Son el al­ma del mer­ca­do

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - DE GENTE - TEX­TO: NOE­LIA SILVOSA

ELLOS VEN­DEN CA­RI­ÑO Tan­to que les han pre­mia­do por ello. Al­gu­nos lu­cen su di­plo­ma en el pues­to, otros re­ci­ben vi­si­tas y has­ta al­gún que otro re­ga­lo. Te pre­sen­ta­mos a al­gu­nos de los pla­ce­ros más po­pu­la­res y queridos de Ga­li­cia. Por­que ellos lo va­len.

Asus 30 años y tras sie­te en el mer­ca­do, Víc­tor es to­da una ins­ti­tu­ción en la pla­za de Lu­go en A Co­ru­ña. Aun­que ya le co­no­ci­mos ha­ce un tiem­po en es­tas pá­gi­nas por su afi­ción a col­gar to­do el pes­ca­do que tie­ne ca­da día en Twit­ter —«aho­ra tam­bién lo ha­go en Fa­ce­book e Ins­ta­gram, pa­ra in­for­mar de lo que hay y en­se­ñar lo bo­ni­to que es; has­ta he ven­di­do lu­bi­na por What­sApp»—, hoy to­ca re­co­no­cer­le por su fa­ce­ta co­mo pla­ce­ro de pre­mio. Él fue el ele­gi­do por la clien­te­la de su mer­ca­do en el 2013, du­ran­te la con­vo­ca­to­ria de la cam­pa­ña Pre­su­me de pra­cei­ro im­pul­sa­da en­ton­ces por la Xun­ta de Ga­li­cia. Una ini­cia­ti­va en la que los com­pra­do­res vo­ta­ban a un ven­de­dor de ca­da pla­za en re­co­no­ci­mien­to de su buen ha­cer.

«La gen­te eli­gió y sa­lí yo, así de sor­pre­sa», re­cuer­da el ros­tro de Pes­ca­dos Víc­tor con ilu­sión. Y cla­ro, ese pre­mio no ca­yó en sa­co ro­to: «Ten­go el di­plo­ma aquí pues­to, ¡hay que far­dar!», ex­cla­ma. No ha­ce fal­ta ti­rar­le de la len­gua pa­ra que ex­pli­que el se­cre­to de su éxi­to: «Soy bas­tan­te co­ñe­ro y en­ton­ces le cai­go bien a la gen­te. Es por la ale­gría, hay que ser sim­pá­ti­co y tra­tar­les con mu­cho mi­mo», di­ce. Tan­to es así que hay quien se acer­ca a su pues­to cuan­do no tie­ne na­da que com­prar. «Hay gen­te que vie­ne so­lo a ha­cer­me una vi­si­ta, pa­ra sa­lu­dar», ase­gu­ra Víc­tor, que aña­de que tam­bién ha re­ci­bi­do al­gún que otro de­ta­lle: «Por ejem­plo, una em­pa­na­da de pa­rro­chas. In­clu­so cuan­do me ca­sé una clien­ta me re­ga­ló unas co­pas y una bo­te­lla de cham­pán pa­ra que brin­dá­se­mos en la bo­da».

POSTALES Y BOMBONES

Cla­ro que él tam­bién tie­ne de­ta­lles con sus clien­tes. «Es­te año hi­ce unas postales de Na­vi­dad pa­ra fe­li­ci­tar­les las fies­tas, y otra vez les di una ca­ji­ta de bombones a ca­da uno», ex­pli­ca. Eso y el es­tar a to­do es lo que ha­ce que lo eli­jan: «Tie­nes que es­tar pen­dien­te de mu­chas co­sas. Hay clien­tes que ni se lle­van la vuel­ta y hay que ir de­trás o guar­dár­se­la pa­ra el pró­xi­mo día. Y aquí tam­bién ha­ce­mos de psi­có­lo­gos», ase­gu­ra. Pe­ro ¿qué le cuen­tan a Víc­tor? «Lo que más es lo de ‘pón­me­lo por si aca­so, que no sé si vie­nen mis hi­jos a co­mer o no, que siem­pre avi­san a úl­ti­ma ho­ra’. Y yo lo en­tien­do, por­que tam­bién lo hi­ce», re­co­no­ce. Su triun­fo, di­ce, tras­cien­de a la ca­li­dad del pes­ca­do. «Tam­bién cuen­ta la pre­pa­ra­ción, el que te pon­ga los fi­le­tes lim­pi­tos y sin es­pi­nas... has­ta ten­go unas pin­zas pa­ra qui­tar las del me­dio, así que fí­ja­te», se­ña­la. Es ad­mi­ra­ble su ex­ce­len­te hu­mor te­nien­do en cuen­ta que lle­va en pie des­de las cin­co de la ma­ña­na. «Me le­van­to a esa ho­ra, ba­ja­mos a com­prar al mue­lle, desa­yu­na­mos so­bre las sie­te y me­dia un ca­fé bien car­ga­di­to y unas tos­ta­das, que no las per­dono. Lue­go abri­mos en la pla­za de ocho a dos y me­dia o tres y des­pués ya es fre­gar y re­co­ger», de­ta­lla fe­liz. Es que él lo lle­va en la san­gre. Su ma­dre tie­ne otro pues­to en el mis­mo mer­ca­do, y an­tes que ella lo tu­vo su abue­la. «Es una ma­ra­vi­lla, lo úni­co ma­lo es ma­dru­gar, pe­ro es­to es una ma­ra­vi­lla. Al prin­ci­pio lo de las tri­pas y el olor no me gus­ta­ba, pe­ro aho­ra ha­go lo que más me gus­ta. No tra­ba­ja­ría de otra co­sa», afir­ma. Y qui­zás por eso lo ha­ce tan bien.

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