Por su­pues­to que me han da­do un plan­tón”

En «In­go­ber­na­ble» se jue­ga la piel co­mo hac­ker por una mu­jer y en «El Guar­daes­pal­das» re­pi­te pro­te­gien­do a una es­tre­lla de la mú­si­ca. El tea­tro le es­tá dan­do la opor­tu­ni­dad de vi­vir de lleno el ca­lor del pú­bli­co, pe­ro su la­do ju­gue­tón es ca­paz de afir­mar

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - RESPONDE -

TEX­TO: ANA MONTES

Su­pun­to fuer­te es la mirada, pe­ro en El Guar­daes­pal­das po­ne en ac­ción has­ta su pro­pia voz can­tan­do a la por­ten­to­sa pro­ta­go­nis­ta del mu­si­cal una can­ción. El Maxi Igle­sias (Ma­drid, 1991) de Fí­si­ca o Quí­mi­ca mues­tra su la­do más adul­to en es­te es­pec­tácu­lo sor­pren­den­te, que es su «pri­me­ra vez» so­bre las ta­blas. Y con­ven­ce. Qui­zás por­que, co­mo di­ce, tie­ne el al­ma transparente pa­ra dar y re­ci­bir lo me­jor. O tam­bién por­que bus­ca den­tro de sí mis­mo ser au­tén­ti­co. Eso y su ca­ra de buen chi­co le lle­va­ron al­gu­na vez en lo per­so­nal a ha­cer el pa­pe­lón de co­lar al­gu­na men­ti­ri­ji­lla sin im­por­tan­cia pa­ra sal­var a un ami­go en apu­ros. Pe­ro, anéc­do­tas apar­te, la ca­rre­ra de Maxi si­gue apun­tan­do al­to.

—Iván Sán­chez y tú com­par­tís pa­pel. ¿Te­mes que el pú­bli­co os com­pa­re?

—Lo ha­ce­mos pa­ra com­pa­gi­nar­lo con otros tra­ba­jos. Pe­ro no creo que va­ya a ser un due­lo. Siem­pre va a ha­ber com­pa­ra­cio­nes, por­que ca­da uno te­ne­mos nues­tro es­ti­lo y una tra­yec­to­ria. Pe­ro am­bos he­mos in­terio­ri­za­do y tra­ba­ja­do mu­cho el per­so­na­je. A lo me­jor po­de­mos te­ner di­fe­ren­tes pú­bli­cos: Iván, gen­te más adul­ta, y yo, más jo­ven. Pe­ro eso no va a ha­cer que nues­tro tra­ba­jo de­je de con­ten­tar a to­dos y que ha­ga­mos creí­ble al guar­daes­pal­das.

—¿A ti te gus­ta cui­dar o eres más de que te cui­den?

—Am­bas co­sas. No es­tá de más que le cui­den a uno e in­ten­tar ayu­dar siem­pre a los tu­yos sa­bien­do que ca­da uno to­ma sus de­ci­sio­nes y tie­ne to­do el de­re­cho del mun­do a acer­tar o equi­vo­car­se. Pe­ro si me pi­den ayu­da o veo que las co­sas no es­tán sa­lien­do co­mo de­ben y pue­do opi­nar, la ofrez­co.

—¿Eres muy con­tro­la­dor?

—Me gus­ta te­ner mis co­sas con­tro­la­das pe­ro no me gus­ta con­tro­lar a los de­más, siem­pre y cuan­do no sea al­go que me afec­te a mí. In­ten­to vi­vir y de­jar vi­vir. Es un error in­ten­tar im­po­ner tu pun­to de vis­ta a to­do el mun­do. Lo bo­ni­to y es­ti­mu­lan­te es que ca­da uno de no­so­tros sea di­fe­ren­te.

—Te estrenas subido a las ta­blas del tea­tro. ¿Qué te es­tá dan­do es­ta pri­me­ra vez?

—Es­toy ex­pe­ri­men­tan­do un pro­ce­so to­tal­men­te nue­vo. Es to­do pre­cio­so por­que vi­ves de lleno el ca­lor del pú­bli­co. Ade­más es una fun­ción que da pa­ra reír, pa­ra llo­rar, es un th­ri­ller, hay mu­chos gol­pes de mis­te­rio y eso a la gen­te le in­quie­ta y le im­pac­ta. Y ade­más te­ne­mos la his­to­ria prin­ci­pal, que es de amor. Ver la reac­ción de la gen­te a to­do es­to es muy sa­tis­fac­to­rio.

—Nos sor­pren­des can­tan­do un te­ma no con mu­cho tino...

—En la fun­ción me en­fren­to a es­te re­to en uno de los mo­men­tos más tier­nos, que no tie­ne más ob­je­to que crear un con­tras­te. Pe­ro yo en la du­cha can­to me­jor que en la fun­ción [ri­sas].

—Uno de los pro­ta­go­nis­tas es un ni­ño. ¿Te re­cuer­da a cuan­do tú ha­cías cás­tings de pe­que­ño?

—Hoy veo ni­ños muy pre­pa­ra­dos que sa­ben que se van a de­di­car a es­to y se no­ta su es­fuer­zo. Pa­ra mí ac­tuar era so­lo un hobby y no con­tem­pla­ba de­di­car­me a es­to. Los ro­da­jes y las fo­tos me las to­ma­ba co­mo un jue­go, y eso es lo que quie­ro pa­ra ellos: que no se con­vier­ta en al­go se­rio y mo­nó­tono, que real­men­te les ape­tez­ca, pe­ro no por­que ma­ña­na va­yan a ser co­no­ci­dos. Las preo­cu­pa­cio­nes y las obli­ga­cio­nes ya nos vie­nen lue­go de adul­tos.

—¿Cuán­ta ener­gía con­ta­gia Fe­la en el es­ce­na­rio?

—La ener­gía que tie­ne y su sa­ber es­tar en el es­ce­na­rio es bes­tial. Es un por­ten­to. Eso la gen­te lo pal­pa co­mo no po­dría ser de otra ma­ne­ra, que en es­ta obra no hu­bie­ra esa ener­gía.

—¿Qué can­ción pre­fie­res de Whit­ney Hous­ton?

—Ten­go va­rias. Una es la de Run to You y I’m Every Wo­man, que me pa­re­ce una de­cla­ra­ción de in­ten­cio­nes muy chu­la y ex­pre­sa esa sensualidad fe­me­ni­na, esa he­rra­mien­ta ma­gis­tral que to­da mu­jer tie­ne. En el mu­si­cal que­da muy cla­ra la for­ta­le­za de una mu­jer muy se­gu­ra y ca­paz de to­mar de­ci­sio­nes. Así que me en­can­ta por eso.

—Whit­ney Hous­ton ha­cía mú­si­ca ne­gra. Y tú, ¿de qué co­lor tie­nes el al­ma?

—In­ten­to te­ner el al­ma transparente pa­ra sa­car lo me­jor e in­ten­tar re­ci­bir tam­bién lo me­jor.

—En «In­go­ber­na­ble» tam­bién ha­ces de pro­tec­tor de otra mu­jer.

—In­go­ber­na­ble es una se­rie que ha­bla de mu­je­res in­go­ber­na­bles que no se de­jan lle­var ni guiar por las pau­tas y tie­nen su pro­pio cri­te­rio. Es­to es muy im­por­tan­te, pe­ro no so­lo en las mu­je­res, sino en ca­da in­di­vi­duo. Hay que sa­car esa po­ten­cia y ener­gía que ca­da uno lle­va­mos den­tro.

—Ha­ces de «hac­ker» de look ra­di­cal. ¿Ha­béis ter­mi­na­do de ro­dar la se­gun­da tem­po­ra­da pa­ra Net­flix?

—No, de he­cho ese es uno de los mo­ti­vos por los que com­par­to pa­pel con Iván, por­que ten­dré que ir a ter­mi­nar de gra­bar una tem­po­ra­da aun­que aún no se ha de­ter­mi­na­do dón­de.

—¿Ha le­van­ta­do mu­cha pol­va­re­da es­ta se­rie en Mé­xi­co, ya que tra­táis el te­ma de la co­rrup­ción en­tre otros?

—Ha im­pac­ta­do mu­cho por­que ha­bla de for­ma muy fron­tal y sin cen­su­ras de si­tua­cio­nes reales de Mé­xi­co com­bi­na­das con amor, amis­tad y ten­sión. Y es­te es el pun­to fuer­te de In­go­ber­na­ble. Es­tas pla­ta­for­mas es­tán dan­do la po­si­bi­li­dad de con­tar es­te ti­po de co­sas, y quie­nes las eli­gen sa­ben a lo que se pue­den enfrentar, que a lo me­jor es a lo que quie­ren en­fren­tar­se. Qui­zás por eso tie­nen tan­to éxi­to. Se le da al pú­bli­co lo que quie­re y se le tra­ta de ma­ne­ra in­te­li­gen­te sa­bien­do que va a sa­ber di­fe­ren­ciar la fic­ción de la reali­dad. Aun­que a ve­ces te das cuen­ta de que no siem­pre que­re­mos sa­ber lo que es­tá ocu­rrien­do, por­que igual no nos gus­ta.

—¿Ha des­per­ta­do «In­go­ber­na­ble» tu la­do re­bel­de?

—Ha des­per­ta­do mu­chas co­sas en mí. Ha des­per­ta­do la pa­sión por tra­ba­jar fue­ra de mi país, al­go que ha­ce tiem­po que no ha­cía, lo cual es bueno pa­ra no aco­mo­dar­se, aun­que nun­ca lo he que­ri­do y por eso siem­pre he bus­ca­do co­sas di­fe­ren­tes que re­for­za­ran mi vi­sión. Y tam­bién me ha des­per­ta­do te­ner que fi­jar­me y re­pro­du­cir có­mo la gen­te vi­ve en un ba­rrio tan pe­cu­liar co­mo es Te­pi­to, en Ciu­dad de Mé­xi­co, car­ga­do de re­pre­sión y pe­li­gro­si­dad.

—¿Te la has te­ni­do que ju­gar en al­gún mo­men­to?

—Me he su­mer­gi­do en el ba­rrio de Te­pi­to por­que ne­ce­si­ta­ba su­mer­gir­me en esa ener­gía y co­no­cer de dón­de pro­ce­día esa le­yen­da ur­ba­na. Y lo que he des­cu­bier­to es que es un ba­rrio en el que pue­des con­se­guir de to­do y a lo me­jor has­ta no sa­les de ahí.

—¿Al­gu­na ma­la ex­pe­rien­cia en al­gún tu­gu­rio?

—No, el mis­mo ba­rrio ya es eso y ca­mi­nar por la ca­lle ya te da ese am­bien­te, esa ener­gía de que to­dos se co­no­cen y cuan­do ven al­go di­fe­ren­te se avi­san en­tre ellos, se sil­ban unos a otros pa­ra man­dar­se se­ña­les.

—¿Qué abo­rre­ces que te ha­gan ha­cer?

—No me gus­ta te­ner que con­tar al­go que yo es­toy vien­do que no es así. Ten­go la bue­na suerte de co­no­cer gen­te de muy di­fe­ren­tes ám­bi­tos con di­fe­ren­tes es­ti­los de vi­da, y en­se­gui­da veo si es creí­ble y si es fac­ti­ble o no lo que me pro­po­nen con­tar. Y si yo creo que no va a en­ca­jar o que el pú­bli­co no se lo va a creer, por­que ca­da vez el pú­bli­co es más exi­gen­te y no quie­re que se rían de él, voy a po­ner la má­xi­ma aten­ción a la ho­ra de es­co­ger o re­cha­zar un pa­pel.

Es­to es al­go fun­da­men­tal.

—¿Te ha to­ca­do al­gu­na vez ha­cer el tí­pi­co pa­pe­lón?

—Sí, al­gu­na vez con la ma­dre de al­gún ami­go que se ha me­ti­do en líos y me ha lla­ma­do a mí pa­ra que die­se la ca­ra por él, aun­que yo ni si­quie­ra ha­bía es­ta­do pre­sen­te.

—Eso es que re­cu­rrían a ti por­que eras creí­ble, ¿no?

—Sí, y por­que he in­ten­ta­do siem­pre no me­ter­me en líos, que to­do es­tu­vie­se bien. Si yo les de­cía a los pa­dres de unos ami­gos que íba­mos a ir a un si­tio con­cre­to, sa­bían que era ver­dad por­que no se me ocu­rría men­tir.

—¿Tam­bién te ha ayu­da­do te­ner ca­ra de buen chi­co?

—[Ri­sas] In­ten­to fa­vo­re­cer siem­pre a los de­más to­do lo que pue­do po­nién­do­me en su lu­gar, ex­cep­to cuan­do al­go aten­ta di­rec­ta­men­te a mis in­tere­ses o es ma­lo, por­que bas­tan­tes ma­las si­tua­cio­nes en el mun­do hay co­mo pa­ra que no­so­tros las fa­vo­rez­ca­mos.

—¿Tie­nes al­guien fi­jo con quien re­co­rrer el mun­do?

—Mi ma­dre es la per­so­na que me ha trans­mi­ti­do es­ta pa­sión por el via­je y con la que más dis­fru­to via­jan­do hoy por hoy.

—¿Es el es­pe­jo el me­jor ami­go de un ac­tor a la ho­ra de en­sa­yar?

—No, y de he­cho en los en­sa­yos he­mos qui­ta­do el es­pe­jo, lo cual me ha pa­re­ci­do bien. Por­que al fi­nal no se tra­ta de ac­tuar­te a ti mis­mo. Se tra­ta de que la gen­te que te vea se crea lo que ve y, en el es­pe­jo, al fi­nal te ves tú.

—¿Qué par­te de tu cuer­po es la que

In­ten­to fa­vo­re­cer a los de­más to­do lo que pue­do”

re­sul­ta más im­por­tan­te pa­ra ti?

—To­do lo que pue­das trans­mi­tir con el cuer­po es fun­da­men­tal. En el mu­si­cal ha­ce­mos un tra­ba­jo de ex­pre­sión cor­po­ral bes­tial. Te­ne­mos que es­tar cons­tan­te­men­te en ten­sión, en una pos­tu­ra de pro­tec­ción y de aler­ta, y es bas­tan­te can­sa­do. Pe­ro yo creo que trans­mi­to más con la mirada que, en se­gún qué mo­men­tos, pue­de de­cir mu­cho.

—¿Y es­te es tam­bién tu gan­cho a la ho­ra de ti­rar el an­zue­lo?

—Es al­go que no se pien­sa. Pe­ro lo me­jor es ser tú mis­mo, y así no va a ha­ber con­fu­sio­nes ni de­cep­cio­nes. Lue­go la mirada pue­de re­for­zar, ob­via­men­te.

—¿Al­gu­na vez te han da­do plan­tón?

—Sí, cla­ro que sí me han da­do plan­to­nes. Seas co­mo seas siem­pre pue­de pa­sar que tu ci­ta ten­ga un re­tra­so o pier­da un vue­lo o sim­ple­men­te no lle­gue [ri­sas].

—¿Qué es lo que más te ilu­sio­na?

—Via­jar, mi tra­ba­jo, mi gen­te, mis ami­gos, mi fa­mi­lia. Y me ilu­sio­na dis­fru­tar de las pe­que­ñas co­sas.

—¿Qué te gus­ta ha­cer en un día de tor­men­ta?

—No le ten­go mie­do a la llu­via y no me de­jo los días ma­los pa­ra ir al ci­ne. Por ejem­plo, me en­can­ta la llu­via en Ga­li­cia, y a la ho­ra de ha­cer pla­nes tam­bién me pue­de gus­tar es­tar en al­gún mi­ra­dor vien­do llo­ver a tra­vés de la cris­ta­le­ra.

FO­TO: BORJA MONCUNILL OSO­NA

FO­TO: JO­SÉ PARDO

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