RIS­TO ME­JI­DE

«SOY UN TÍO CON PO­CO TA­LEN­TO QUE APRO­VE­CHÓ LA OPOR­TU­NI­DAD»

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA

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42, Ris­to Me­ji­de (Bar­ce­lo­na, 1974) ha to­ma­do asien­to por amor. Diez años des­pués de ser el juez im­pla­ca­ble de OT, el crea­ti­vo que con­du­ce Ches­ter in lo­ve en Cua­tro y Got Ta­lent en Te­le­cin­co se de­fi­ne co­mo un «im­pos­tor» que de­be sen­tir­se co­mo un pez fue­ra del agua pa­ra tra­ba­jar. Da la im­pre­sión de ser un gran tí­mi­do con una in­fra­es­truc­tu­ra de re­cur­sos. ¿Cuál ha si­do la pre­gun­ta más in­có­mo­da que le han he­cho? «To­das las que tie­nen que ver con mi vi­da per­so­nal. Es­to me vio­len­ta mu­cho», re­ve­la. —¿Có­mo va­lo­ras la eta­pa «Ope­ra­ción Triun­fo» diez años des­pués? —La veo ma­ra­vi­llo­sa. Se­ría un ne­cio si no es­tu­vie­ra agra­de­ci­do a Ope­ra­ción Triun­fo... pe­ro una per­so­na cam­bia mu­cho en diez años. Si no cam­bias en diez años, has per­di­do diez años de tu vi­da.

—Has di­cho que en­ton­ces eras más jo­ven

pe­ro te­nías me­nos es­ti­lo. —¿Eso he di­cho yo? Qui­zá al­guien lo ha­ya pues­to en mi bo­ca. Yo no he di­cho eso. Aho­ra soy más vie­jo, ten­go me­nos pe­lo y más ex­pe­rien­cia. Eso es to­do.

—¿Son los 40 la edad del cam­bio? —Con 42 no ha­go las mis­mas co­sas que con 32, pe­ro yo no creo que te cam­bien los años. Te cam­bian las per­so­nas.

—Los años al­go tam­bién, ¿o no? —Los años a mí no me han cam­bia­do tan­to. Qui­zá yo ten­go ese gra­do de irres­pon­sa­bi­li­dad. Te cam­bian las per­so­nas. Te cam­bia te­ner un hi­jo. Te cam­bia la per­so­na con la que com­par­tes tu vi­da. Te cam­bia la gen­te con la que es­tás tra­ba­jan­do. Te cam­bian las per­so­nas. Y yo he te­ni­do mu­cha suer­te en ese sen­ti­do.

—¿Quié­nes te han cam­bia­do? —Mu­cha gen­te a lo lar­go de es­tos años. Ti­net Ru­bi­ra, uno de los mejores pro­duc­to­res de te­le que hay; Pao­lo Va­si­le, el ti­po más in­te­li­gen­te del sec­tor y el que más sa­be de te­le­vi­sión en Es­pa­ña... Tam­bién el pro­duc­tor del Ches­ter, Ós­car Cor­ne­jo, el que más ho­ras tie­ne de te­le­vi­sión aho­ra mis­mo a ni­vel na­cio­nal. A to­da es­ta

gen­te, ade­más, les pue­do lla­mar ami­gos. —Edur­ne es la me­jor com­pa­ñe­ra que se pue­de te­ner, has di­cho. Y ella te ha co­rres­pon­di­do: «Ris­to es un ca­ñe­ro con co­ra­zón». ¿Cier­to? —Si Edur­ne, que es una per­so­na con tan­to cri­te­rio, lo di­ce, de­be de ser. En el mun­do del már­ke­ting no im­por­ta tan­to lo que es co­mo lo que pa­re­ce... —Ya sa­bes lo que di­jo Wil­de: hay que te­ner cui­da­do con lo que pa­re­ces por­que uno aca­ba sien­do lo que pa­re­ce ser. —Yo ten­go una má­xi­ma: Fa­ke it till you

make it, ‘Haz ver que lo ha­ces has­ta que lo ha­gas de ver­dad’. Y eso, co­mo buen im­pos­tor, siem­pre me ha fun­cio­na­do. —Pa­ra lle­gar a ser tú mis­mo es im­pres­cin­di­ble es­qui­var lo que los de­más quie­ren que seas, es uno de tus con­se­jos. ¿Lo has te­ni­do muy di­fí­cil? —No. Pa­ra na­da. Yo no voy de víc­ti­ma ni de már­tir. Yo he te­ni­do mu­chí­si­ma suer­te en la vi­da por­que ha ha­bi­do gen­te que me ha da­do opor­tu­ni­da­des. Fí­ja­te que la suer­te es una mez­cla de ta­len­to y opor­tu­ni­dad. Hay gen­te con mu­cho ta­len­to a la que nun­ca le han da­do opor­tu­ni­da­des y gen­te co­mo yo, con po­co ta­lent que ha sa­bi­do apro­ve­char las opor­tun da­des que le han da­do.

—¿Te re­fie­res a lo pro­fe­sio­nal? —Yo no ha­blo de lo per­so­nal. Mi­les d pe­rio­dis­tas en es­te país ma­ta­rían por t ner un for­ma­to co­mo el de Ches­ter. —«El de­ta­lle es al­go muy muy grand que apa­ren­te­men­te es muy muy p que­ño», lee­mos en tu li­bro «X», que v por la 7.ª edi­ción. ¿Por qué de­bo leerl —No soy ca­paz de de­cir­te. Me da p dor obli­gar a la gen­te... Que lo lea el qu quie­ra. En­tre los que lo han leí­do, ha una ma­yo­ría abru­ma­do­ra a la que le h en­can­ta­do y, hoy por hoy, si­gue siend uno de los li­bros de no fic­ción más ve di­dos. Ese es el da­to que hay en la call —En el rán­king de ven­tas, «X» se c dea con «Ser fe­liz en Alas­ka» de Sa tan­dreu, que le dio a Bue­na­fuen­te la e

evis­ta que de­bía ha­cer­le. ¿Qué opi­nas e la lec­ción que le dio el pre­sen­ta­dor? Pre­fie­ro no opi­nar so­bre el tra­ba­jo de n com­pa­ñe­ro. Crea­ti­vo, pre­sen­ta­dor, co­mu­ni­ca­dor, ez. ¿Có­mo te de­fi­nes en una pa­la­bra?

Soy un im­pos­tor... pro­fe­sio­nal. «Ches­ter in lo­ve» se es­tre­nó con Cris­na Ci­fuen­tes, que le dio la vuel­ta al so­pa­ra sa­ber de ti. ¿Es­ta­ba preparado? No. No hay na­da preparado. Sí me epa­ro bien la con­ver­sa­ción pa­ra te­ner uchos te­mas de los que ha­blar con la er­so­na, pe­ro no sé lo que va a pa­sar. ris­ti­na qui­so sa­ber so­bre mí, y no puees exi­gir sin dar. Tu­ve que ba­jar al bao pa­ra que ella ba­ja­se tam­bién.

¿Te in­co­mo­dó? Lo pa­sé mal por­que no ha­blo de mi via per­so­nal, pe­ro en­ten­dí que era ne­ce­rio pa­ra que Cristina se abrie­se. —Co­mo juez de ar­tis­tas has he­cho llo­rar a más de un «triun­fi­to» y hoy con­du­ces «Ches­ter in lo­ve» ¿Eres de los que creen que bien te quie­re te ha­rá llo­rar? —No, pa­ra na­da. Quien te ha­ce llo­rar te quie­re muy po­co. —Me im­pre­sio­nó oír a Pe­dro Gar­cía Agua­do con­tar­te có­mo ha­bía apren­di­do a su­pe­rar­se con una edu­ca­ción in­fle­xi­ble, du­ra. Lo con­tra­rio a lo que pro­po­nen maes­tros co­mo César Bo­na. ¿Mano du­ra o bue­nas ma­ne­ras pa­ra edu­car? —A César Bo­na lo tu­ve ha­ce po­co y lo vas a ver en Ches­ter. A mí me da pu­dor pos­tu­lar­me so­bre lo que no sé. De edu­ca­ción de­ben ha­blar César o ex­per­tos co­mo Ken Ro­bin­son. Lo que sí sé es que quien bien te quie­re no te ha­rá llo­rar. —Te ve­mos en Ins­ta­gram con tu pri­me­ra maes­tra, ¡35 años des­pués! —Sí. La se­ño­ri­ta Car­men. Ca­sual­men­te iba por la ca­lle y me la en­con­tré. Que­dé fas­ci­na­do al ver que me re­co­no­cía y me lla­ma­ba por mi nom­bre. Fue un mo­men­to má­gi­co, fue co­mo abrir una ven­ta­ni­ta a la in­fan­cia.

—¿Quién que­rrías que te en­tre­vis­ta­se? —Yo no ten­go in­te­rés co­mo en­tre­vis­ta­do. Sé has­ta dón­de doy [ri­sas], la im­pos­tu­ra lle­va a sa­ber­se lo que uno pue­de dar. He es­ta­do con gen­te lo su­fi­cien­te­men­te in­tere­san­te pa­ra sa­ber que hay mu­chas vi­das que me­re­cen ser re­la­ta­das. Yo no ten­go in­te­rés en con­tar mi vi­da, sino en sa­ber so­bre la de los de­más, so­bre sus pun­tos de vis­ta so­bre la vi­da. Creo, y es­to no se lo he di­cho a na­die, creo que en es­te país he­mos con­fun­di­do la vi­da ín­ti­ma con la vi­da in­te­rior.

—¿No coin­ci­den? —No. Pa­re­ce que cuan­do yo te pre­gun­to so­bre có­mo amas te es­té pre­gun­tan­do con quién te acues­tas. En te­le­vi­sión hay mu­cho con­te­ni­do so­bre «con quién

te acues­tas» y po­co so­bre «có­mo amas». —Va­nes­sa Mar­tín, a quien te de­cla­ras­te, di­ce que «el amor es piel». ¿Y tú? —Pa­ra mí, el amor es co­lo­car­te en un se­gun­do plano en tu pro­pia vi­da.

—Eso pa­sa con los hi­jos...

—Por ejem­plo. Sí. —Cuan­do los hom­bres ha­bláis de amor os po­néis «ño­ñas» en­se­gui­da, di­ces. ¿De­be­ríais leer más Ca­va­fis, más Pi­zar­nik y me­nos Mar­wan? —Qui­zá... pe­ro hay un mo­men­to pa­ra ca­da co­sa. Tam­bién te di­go: vi­va la gen­te que ex­pre­sa sus sen­ti­mien­tos sin mie­do a las con­se­cuen­cias. Es lo más ho­nes­to.

—¿Có­mo en­ca­ja eso con un im­pos­tor? —Por­que es­toy en un lu­gar que no me co­rres­pon­de. Co­mo no ten­go tí­tu­lo de nin­gu­na de las pro­fe­sio­nes que ejer­zo ac­tual­men­te, no me sien­to le­gi­ti­ma­do.

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