Mis nie­tos me dan la vi­da”

Fue chi­ca Al­mo­dó­var, ha ga­na­do dos Go­yas y se mue­ve co­mo pez en el agua en la co­me­dia. Su vi­da ha es­ta­do li­ga­da al ci­ne y al teatro y aho­ra re­gre­sa a la te­le­vi­sión con «Amar es pa­ra siem­pre». «Si no sa­les en la te­le pa­re­ce que no exis­tes», ase­gu­ra.

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - CURIOSO - TEX­TO: VIR­GI­NIA MA­DRID

To­dos­la re­cor­da­mos en Mu­je­res al bor­de de un ata­que de ner­vios, un per­so­na­je que le va­lió el pri­mer Go­ya, por­que el se­gun­do lo ga­nó por Las eda­des de Lu­lú. Ga­lar­do­nes que Ma­ría Ba­rran­co (Má­la­ga, 1961) re­cuer­da con ca­ri­ño: «Son co­mo mis hi­jos. No me pue­do que­dar con uno». La de Má­la­ga es fres­ca, es­pon­tá­nea y cer­ca­na. «Chi­ca, yo me veo muy mo­na», ase­gu­ra. Aque­lla ni­ña que so­ña­ba con ser Ma­ri­sol, hoy se sien­te con el ner­vio y el gu­sa­ni­llo del pri­mer día y con­fie­sa a YES: «No me gus­ta na­da ver­me en la te­le. Ya me ten­go muy vis­ta y ade­más me co­noz­co muy bien». —Ma­ría, ¿có­mo es­tás? —Co­mo el pri­mer día que me pu­se de­lan­te de una cá­ma­ra, con el pe­lliz­co, con el ner­vio. Con ese gu­sa­ni­llo que te ha­ce es­tar aler­ta y dar lo me­jor de ti en ca­da fun­ción o en ca­da se­cuen­cia. El día que ese pe­lliz­co des­apa­rez­ca, apa­ga y vá­mo­nos. La ver­dad es que ten­go la sen­sa­ción de es­tar em­pe­zan­do siem­pre. —Has de­di­ca­do to­da tu vi­da a la in­ter­pre­ta­ción. Cuan­do echas la vis­ta atrás y ha­ces un re­pa­so de tu tra­yec­to­ria, ¿qué ba­lan­ce ha­ces? —A ni­vel per­so­nal, ten­go una vi­da ple­na y muy ri­ca. Ten­go una fa­mi­lia es­tu­pen­da con tres nie­tos ma­ra­vi­llo­sos. Y a ni­vel pro­fe­sio­nal pien­so que los años nos dan pers­pec­ti­va. Cuan­do em­pie­zas te quie­res co­mer el mun­do y con el pa­so del tiem­po y la ex­pe­rien­cia, te das cuen­ta que me­nos es más. Se apren­de de los pa­los, de los ba­ches y de las di­fi­cul­ta­des y eso te ha­ce más fuer­te.

—¿Có­mo lle­vas el pa­so del tiem­po? —Chi­ca, yo me veo muy mo­na. Fí­ja­te có­mo so­mos. Cuan­do más mo­nas es­ta­mos, que es du­ran­te la ju­ven­tud, es­ta­mos lle­nas de com­ple­jos. Que si me veo es­to, que si me veo lo otro. De jó­ve­nes nos cas­ti­ga­mos mu­cho, nos exi­gi­mos de­ma­sia­do. Creo que hay que que­rer­se más y me­jor. —Has men­cio­na­do a tus nie­tos. ¿Te gus­ta ejer­cer de abue­la? —Me en­can­ta. Mis nie­tos son mi dro­ga. Mis ni­ños me dan la vi­da. El día que es­toy can­sa­da y me due­le la ca­be­za, si voy a re­co­ger­los al co­le­gio se me pa­sa to­do. Lue­go es­toy ago­ta­da, por­que no pa­ro de ju­gar con ellos, pe­ro lo que he dis­fru­ta­do con ellos no me lo qui­ta na­die. —¿Eres abue­la con­sen­ti­do­ra o abue­la re­ga­ño­na? —Con­sen­ti­do­ra, por su­pues­to. Yo no co­noz­co a las re­ga­ño­nas. To­das las abue­las so­mos con­sen­ti­do­ras, si no no se­ría­mos abue­las. Los mi­mo, los con­sien­to, los ado­ro. —Ha­blan­do de ni­ños. ¿De pe­que­ña ya so­ña­bas con ser ac­triz? —¡Uy! qué va. Yo que­ría ser Ma­ri­sol. Era la ni­ña pro­di­gio de en­ton­ces. Tan ru­bi­ta, con esos ojos y esa ca­ri­ta. Y fí­ja­te yo tan mo­re­na. To­das las ni­ñas de mi épo­ca que­ría­mos ser Ma­ri­sol.

—¿Y cuán­do de­ci­des ha­cer­te ac­triz? —Pues un día de jo­ven que fui a ver una obra de teatro co­mo afi­cio­na­da y me en­can­tó que al fi­nal to­do el pú­bli­co aplau­die­ra a los ac­to­res. Re­cuer­do que pen­sé: ha­cen un tra­ba­jo ma­ra­vi­llo­so y en­ci­ma les aplau­den. Es­to es lo mío. Yo quie­ro de­di­car­me a es­to. Pue­de so­nar un po­co frí­vo­lo, pe­ro fue así. En­ton­ces, me apun­té a la Es­cue­la de Ar­te Dra­má­ti­co y des­de y de en­ton­ces re­ci­clar­me.no he Y pa­ra­doahí se­gui­mos.de apren —¿La fren­te ex­pe­rien­ciaa un es­treno ha­ceo a queun día una dese da­je con más se­gu­ri­dad y tem­plan —Los es­tre­nos los si­go su­frien­do. Lo so mal, lo re­co­noz­co. Se­rá por la resp sa­bi­li­dad, el te­mor a no es­tar a la al­tu no sé. La ex­pe­rien­cia te da otro ba­ga pe­ro las fun­cio­nes hay que me­dir­la —Pre­ci­sa­men­te, es­te ve­rano te sub de nue­vo a las ta­blas de Mé­ri­da c «La co­me­dia de las men­ti­ras». —Sí, y me ape­te­ce mu­cho. Pe­ro fí­ja ayer tu­ve la pri­me­ra lec­tu­ra del te con el res­to del elen­co, que es al­go la­ja­do y agra­da­ble y ya me en­tró el g sa­ni­llo, el ner­vio del es­ce­na­rio. Ya toy en aler­ta. —Es res­pe­to, que ¿ver­dad?el pú­bli­co in­fun­de muc —Sí, por su­pues­to. Lo bo­ni­to del tea es que con el pú­bli­co se pro­du­ce esa mu­nión du­ran­te la obra que es mág e in­creí­ble. Yo siem­pre di­go que el t tro es don­de una man­da. —Sin em­bar­go, tu ca­rre­ra es­tá más ga­da al ci­ne y so­bre to­do a la co­med —Sí, es ver­dad. En la gran pan­ta­lla e pe­zó to­do. Y co­me­dia es lo que más he­cho. Aun­que tam­bién he he­cho gún dra­ma. Pe­ro siem­pre se me ha la­cio­na­do más con la ri­sa y con pa un buen ra­to. —Di­cen que es más di­fí­cil ha­cer r que llo­rar. —To­dos los gran­des de la co­me­dia h he­cho dra­mas, pe­ro al re­vés no tan­to eso se­rá por al­go. Sa­car la son­ri­sa al pec­ta­dor es muy com­pli­ca­do. —Des­pués de mu­chos años, re­gre a la te­le­vi­sión de la mano de la se «Amar es pa­ra siem­pre». —Es­toy fe­liz. Re­gre­so a la te­le­vi­sión c una se­rie mí­ti­ca por la que han pa­sa los gran­des ac­to­res de es­te país y c Te­re­sa, un per­so­na­je fa­bu­lo­so. Es u mu­jer in­de­pen­dien­te, que tra­ba­ja co gra­fó­lo­ga, con ca­rác­ter y que lle­va p ta­lo­nes, muy del ti­po Katherine H burn. Era mi asig­na­tu­ra pen­dien­te. re­ce que si no sa­les en la te­le­vi­sión exis­tes y du­ran­te es­te tiem­po he es do ha­cien­do teatro. —Si pi­llas una pe­lí­cu­la en la te vi­sión en la que sa­les tú, ¿camb de ca­nal? —Ca­si. De­jo un tro­ci­to. Me gus­ta el co­teo, co­mo con la co­mi­da, pe­ro s tar­me a ver una pe­lí­cu­la mía, no p do, me can­sa.

—Pa­ra ter­mi­nar, un de­seo. —Que me­jo­ren las co­sas pa­ra tod por­que hay mu­cha gen­te pa­sánd mal. Que ha­ya más tra­ba­jo y que e so­cie­dad sea más jus­ta.

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