Ja­vier es el Rey

Ja­vier Rey AC­TOR

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA FO­TO: SER­GIO LARDIEZ

Es de Noia, se de­ja lle­var, lee có­mics, ha­bla en sue­ños y los Re­yes le han traí­do un dron pa­ra volar. «Vel­vet» fue «una ex­pe­rien­cia de vi­da» pa­ra Ja­vi Rey. El ga­lle­go de mo­da, por al­go fue Ba­len­cia­ga, es­tre­na año con «El fi­nal del ca­mino», ha­cien­do his­to­ria

es un fas­hion vic­tim, pe­ro de­fien­de la mo­da. «Des­de que hi­ce a Ma­teo Ruiz en Vel­vet me gus­ta, apren­dí a res­pe­tar la mo­da, la veo co­mo la ex­pre­sión de un ar­te», di­ce Ja­vier Rey (Noia, 25 de fe­bre­ro de 1980). A pun­to de es­treno en TVE con la se­rie El fi­nal del ca­mino, él fue Ba­len­cia­ga en Lo que

es­con­dían sus ojos. Va­que­ros y go­rras no fal­tan en el ar­ma­rio del ga­lle­go de mo­da, que ha­ce años que apar­có su vo­ca­ción de ci­clis­ta y col­gó la bi­ci­cle­ta pa­ra con­ver­tir­se en ac­tor. Le gus­ta im­pro­vi­sar, via­jar, de­vo­rar có­mics y se­guir al Dé­por. Le ve­re­mos en el ci­ne con Not

the End, «una his­to­ria de amor muy de ver­dad», jun­to a Ma­ría León.

—El fi­nal no es­tá es­cri­to ni lle­ga tras «Vel­vet», pe­ro tú po­nes rum­bo a «El fi­nal del ca­mino». ¿Qué pue­des avan­zar

so­bre es­ta su­per­pro­duc­ción?

—Es una se­rie de aven­tu­ras en torno al ini­cio de la cons­truc­ción de la ca­te­dral de San­tia­go. Creo que uno de sus acier­tos es com­bi­nar per­so­na­jes his­tó­ri­cos con otros de fic­ción, co­mo es el mío.

—¿Eras de los que so­lían ir de ni­ño a San­tia­go los fes­ti­vos?

—¡San­tia­go fue una ex­cur­sión re­cu­rren­te en el co­le­gio! He es­ta­do mu­chas ve­ces en San­tia­go, por­que es­tá a ti­ro de pie­dra de Noia. Es una gran ciu­dad, por su mo­vi­mien­to, que me fas­ci­na.

—¿Mu­chas vi­si­tas a la ca­te­dral, abra­zo al Após­tol in­clui­do?

—Al­gu­na vez sí lo he abra­za­do. He he­cho to­do lo que ha­bía que ha­cer [ri­sas].

—¿Có­mo es Pe­dro de Ca­toi­ra, tu per­so­na­je en «El fi­nal del ca­mino»?

—Voy a in­ten­tar­lo sin spoi­lers... Pe­dro de Ca­toi­ra ha te­ni­do una vi­da muy du­ra, de for­ma que se ha con­ver­ti­do en una per­so­na­li­dad com­ple­ja. Ha te­ni­do una in­fan­cia vio­len­ta. Es al­guien que ini­cia el ca­mino con unas con­vic­cio­nes muy fuer­tes, con sed de ven­gan­za, pe­ro una vez que lle­ga a Com­pos­te­la to­do em­pie­za a cam­biar. No es lo mis­mo pla­near una ven­gan­za des­de la dis­tan­cia que vi­vir­la, po­nien­do ca­ra a las per­so­nas, co­no­cién­do­los. Pe­dro tie­ne una par­te hu­ma­na, de du­das, que le da mu­cha po­ten­cia, lo ha­ce muy real. Me fas­ci­nan los per­so­na­jes ator­men­ta­dos, mi tra­ba­jo es en­ten­der­los.

—¿Los has en­ten­di­do a to­dos?

—A to­dos. Y los de­fien­do. Yo no me atre­vo a juz­gar a un per­so­na­je. Me­ter­se en la piel de otro es po­ner­se en su lu­gar. Cuan­do lo ha­ces, em­pie­zas a pen­sar, a ha­cer­te pre­gun­tas: «¿Qué ha­bría he­cho yo, Ja­vi Rey, si a los 7 años me hu­bie­se pa­sa­do es­to?». Y uno se da cuen­ta de que po­dría co­me­ter ac­tos más te­rri­bles que sus per­so­na­jes si es­tu­vie­se en sus cir­cuns­tan­cias.

—Lle­gas­te al ci­ne por ca­sua­li­dad.

—Sí, es­tu­dié pa­ra téc­ni­co de la­bo­ra­to­rio con la op­ción de ha­cer enfermería, pe­ro me apun­té a un cur­so de interpretación con Xosé Ma­nuel Es­pe­ran­te,

un enor­me ac­tor ga­lle­go. Me apun­té al gru­po con mis ami­gos por cu­rio­si­dad y po­co a po­co em­pe­cé a pi­llar­le el gu­sa­ni­llo. Cuan­do me di cuen­ta es­ta­ba pi­lla­do. Des­cu­brí que era un ofi­cio y me ape­te­cía apren­der­lo. Así que de­jé to­do, hi­ce las ma­le­tas y me fui a Ma­drid.

—Y te que­das­te. —Y me que­dé. La idea era es­tu­diar y vol­ver pa­ra mon­tar una com­pa­ñía de tea­tro, pe­ro em­pe­cé a vi­vir en Ma­drid, me gus­tó, em­pe­za­ron po­co a po­co a sa­lir co­sas... y sí, me que­dé.

—¿Re­cuer­das la pri­me­ra vez que fuis­te al ci­ne? Yo, con «E.T.».

—¡Pues con E.T.!, creo re­cor­dar... Es la pri­me­ra que re­cuer­do. Me fli­pó. Es una pe­lí­cu­la que tie­ne un gran po­der so­bre mí. Ten­go imá­ge­nes gra­ba­das.

—¿E.T. si­guien­do el ras­tro de Ema­nens de co­lo­res?

—A mí me que­dó gra­ba­da la ima­gen en la que le en­cien­de el de­do a Eliot. Ten­go esa ima­gen gra­ba­da, la de Eliot asus­tán­do­se al en­cen­der­se el de­do de E.T.

—Ma­teo Ruiz en «Vel­vet». ¿Qué te ha da­do, ade­más de la fa­ma y la po­si­bi­li­dad de via­jar a los 50?

—La oca­sión de dis­fru­tar de un per­so­na­je bien es­cri­to, pe­ro im­per­fec­to (¡eso me gus­ta mu­cho!). Vel­vet ha si­do una ex­pe­rien­cia de vi­da. A ni­vel hu­mano, un via­je fan­tás­ti­co. Vel­vet es un pun­to y apar­te en mi vi­da.

—Tie­nes una gran amis­tad con Miguel Án­gel Silvestre, por lo que ve­mos en tu Ins­ta­gram.

—Sí. Es un gran ami­go mío. Nos co­no­cía­mos de vis­ta, pe­ro el pri­mer día de en­sa­yo en Vel­vet nos di­ji­mos: «¡Os­tras!, te­ne­mos que cons­truir a unos muy me­jo­res ami­gos». Y dji­mos: «No, no va­mos a cons­truir a los me­jo­res ami­gos, va­mos a cons­truir a dos her­ma­nos». Y a la vez que nos con­ver­tía­mos en her­ma­nos en la fic­ción nos con­ver­tía­mos en her­ma­nos en la vi­da.

—De ni­ño so­ña­bas ser ci­clis­ta. ¿Con qué sue­ñas a pun­to de cum­plir 37?

—Con se­guir sien­do afor­tu­na­do. Es eso de «Vir­gen­ci­ta, que me que­de co­mo es­toy», que si­gan vi­nien­do per­so­na­jes que me gus­tan. Que no me due­la le­van­tar­me ca­da día a las seis de la ma­ña­na pa­ra ir a tra­ba­jar.

—Eso es so­ñar des­pier­to. ¿Y cuan­do duer­mes qué sue­ñas, que te caes?

– No sue­lo acor­dar­me... Pe­ro es­tá cla­ro que sue­ño, por­que ha­blo mien­tras duer­mo, ¡o eso me di­cen!

—¿Mie­do a mi­rar de­ba­jo de la ca­ma?

—¡No! No, no.

—Eres de los que se de­jan lle­var.

—Sí. Me en­can­ta la sen­sa­ción de im­pro­vi­sar al má­xi­mo.

—To­dos te­ne­mos nues­tra fra­se de pe­lí­cu­la. ¿Cuál usas en plan man­tra?

—En plan man­tra no. Pe­ro aho­ra que ha muer­to Carrie Fisher... pues mi­ra, hay una co­sa de Star Wars que di­go, es una ton­te­ría. Cuan­do Leia le di­ce a Han So­lo: «Te quie­ro», en el guion es­ta­ba es­cri­to que él te­nía que con­tes­tar «Yo tam­bién te quie­ro». Y él lo que hi­zo, sien­do fiel a su per­so­na­je, fue de­cir: «Lo sé». Es un ac­to de chu­le­ría y de amor muy heavy... [ri­sas] Uti­li­zo ese «Lo sé» en si­tua­cio­nes có­mi­cas.

—Ad­vier­tes que el per­so­na­je de tu vi­da es­tá to­da­vía por lle­gar.

—Es que si aho­ra vi­nie­se al­guien del fu­tu­ro y me di­je­se que ya es­tá he­cho me hun­di­ría. Siem­pre pien­so que las co­sas que de­pen­den de mí pue­den me­jo­rar. Es­pe­ro que el gran per­so­na­je de mi vi­da me lle­gue de vie­je­ci­to.

—¿Qué es la fe­li­ci­dad: que­dar­se un ra­to más en la ca­ma, to­mar­se una ca­ña en­tre ami­gos, des­co­nec­tar?

—Es que to­do va tan rá­pi­do y es a ve­ces tan en­re­ve­sa­do que la fe­li­ci­dad de­be de ser el equi­li­brio. Mu­chas ve­ces se nos ven­de la fe­li­ci­dad co­mo es­ta­lli­dos de ex­plo­sión, de buen­ro­llis­mo con­ti­nuo. Es­to es irreal. No vi­vi­mos en una pe­lí­cu­la de Dis­ney. La fe­li­ci­dad es el equi­li­brio al que lle­gas con­ti­go mis­mo, tus emo­cio­nes, tu ra­zón... y las per­so­nas que te ro­dean y quie­res.

—En Ins­ta­gram nos re­co­mien­das «Los com­ba­tes co­ti­dia­nos» y «Píl­do­ras azu­les». ¿Qué tie­nen?

—Son dos bue­nas no­ve­las grá­fi­cas. De­vo­ro có­mics y cuan­do al­go me gus­ta lo com­par­to. Ha­ce unos días colgué una ima­gen de un có­mic de Bár­ba­ra Gran­dío, actriz ma­ra­vi­llo­sa. Un có­mic que se lla­ma Umor y Ha­mor, del que hi­ce el pró­lo­go. ¡Bár­ba­ra es una genia!

—Tie­nes un pe­rro que se lla­ma Vi­to. ¿Por Vi­to Cor­leo­ne?

—Sí. Cuan­do vino a ca­sa es­tá­ba­mos vien­do El pa­drino y so­lo me ve­nían nom­bres co­mo Fre­do y Vi­to, al fi­nal pen­sé: «Que sea el je­fe de la ma­fia».

—¿Tu gran re­ga­lo de Re­yes?

—En ca­sa de mi her­mano me han he­cho un re­ga­lo ines­pe­ra­do, un dron. Me he sen­ti­do co­mo un ni­ño que se ha echa­do a volar por pri­me­ra vez. De pe­que­ño, re­cuer­do el Sca­lex­tric; co­mo un gran mo­men­to de di­ver­sión y de dispu­ta con mi her­mano.

FO­TO: SER­GIO LARDIEZ

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