¿Es ma­lo ser hi­jo úni­co?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Salud - - Niños - TEX­TO: SUSANA ACOS­TA

La res­pues­ta es ro­tun­da. No exis­te nin­gún per­fil psi­co­ló­gi­co co­mún ni tam­po­co es cier­to el mi­to de que sean EGOÍS­TAS, CONSENTIDOS Y CAPRICHOSOS. In­clu­so a ve­ces se les pue­de lle­gar a exi­gir más. Lo que sí es im­por­tan­te es que ca­da uno de nues­tros hi­jos se sien­tan úni­cos, ten­gan o no her­ma­nos, y ten­gan me­tas par­ti­cu­la­res y distintas al res­to

Ser hi­jo úni­co na­da tie­ne que ver con ser egoís­ta, ca­pri­cho­so o con­sen­ti­do. Es­tas eti­que­tas que han caí­do como una lo­sa du­ran­te años a los que no te­nían her­ma­nos, no tie­nen nin­gu­na ba­se cien­tí­fi­ca. No exis­te nin­gún pa­trón de com­por­ta­mien­to aso­cia­do a los me­no­res que son des­cen­dien­tes úni­cos. Todo lo con­tra­rio, in­clu­so a ve­ces pue­den desa­rro­llar for­ta­le­zas o se les pue­de lle­gar a exi­gir más por­que se vuel­ca en ellos el pro­yec­to fa­mi­liar.

«Evi­den­te­men­te, no hay un pro­to­ti­po. Hay tan­tos hi­jos úni­cos como úni­cos hi­jos hay», afir­ma Ma­nuel Fer­nán­dez Blanco, psi­có­lo­go clí­ni­co de la uni­dad de in­fan­til del Hos­pi­tal Ma­terno de A Coruña, que con­si­de­ra que en el contexto ac­tual se po­dría afir­mar de al­gún mo­do que ca­si todos los hi­jos son úni­cos: «En el sen­ti­do de que son muy va­lo­ra­dos y que son un ‘bien’ muy es­ca­so». Tan­to que, al con­tra­rio de lo que su­ce­día en los años 50, aho­ra lo ex­tra­ño es que una pa­re­ja ten­ga nue­ve hi­jos, como se pu­bli­có ha­ce unos días.

«El he­cho de de­cir que ca­da vez más los hi­jos son todos un po­co úni­cos no siem­pre es para bien. Al ser un bien tan va­lo­ra­do, eso pue­de co­lo­car al me­nor en una si­tua­ción de pri­vi­le­gio y plan­tea en oca­sio­nes pro­ble­mas edu­ca­ti­vos», afir­ma Fer­nán­dez Blanco, que con­si­de­ra que

no se de­be ha­cer creer al ni­ño que es el mejor del mun­do. Eso es un gra­ve error y pue­de pro­vo­car pro­ble­mas a lar­go pla­zo: «Les ha­ría crear un nar­ci­sis­mo exa­cer­ba­do y pro­vo­ca­ría que des­pués to­le­ren muy mal cual­quier con­tra­tiem­po y frustración en la vi­da, cual­quier ti­po de re­cha­zo a su de­man­da», di­ce, tras in­ci­dir en que esta for­ma de edu­car mu­chas ve­ces res­pon­de a una pro­lon­ga­ción del nar­ci­sis­mo de los pro­pios pa­dres.

En­ton­ces, ¿qué ti­po de sin­gu­la­ri­dad de­be­mos fo­men­tar en nues­tros me­no­res, sean o no, hi­jos úni­cos? La res­pues­ta es sen­ci­lla: «Todos los pa­dres de­ben ha­cer sen­tir úni­cos a sus hi­jos en el sen­ti­do de que se de­be desear al­go par­ti­cu­lar, di­fe­ren­cia­do y úni­co para ca­da uno de ellos. Un ni­ño ne­ce­si­ta ver que los pa­dres tie­nen un deseo ha­cia él que no es anó­ni­mo, que es­tá par­ti­cu­la­ri­za­do, que no quie­ren lo mis­mo para ca­da uno de sus her­ma­nos, que lo re­co­no­cen en su par­ti­cu­la­ri­dad. A ve­ces, los pa­dres por te­mor a in­fluen­ciar o ma­ni­pu­lar a sus hi­jos, no les trans­mi­ten un deseo par­ti­cu­lar a ca­da uno de ellos y les de­jan sin orien­ta­ción cla­ra en la vi­da. Hay pa­dres que di­cen: «Lo úni­co que quie­ro es que sea fe­liz». Eso es un plan­tea­mien­to inade­cua­do por­que no hay cosa más di­fí­cil que ser fe­liz. Es mejor plan­tear­les me­tas. Ha­bría que de­cir­les lo que cree­mos que se­ría bueno para ellos».

En el ca­so de los hi­jos úni­cos, pue­de ha­ber ca­sos en los que echen en fal­ta te­ner her­ma­nos: «A ve­ces se de­be sim­ple­men­te por la com­pa­ra­ción. Todos mis ami­gos tie­nen her­ma­nos», ex­pli­ca. O in­clu­so al­gu­nos re­cha­zan esta po­si­bi­li­dad por­que te­men que los des­po­see­rá de su lu­gar de pri­vi­le­gio: «A ve­ces hay pa­dres que le pre­gun­tan a su hi­jo si quie­ren te­ner un her­ma­ni­to. Eso es un error. Es tras­la­dar y dar un po­der al ni­ño que no le ha­ce bien, aun­que le sa­tis­fa­ga, por­que eso es una de­ci­sión de los pa­dres y el ni­ño tie­ne que ver que hay de­ci­sio­nes que no le co­rres­pon­de to­mar», in­di­ca Fer­nán­dez Blanco.

Tam­po­co se de­be aban­do­nar la idea de que todos los pri­mo­gé­ni­tos son hi­jos úni­cos du­ran­te un tiem­po, y la lle­ga­da del her­mano pue­de pro­vo­car la apa­ri­ción de los tan te­mi­dos ce­los: «Si el na­ci­mien­to del se­gun­do hi­jo es muy pró­xi­mo al pri­me­ro y no hay una diferencia de edad sig­ni­fi­ca­ti­va, es más fá­cil que el pri­mo­gé­ni­to lo con­si­de­re un in­tru­so por­que es igual que él y re­ci­be los mis­mo cui­da­dos. En­ton­ces pue­de apa­re­cer el fe­nó­meno de la en­vi­dia, por­que crea que el her­mano es­tá ocu­pan­do su lu­gar. Ahí sí, el que fue hi­jo úni­co vi­ve el na­ci­mien­to del her­mano como una in­tru­sión y va acom­pa­ña­da de agre­si­vi­dad y ce­los», acla­ra. En el otro su­pues­to, en el que el me­nor ya tie­ne seis o sie­te años, el ni­ño pue­de lle­gar in­clu­so a desa­rro­llar un ac­ti­tud de cui­da­do y pro­tec­ción del her­mano pe­que­ño.

Todos los ni­ños, sean hi­jos úni­cos o no, sien­ten la ne­ce­si­dad de que los pa­dres le res­pon­dan so­bre qué deseo lo con­vo­có a es­te mun­do: «Esta pregunta no se res­pon­de de un mo­do ex­plí­ci­to. Es una in­ter­pre­ta­ción que ha­ce el ni­ño. Pe­ro de­pen­dien­do de la res­pues­ta que re­ci­ba, de­pen­de­rá mu­cho su po­si­ción en la vi­da. Si la res­pues­ta es que na­die deseó que na­cie­ra, siem­pre hay pro­ble­mas. Es de­cir, es­to que se di­ce cuan­do un ni­ño

Es un error pre­gun­tar­le si quie­re un her­mano. Tie­ne que sa­ber que hay de­ci­sio­nes que no le co­rres­pon­de to­mar»

no fue desea­do», co­men­ta. Otra de las pre­gun­tas que se ha­cen todos los ni­ños tam­bién es qué fue lo que unió a sus pa­dres: «Si la res­pues­ta no es el amor o el deseo de es­tar jun­tos, sino el in­te­rés, es­to tam­bién tie­ne efec­tos ne­ga­ti­vos en el ni­ño».

Tam­po­co es cier­to que los hi­jos úni­cos cuan­do son adul­tos tra­ten de te­ner mu­chos hi­jos. En la di­la­ta­da ex­pe­rien­cia de Ma­nuel Fer­nán­dez Blanco, como psi­có­lo­go clí­ni­co no ha de­tec­ta­do nin­gún pa­trón al res­pec­to: «No se en­cuen­tra una ca­suís­ti­ca de es­te ti­po. Yo no he de­tec­ta­do na­da re­le­van­te a es­te ni­vel ni nin­gu­na pau­ta ex­plí­ci­ta que de­mues­tre que los que ha­yan si­do hi­jos úni­cos ten­gan un de­ter­mi­na­do nú­me­ro de ni­ños», con­clu­ye.

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