El río La­mei­ra ago­ni­za in­fes­ta­do por las al­gas y azo­ta­do por la se­quía

El Con­ce­llo aco­me­te­rá la lim­pie­za de la ma­le­za en el tramo que va de A Gre­la has­ta el ba­rrio de A Ban­da do Río

La Voz de Galicia (Pontevedra) - Pontevedra local - - PONTEVEDRA - MARCOS GAGO

El tramo ur­bano del río La­mei­ra, en Marín, pue­de ser­vir pa­ra rea­li­zar un ca­tá­lo­go de los di­ver­sos to­nos del co­lor ver­de, des­de el más os­cu­ro y apa­ga­do has­ta los más bri­llan­tes pa­san­do por una am­plia ga­ma de ma­ti­ces. Lo úni­co que no se ve es lo es­pe­ra­ble en un río: el co­lor azul del agua. La ra­zón es do­ble. Por un la­do, se en­cuen­tra la se­quía, que ha re­du­ci­do tan­to el cau­dal co­mo pa­ra con­ver­tir al La­mei­ra en un me­ro hi­li­llo de agua, una lá­mi­na tan po­co pro­fun­da que en al­gu­nos pun­tos se po­dría ca­si cru­zar sin que al­can­ce el agua a cu­brir los pies. Co­mo con­se­cuen­cia de un cau­dal tan mí­ni­mo, apa­re­ce el otro gran pro­ble­ma ac­tual de es­te cau­ce. Se tra­ta, no ya de la pro­li­fe­ra­ción de ve­ge­ta­ción y ma­le­za de to­do ti­po, sino tam­bién de la apa­ri­ción en gran­des can­ti­da­des de la Mi­crocys­ti­na, el mi­cro­al­ga que ha he­cho tris­te­men­te fa­mo­so al em­bal­se del Umia, en Cal­das, y que ha he­cho co­rrer, y nun­ca me­jor di­cho, ríos de tin­ta des­de ha­ce años. Eso sí, en el La­mei­ra, co­mo es­te año, no se re­cuer­da en mu­cho tiem­po. El río ma­ri­nen­se pa­re­ce un en­fer­mo ter­mi­nal en sus úl­ti­mas ho­ras de la UCI.

No im­por­ta por dón­de se acer­que uno al La­mei­ra. To­do su cau­ce ofre­ce una ima­gen la­men­ta­ble. El Con­ce­llo de Marín ase­gu­ra que po­co pue­de ha­cer más allá de lim­piar­lo de ma­le­za pa­ra evi­tar que cuan­do lle­guen las llu­vias ese cau­dal ago­ni­zan­te se con­vier­ta en una ave­ni­da que inun­de las ca­lles y ba­jos de las vi­vien­das ane­xas. Bueno es que se apro­ve­che cuan­to an­tes pa­ra lim­piar­lo de ma­le­za, pe­ro no hay du­da de que al­go de mo­vi­mien­to en el des­bro­ce tam­bién po­dría com­pa­ti­bi­li­zar­se con la re­ti­ra­da de las ca­pas más es­pe­sas de al­gas.

Y es que no hay más que ir­se has­ta O Se­que­lo, al la­do de un pa­be­llón de lo más con­cu­rri­do y de un co­le­gio de Pri­ma­ria pa­ra en­con­trar­se un río que más que mo­ri­bun­do se po­dría de­cir que es­tá muer­to. Di­fí­cil­men­te pue­de una tru­cha o un ale­vín sor­tear la tram­pa mor­tal que su­po­nen los es­pe­sos man­tos de al­gas que cu­bren to­do el agua, des­de el le­cho has­ta la su­per­fi­cie. Si tie­nen du­das, ha­gan una prue­ba sen­ci­lla. Co­jan un pa­lo, in­tro­dúz­can­lo en esas acu­mu­la­cio­nes de ve­ge­ta­ción flo­tan­te y ve­rán co­mo se le­van­ta co­mo si se tra­ta­se de una red.

Por otra par­te, el des­cen­so del cau­dal ha de­ja­do a la vis­ta to­da una se­rie de tu­be­rías, de to­do ti­po, que re­ma­tan y des­aguan en el La­mei­ra, por no abun­dar mu­cho en que el co­lec­tor ge­ne­ral de re­si­dua­les de gran par­te del cas­co ur­bano dis­cu­rre por el le­cho del río. Sí, por el pro­pio le­cho. En su día, cuan­do se hi­zo la obra, por pri­sas, fal­ta de presupuesto o por­que era la so­lu­ción más rá­pi­da, Au­gas op­tó por uti­li­zar el pro­pio cau­ce pa­ra co­lo­car la tu­be­ría. Aho­ra, vein­te años des­pués, el re­sul­ta­do es­tá a la vis­ta. La ero­sión ha he­cho su tra­ba­jo y el agua se cue­la en el co­lec­tor y sigue por la red ge­ne­ral has­ta la de­pu­ra­do­ra de Os Pra­ce­res. Es­te es uno de los pro­ble­mas que se su­po­ne que se afron­ta­rá en pró­xi­mas obras, aun­que na­die pre­vé, por lo me­nos por aho­ra, re­ti­rar esa tu­be­ría del cau­ce.

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