Na­die sa­be real­men­te có­mo me lla­mo”

Chino aca­ba de es­tre­nar «La rei­na de Es­pa­ña» jun­to a Pe­né­lo­pe Cruz y en po­co tiem­po se ha au­pa­do co­mo el ac­tor de mo­da, pe­ro él no quie­re eti­que­tas y mu­cho me­nos so­por­tar el pe­so del ape­lli­do: «¡A mí lo que me gus­tan son las cien­cias!».

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE - Chino Da­rín AC­TOR TEX­TO: SAN­DRA FA­GI­NAS FOTO: BE­NI­TO OR­DÓ­ÑEZ

Hu­ye­de la ru­ti­na y de ge­ne­rar­se ex­pec­ta­ti­vas, así que Chino Da­rín (San Ni­co­lás de los Arro­yos, 14 de enero de 1987) se afa­na en mos­trar­se co­mo un im­pro­vi­sa­dor al que la vi­da lo va lle­van­do. No quie­re pre­sio­nes ni acep­ta car­gas del ape­lli­do: «Es al­go a lo que tra­to de no ha­cer­le ca­so». Pe­ro él ha he­cho pleno en so­lo unos me­ses y va en­ca­de­nan­do éxi­tos, el úl­ti­mo, su pa­pel en La rei­na de Es­pa­ña, don­de com­par­te pro­ta­go­nis­mo con Pe­né­lo­pe Cruz. «Ella es una ma­ra­vi­lla, es la fru­te­ci­ta del pos­tre», ase­gu­ra. ¿Acep­tas que le­van­tas pa­sio­nes?, le pre­gun­ta­mos. «Es­pe­ro que al me­nos al­gu­na lla­ma», res­pon­de ju­gue­tón.

—Bueno, ¿qué tal por aquí? Es­tu­vis­te ha­ce po­co en la fies­ta de Pull.

—Muy bien, la ver­dad es que la vi­si­ta fue un po­co ex­pe­di­ti­va, oja­lá tu­vie­ra un par de días pa­ra dis­fru­tar, pe­ro nos que­da pen­dien­te.

—¿Có­mo es­tás tú vi­vien­do es­ta emo­ción de ser «el chi­co de mo­da»?

—No es la pri­me­ra vez que lo es­cu­cho en pa­la­bras aje­nas, es muy di­fí­cil de ha­cer­se car­go de una de­cla­ra­ción de esas ca­rac­te­rís­ti­cas. Yo si­go vi­vien­do mi vi­da exac­ta­men­te igual, con o sin eti­que­tas. La ver­dad es que es­toy con­cen­tra­do en el cu­rro, me es­tá sa­lien­do mu­cho tra­ba­jo aquí. Y eso me pa­re­ce mo­ti­vo de festejo. Las eti­que­tas y los rán­kings son da­tos de co­lor. Pe­ro me traen sin cui­da­do. Agra­dez­co el ca­ri­ño, pe­ro la mo­da mis­mo es al­go tan fú­til, efí­me­ro, que no es al­go pa­ra va­na­glo­riar­se.

—Pe­ro la se­ma­na pa­sa­da dis­fru­ta­bas con tu no­via, Úr­su­la Cor­be­ró, en un even­to de mo­da. ¿No te in­tere­sa? —

Mi­res pa­ra un la­do o pa­ra el otro, la mo­da nos atra­vie­sa en el día a día. La gen­te siem­pre va ves­ti­da de una for­ma par­ti­cu­lar, tie­ne que ver con la ex­pre­sión. Ten­go una re­la­ción de amor-odio. Por mo­men­tos me en­can­ta y ha­go pro­duc­cio­nes con un es­ti­lis­ta, y me di­vier­te, tie­ne que ver con ju­gar, dis­fra­zar­se... La mo­da y la in­du­men­ta­ria te ter­mi­na de si­tuar en el lugar en el que uno quie­re caer. Pe­ro ten­go ra­ma­la­zos.

—Ten­go en­ten­di­do que tu de­seo no era ser ac­tor. Pu­do más la car­ga de al­re­de­dor.

—La ver­dad es que no te­nía un de­seo con­cre­to. Sino ese te­rreno es­car­pa­do en el que se en­cuen­tran to­dos los jóvenes cuan­do ter­mi­nan se­cun­da­ria y tie­nen

que de­ci­dir qué rum­bo to­mar. Afor­tu­na­da­men­te las po­si­bi­li­da­des eran muy vas­tas. Además por­que te­nía un pie en ca­da te­rreno. Por la par­te de mi pa­dre, los ac­to­res, y por par­te de mi ma­dre mi familia es­tá muy li­ga­da a la me­di­ci­na. Y a mí lo que más me gus­ta­ba de la se­cun­da­ria eran las cien­cias du­ras.

—¿Eres un chi­co de cien­cias?

—Sí, sí. Era lo que más me atraía. Así que mi pri­me­ra apues­ta fue ale­jar­me de los dos mun­dos fa­mi­lia­res. Ir­me a la in­ge­nie­ría in­dus­trial, pe­ro eso fue tan efí­me­ro co­mo la mo­da [ri­sas]. Me ins­cri­bí, pe­ro nun­ca ter­mi­né.

—¿Cuán­do hi­zo clic?

—Me di cuen­ta de que ha­bía una pul­sión, al­go in­he­ren­te, o de al­gu­na for­ma una he­ren­cia. Tie­ne más que ver con el con­tex­to, lo que he ma­ma­do, un am­bien­te, un es­pa­cio, unos in­tere­ses en co­mún... Nos va­mos for­man­do en un sen­ti­do y orien­ta­ción. Yo siem­pre fui muy ci­né­fi­lo, me crie en­tre bam­ba­li­nas, y ha­bía al­go de ese mundo que me re­sul­ta mag­né­ti­co.

—¿No tu­vis­te re­cha­zo a la he­ren­cia?

—Tu­ve el mie­do que afron­ta­mos to­dos de dar un pa­so en fal­so. Hay co­mo una es­pe­cie de man­da­to so­cial de que uno tie­ne que dar los pa­sos en la di­rec­ción acer­ta­da, y nun­ca re­co­rrer el ca­mino mar­cha atrás. Lo cual me pa­re­ce muy cruel con los jóvenes. Uno ten­dría que pro­bar las ve­ces ne­ce­sa­rias, las que hi­cie­ra fal­ta pa­ra en­con­trar una vo­ca­ción. Pa­ra los adul­tos también. Vi­vi­mos en un sistema que pa­re­ce una tri­tu­ra­do­ra, la com­pe­ten­cia... No sé lo que pa­só ahí, pe­ro el mie­do es in­he­ren­te al ser hu­mano, so­bre to­do en es­tas de­ci­sio­nes que pa­re­cen pa­ra to­da la vi­da. Des­pués la car­ga fa­mi­liar, y el pun­to de vis­ta ajeno, esa ex­pec­ta­ti­va que hay pues­ta por mi pa­dre, o el ape­lli­do, es al­go a lo que tra­to de no ha­cer ca­so. Si no te blo­queas, ca­da uno ha­ce su pro­pio ca­mino, y de­be ser juz­ga­do por sus pro­pias de­ci­sio­nes.

—Una de tus úl­ti­mas de­ci­sio­nes tie­ne que ver con el amor. Se te ve muy fe­liz con Úr­su­la, es­táis jun­tos en to­dos la­dos.

—Sí, sí, es­toy muy bien, por suer­te. Aun­que es ver­dad que el co­ra­zón lo ten­go un po­co di­vi­di­do en­tre Ar­gen­ti­na y Es­pa­ña, pe­ro los dos paí­ses me dan ale­grías. Ca­da vez es­ta­mos más glo­ba­li­za­dos, mi familia por for­tu­na me vi­si­ta. Co­no­cí mu­cha gen­te acá que apor­ta luz y es­pe­ran­za a es­to que pa­re­cía la so­le­dad más ab­so­lu­ta. Por­que al prin­ci­pio lo pa­sé mal. Con el tiem­po el ser hu­mano se acos­tum­bra. Va­mos con­quis­tan­do nues­tros pro­pios es­pa­cios, y ya me voy sin­tien­do co­mo en casa. Pe­ro me veo co­mo el can­gre­jo er­mi­ta­ño lle­van­do la casa a cues­tas.

—En cual­quier ca­so, allí o aquí le­van­tas pa­sio­nes.

—Ja, ja, ja. No lo sé. No sé si le­van­to pa­sio­nes, es­pe­ro al me­nos que ha­ya una lla­ma [ri­sas].

—Tu pa­dre te acon­se­jó: «Nun­ca le nie­gues un pla­cer al co­ra­zón».

—Bueno, sí, en reali­dad es una fra­se de mi abue­lo. No sé pue­de ser cien por cien utó­pi­co, pe­ro un po­co vie­ne bien pa­ra creer que hay al­go mís­ti­co. Con­fío en que hay que es­cu­char­se, co­no­cer­se y dar­se el es­pa­cio y la pau­sa de con­fiar en lo que uno sien­te.

—¿Tú te hi­cis­te ac­tor pa­ra co­rrer las me­jo­res aven­tu­ras?

—Yo soy un ti­po po­co ru­ti­na­rio, me com­pli­can en ge­ne­ral los com­pro­mi­sos que pa­re­cie­ran El día de la Mar­mo­ta, la pe­li de Bill Mu­rray, re­pi­tien­do el mis­mo día. Siem­pre tu­ve te­mor a eso y rehú­yo de es­te ti­po de si­tua­cio­nes. Y es­ta pro­fe­sión es per­fec­ta: gen­te nue­va, es­pa­cios nue­vos, desafíos nue­vos. Y con una es­pe­cie de in­tros­pec­ción que ha­ce que uno se vea en dis­tin­tas fa­ce­tas. Eso me ayu­da a no con­for­mar­me, a no abu­rrir­me de mí mis­mo.

—En Es­pa­ña te es­tá yen­do muy bien. Yo no sé si es un ca­mino que ha­bía que ha­cer o sur­gió y aho­ra es­tás en­can­ta­do de es­tar aquí.

—Yo no creo en es­tas co­sas de si ha­bía que ha­cer­lo. Yo no creo que ha­ya que pa­sar por nin­gún si­tio. Uno es due­ño y au­tor de su pro­pia his­to­ria. Yo tu­ve la suer­te de que Fer­nan­do True­ba me in­vi­tó a for­mar par­te de un pro­yec­to al cual no po­día de­cir que no. No por man­da­to, sino por­que na­da me ape­te­cía más. Fue un cam­pa­na­zo. El lla­ma­do de la na­tu­ra­le­za. Se ali­nea­ron los pla­ne­tas y sur­gió jus­to cuan­do yo lle­gué a Es­pa­ña y jus­to em­pe­cé también La Em­ba­ja­da. Así que las ca­sua­li­da­des me lle­va­ron a te­rri­to­rio es­pa­ñol con dos tra­ba­jos muy in­tere­san­tes. No de­ja de ser una de­ci­sión per­so­nal, te­nía también ofer­tas en Ar­gen­ti­na, pe­ro sa­lió aquí. Y eso no significa que no pue­da uno vol­ver allí, es pro­yec­to a pro­yec­to. Pa­so a pa­so.

—¡No te ago­bia na­da!

—No, soy un tío así. Igual que me asus­ta la ru­ti­na no me ago­bian las ex­pec­ta­ti­vas, ni los pro­yec­tos de fu­tu­ro. Por­que lue­go uno pue­de de­cep­cio­nar­se. Soy más im­pro­vi­sa­dor. Yo tra­to de ju­gar con las car­tas que ten­go en la mano.

—No a lo «Nue­ve Rei­nas».

—[Ri­sas] No, tam­po­co es cues­tión de pa­sar por en­ci­ma de na­die. Se me ha­ce muy di­fí­cil eso de vi­sua­li­zar, o pro­yec­tar­me den­tro de diez años. Yo no ten­go la me­nor idea de dón­de voy a es­tar. Yo so­lo sé dón­de voy a es­tar ma­ña­na y a lo su­mo or­ga­ni­zar­me pa­ra el mes que vie­ne. Tra­to de or­ga­ni­zar­me un po­co pa­ra ha­cer lo que uno quie­re.

—¿Y qué quie­res? ¿Qué te ape­te­ce?

—En es­tos mo­men­tos ir a Barcelona a ro­dar una pe­li que ten­go. Lle­go has­ta res­pon­sa­bi­li­da­des in­me­dia­tas.

—¿Qué tal con Pe­né­lo­pe?

—No sé qué más con­tar so­bre Pe­né­lo­pe. [Ri­sas] Lo he vi­vi­do co­mo una ex­pe­rien­cia má­gi­ca es­te pro­yec­to. Pe­né­lo­pe es co­mo la flo­re­ci­ta del pos­tre, pe­ro lo cier­to es que in­clu­so ella ha es­ta­do su­per­con­ten­ta de for­mar par­te de es­te pro­yec­to co­ral: Re­si­nes, Cá­ma­ra... Pe­né­lo­pe es un re­ga­lo del cie­lo y un apren­di­za­je, otro mo­ti­vo pa­ra es­tar agra­de­ci­do.

—¿Cuán­do te dis­te cuen­ta de que ha­bías acer­ta­do? ¿Cuán­do di­jis­te «bien»?

—No es­toy se­gu­ro de ha­ber acer­ta­do con es­to.

—¿Se­gu­ro? [Ri­sas]

— Pa­ra na­da... No hu­bo una re­ve­la­ción. Tal vez don­de yo me sen­tí en mi lugar, cuan­do lo sen­tí co­mo pro­pio, fue cuan­do en Ar­gen­ti­na hi­ce la obra

Los Ka­plan, la úni­ca obra de tea­tro que hi­ce pro­fe­sio­nal­men­te. En ese pro­ce­so com­ple­to, de va­rios me­ses y com­par­tir esa aven­tu­ra tea­tral, ca­si cir­cen­se, de familia nó­ma­da. Ese espíritu me hi­zo co­nec­tar­me de otra ma­ne­ra con la pro­fe­sión. No he vuel­to a ha­cer tea­tro, pe­ro vol­ve­ré.

—Hay un de­cá­lo­go por la web que di­ce: «Las diez co­sas que no sa­bes de Chino Da­rín». Y ase­gu­ran que eres el más bro­mis­ta del set.

—No sé quién ha­brá si­do el gra­cio­so. [Ri­sas] Pe­ro también es cier­to que he com­par­ti­do el set con gen­te más bro­mis­ta que yo. La ver­dad es que tam­po­co sé si to­mar eso co­mo un ha­la­go. Ja, ja.

—Pe­ro es bueno reír­se de uno mis­mo. ¿Se te da bien?

—Sí, sí. Qui­tar­le hie­rro. Es­ta es una pro­fe­sión en el que se jue­ga con los sen­ti­mien­tos, la sen­si­bi­li­dad, con fi­gu­ras muy in­ter­nas. A mí me pa­re­ce que no es­tá de más qui­tar­le so­lem­ni­dad. Hay que dis­ten­der un po­co, hay que qui­tar­le hie­rro, ser pro­fe­sio­nal, pe­ro no es­tá mal di­ver­tir­se un po­co.

—To­do el mundo te lla­ma Chino. Eres Ri­car­do, pe­ro en­tien­do que to­dos te co­no­cen por ese nom­bre.

—Sí, es un mo­te que me pu­so mi pa- dre por unos ras­gos, y ese mo­te ya que­dó. Na­die sa­be có­mo me lla­mo real­men­te [ri­sas].

—Con tu pa­dre com­par­tes el nom­bre, ya veo que di­fe­ren­cia­do, y los dos sois ca­pri­cor­nio. ¿Al­gu­na coin­ci­den­cia más?

—Bueno, hay mu­chí­si­mas. So­mos per­so­nas dis­tin­tas, pe­ro es di­fí­cil ver­lo des­de den­tro, so­mos tan pa­re­ci­dos co­mo di­fe­ren­tes. En­tre pa­dre e hi­jo es com­pli­ca­do. Fí­si­ca­men­te me pa­rez­co más a mi ma­dre, y por ahí en cues­tio­nes de ac­ti­tud, me pa­rez­co más a mi pa­dre, o en los ges­tos, pe­ro no ten­go la me­nor idea. Ni me preo­cu­pa.

—Tu pa­dre me di­jo una vez que a los hi­jos se les quie­re tan­to que has­ta so­lo el he­cho de pen­sar en un fu­tu­ro en no es­tar, en mo­rir­se, due­le por ellos, por no po­der cal­mar­les esa pe­na.

—Mis pa­dres y mi her­ma­na, los cua­tro, he­mos si­do siem­pre una pi­ña, so­mos muy com­pa­ñe­ros, muy com­pin­ches. Hay una es­pe­cie de amis­tad sub­ya­cen­te, a pe­sar de los víncu­los fa­mi­lia­res, que ha­ce que com­par­ta­mos mu­cho el tiem­po que po­de­mos. Ca­da vez es me­nos, por­que a me­di­da que va­mos cre­cien­do no­so­tros y las res­pon­sa­bi­li­da­des nos ale­jan también eso ha­ce que in­ten­te­mos apro­ve­char más esos ra­tos jun­tos.

—¿Cuál di­rías que es tu fuer­te, tu ba­za?

—La ver­dad, no ten­go ni la me­nor idea, ni idea de por qué me con­vo­can pa­ra tra­ba­jar, ca­da vez que lo ha­cen ha­go esa pre­gun­ta y las res­pues­tas son dis­tin­tas. Así que ya no sé en quién con­fiar.

—Co­mo ci­né­fi­lo, ¿quién te gus­ta, es­tás vien­do al­gu­na se­rie, re­pi­tes pe­lí­cu­la?

—Mu­chas, mu­chas, uno cae en los clásicos, pe­ro no hay una. Ha ha­bi­do mu­chas, no po­dría, des­de Ta­ran­tino a Ku­ro­sa­wa, Hitch­cock...

—Tú cuan­do es­tás con­cen­tra­do tra­ba­jan­do eres de los que no se te pue­de ni ha­blar...

—De­pen­de, por mo­men­tos me en­fras­co en mí mis­mo y lo re­suel­vo des­de la in­ti­mi­dad. Y a ve­ces bus­co la dis­per­sión, y otra ener­gía, más eté­rea, ju­gue­to­na y dis­per­sa. Y por mo­men­tos, no sé. Es muy di­fí­cil en mi ca­so, yo no ten­go una for­ma con­so­li­da­da de tra­ba­jo. Es­toy en la bús­que­da per­ma­nen­te.

—Eres muy enér­gi­co.

—Sí, sue­lo ser­lo. Pe­ro a ve­ces des­pués de un ro­da­je de vein­te ho­ras de­jas lo enér­gi­co pa­ra otra per­so­na [ri­sas]. Hay jor­na­das noc­tur­nas en que no sa­bes qué es­tás ha­cien­do en es­te mundo y des­pués hay otros días en que te lo pa­sas de pu­ta ma­dre ju­gan­do y se­gui­rías tres más así.

—A ver, có­mo es eso de que «por con­tra­to me des­nu­do en to­do lo que ha­go». En­se­ñas­te mu­cho cu­lo.

—Fue un chis­te. Sí, coin­ci­die­ron va­rios pro­yec­tos en los que ha­bía es­ce­nas al­go eró­ti­cas, y no era más que un chis­te. La pa­la­bra desnudez no fi­gu­ra en mis con­tra­tos ni pa­ra bien ni pa­ra mal [ri­sas].

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