba­jar dos­cien­tas per­so­nas, aho­ra son una trein­te­na las mu­je­res que em­pa­can a mano los ma­ris­cos.

1965

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