RIS­TO ME­JI­DE

“A LOS 43 AÑOS ES­TOY APREN­DIEN­DO A ES­CU­CHAR”

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEXTO: NOE­LIA SILVOSA

ARis­to­le cam­bia la voz en cuan­to la con­ver­sa­ción de­ri­va en su mu­jer, Lau­ra Es­ca­nes. «¡No me gus­ta su pe­lo, me gus­ta ella!», ex­cla­ma con ener­gía. Es­te ni­ño gran­de, que con­fie­sa que «a mis 43 años es­toy apren­dien­do a es­cu­char», ha vuel­to con en­tre­vis­tas y en­tre­vis­ta­dos que ha­bla­rán del mie­do. Y, ya que es­ta­mos, le pre­gun­ta­mos que dón­de se sien­te más se­gu­ro. «Uff... ¡En mi ca­sa!». —Vuel­ves con «Ches­ter», es­ta vez a se­cas. Te ga­nas­te que le lla­men so­lo por su nom­bre. —Sí, al fi­nal tie­nes que re­sig­nar­te a có­mo la gen­te lo lla­ma y ren­dir­te a la evi­den­cia. El chés­ter es la esen­cia del pro­gra­ma, que tam­bién con­sis­te en lle­gar a la esen­cia de las co­sas, así que te­nía sen­ti­do. La ex­pre­sión de «es­te tie­ne un chés­ter» se di­ce mu­cho. A mí me pa­sa una co­sa con es­te pro­gra­ma, y es que to­do el mun­do me pre­gun­ta cuán­do vuel­ve, y eso creo que es sin­to­má­ti­co. La gen­te que lo ve di­ce que gus­ta mu­cho, y yo es­toy muy con­ten­to.

—¿Qué in­vi­ta­do te po­ne más? —En reali­dad, mi­ra, ya son seis tem­po­ra­das y yo he estado en cin­co de ellas. Y he apren­di­do a de­jar­me sor­pren­der, por­que yo al prin­ci­pio te­nía la ob­se­sión de ha­cer a Joa­quín Sa­bi­na y al fi­nal lo pu­de ha­cer, pe­ro es que tam­bién me han sor­pren­di­do mu­chos otros que en un prin­ci­pio no ha­bía pro­pues­to yo. He apren­di­do a en­con­trar­le el in­te­rés a to­do el mun­do, y por eso aho­ra es­toy en es­ta lu­cha de que to­do el mun­do tie­ne un chés­ter. Yo creo que es al­go que he tar­da­do tiem­po en des­cu­brir­lo, pe­ro lo es­ta­mos de­mos­tran­do. —Em­pe­za­mos fuer­te. ¿Qué es lo que me­nos te es­pe­ra­bas de Ma­ría Teresa? —Nos des­co­lo­có ab­so­lu­ta­men­te. Lo que me­nos me es­pe­ra­ba es que una mu­jer bre­ga­da en tan­tí­si­mas ba­ta­llas y con la ex­pe­rien­cia que ella tie­ne, y ade­más ha­bién­do­le he­cho ya mu­chas en­tre­vis­tas en te­le­vi­sión, es que vi­nie­se con la ge­ne­ro­si­dad de dar­nos al­go que no ha­bía da­do nun­ca. Por­que al fi­nal cuan­do un in­vi­ta­do se des­nu­da es una de­ci­sión de él. No es un mé­ri­to del en­tre­vis­ta­dor, es una de­ci­sión de ge­ne­ro­si­dad. —Bueno, al­go ha­rás tam­bién pa­ra con­se­guir­lo. Con esa dis­tan­cia cor­ta hay de- ter­mi­na­das pre­gun­tas que a ve­ces cues­ta ha­cer. Y a ti igual te cues­ta, pe­ro no­tar no se te no­ta na­da. —Tam­bién es ver­dad que en es­te ca­so la ven­ta­ja de lle­var seis tem­po­ra­das nos da ya cier­ta mar­ca de ca­ra a los in­vi­ta­dos tam­bién. An­tes ha­blá­ba­mos del es­pec­ta­dor, pe­ro ocu­rre lo mis­mo con el in­vi­ta­do. El in­vi­ta­do que vie­ne al sa­be que no vie­ne a una en­tre­vis­ta nor­mal, al uso, de pre­gun­ta-res­pues­ta y sin re­pre­gun­tas, o de al­guien que es­tá mi­ran­do con­ti­nua­men­te el pa­pel. Aquí es­ta­mos mi­rán­do­nos a los ojos y nin­guno

Ches­ter sa­be por dón­de va­mos a ir. Y ya vie­nen dis­pues­tos. Una de las sa­tis­fac­cio­nes más gran­des es que los in­vi­ta­dos, gen­te muy ce­lo­sa de su in­ti­mi­dad, como es Nacho Dua­to, como es Jor­di Mo­llà, gen­te que ha­bi­tual­men­te no ha­bla de cues­tio­nes per­so­na­les, lo ha­gan. No de su vi­da ín­ti­ma, sino de su vi­da in­te­rior, que creo que es una di­fe­ren­cia im­por­tan­te. —Tú di­ces que es un es­pa­cio de re­fle­xión ho­nes­ta y a cal­zón qui­ta­do... ¿Tú eres de qui­tar­te mu­cho el cal­zón tam­bién o eres más ce­re­bral? —Ay, yo ba­jo al ba­rro mu­chí­si­mo tam­bién con los in­vi­ta­dos, e in­clu­so a ve­ces me cri­ti­can eso, ¿no? Dicen: «¡Ahí va es­te ha­cién­do­se el pro­ta­go­nis­ta!». Y yo di­go que es una crí­ti­ca que uno tie­ne que asu­mir, pe­ro en­tien­do que es ne­ce­sa­rio pa­ra que el otro se sien­ta có­mo­do y vea que es­to va de im­pli­car­se de ver­dad. No ten­dría nin­gún sen­ti­do que yo es­tu­vie­ra en la ba­rre­ra, de­trás de mi pa­pel de pre­sen­ta­dor, y de­jar­le a él so­lo. No, yo ba­jo con él y me mo­jo, y ex­pli­co a lo me­jor co­sas que sí, que son muy per­so­na­les tam­bién.

—Te gus­ta sacar a la gen­te del lu­gar don­de se sien­te se­gu­ra. —Sí, por­que no es con ma­la in­ten­ción, pe­ro inevi­ta­ble­men­te to­dos te­ne­mos la ten­den­cia a con­tes­tar lo que siem­pre has con­tes­ta­do, por­que ese es a ve­ces un lu­gar se­gu­ro en el que sa­bes que no te vas a me­ter en nin­gún lío. Los líos vie­nen pre­ci­sa­men­te cuan­do te sa­les de esos lu­ga­res se­gu­ros. No es por­que yo quie­ra me­ter en líos a na­die, sino por­que creo que don­de es­tán las res­pues­tas in­tere­san­tes es den­tro de aque­llas que no se han pen­sa­do an­tes. En­ton­ces, pa­ra lle­var ahí a al­guien, tie­nes que uti­li­zar es­te ti­po de es­tra­te­gias. —¿Y cuál es el lu­gar don­de tú te sien­tes se­gu­ro? —Uff, mi ca­sa ¡Ja, ja, ja! Pe­ro a ni­vel de te­mas me sien­to muy có­mo­do pre­gun­tan­do. Como pro­fe­sio­nal de la te­le mi des­cu­bri­mien­to ha si­do dar­me cuen­ta de lo mu­cho que me in­tere­sa la vi­da de la gen­te, lo muy pre­gun­tón que soy, por­que soy muy pre­gun­tón, y lo po­co que es­cu­cha­ba. Esa es otra co­sa que he des­cu­bier­to. El Ches­ter me es­tá en­se­ñan­do a es­cu­char. Y que con 43 años te di­ga que es­toy apren­dien­do a es­cu­char ya man­da na­ri­ces el te­ma. Pues es así, es­toy apren­dien­do a ha­cer­lo. —Ha­ce un mo­men­ti­to me di­jis­te que to­do el mun­do tie­ne un chés­ter. Bueno, pues, con permiso, voy a ha­cer­te una pre­gun­ta muy di­rec­ta y muy «Ches­ter». ¿Se sen­ta­rá tu mu­jer o ya es­tá de­ci­di­do que eso no se va a pro­du­cir? —Mi­ra, no te di­ré que no nos lo he­mos plan­tea­do, pe­ro lo he­mos des­car­ta­do tan­to ella como yo de ma­ne­ra cons­cien- te y de ma­ne­ra ade­cua­da. Creo que aho­ra mis­mo no pro­ce­de, bá­si­ca­men­te por­que la lec­tu­ra que po­dría ha­cer­se de eso po­dría ser to­tal­men­te erró­nea. O que yo es­toy bus­can­do dar­le au­dien­cia a mi pro­gra­ma o que ella se es­tá bus­can­do ha­cer pu­bli­ci­dad. Yo creo que nin­guno de los dos lo ne­ce­si­ta­mos, afor­tu­na­da­men­te, y se tra­ta de que el pro­gra­ma ten­ga una en­ti­dad y una po­ten­cia, y ella no ne­ce­si­ta aho­ra mis­mo pro­di­gar­se por los me­dios. Yo creo que aho­ra es­tá bien como es­tá el te­ma, en el fu­tu­ro, yo... no lo sé.

—¿Te gus­tó su cor­te de pe­lo? —A mí me gus­ta ella, si por un cor­te de pe­lo me de­ja­ra de gus­tar... Pues cla­ro que sí, al fi­nal como de­cía Ga­leano, si el pe­lo fue­ra im­por­tan­te es­ta­ría den­tro de la ca­be­za, no fue­ra de ella. —No sue­les res­pon­der a pre­gun­tas so­bre tu vi­da pri­va­da, pe­ro ha­ce muy po­co es­cri­bis­te otra car­ta de amor en un pe­rió­di­co. ¿A ve­ces ne­ce­si­tas ex­pre­sar tus sen­ti­mien­tos así? —Es lo que te de­cía an­tes, creo que en es­te país he­mos con­fun­di­do vi­da ín­ti­ma con vi­da in­te­rior. Yo creo que la vi­da ín­ti­ma hay que res­pe­tar­la, a mí no me im­por­ta con quién se acues­ta ca­da quien, es que da igual eso. Pe­ro sí que me im­por­ta có­mo sien­te ca­da uno, có­mo sien­tes las co­sas en tu vi­da in­te­rior. Y en esos ar­tícu­los yo lo que in­ten­to re­fle­jar es mi vi­da in­te­rior, a quien le pue­da in­tere­sar cla­ro, por­que no le tie­ne que in­tere­sar a to­do el mun­do. Ahí es­tá re­fle­ja­do có­mo sien­to, có­mo pien­so... Có­mo vi­vo mu­chas co­sas, por­que no so­lo ha­blo de amor. Tam­bién ha­blo de po­lí­ti­ca, de mi vi­da, de mis ami­gos, de la fa­mi­lia... mu­chas co­sas. Y es im­por­tan­te ha­cer esa di­fe­ren­cia, por­que siem­pre que es­tés ha­blan­do de al­go que sien­tes pa­re­ce que es­tás ha­blan­do de un te­ma del co­ra­zón, de pren­sa rosa, y no tie­ne por qué. Yo pue­do ex­pre­sar per­fec­ta­men­te có­mo pien­so y có­mo amo sin en­trar a re­ve­lar­te có­mo es mi vi­da ín­ti­ma con mi pa­re­ja. —Ha­blas de có­mo sien­tes, có­mo amas, pe­ro tam­bién de có­mo has cam­bia­do. Di­ces: «De pron­to me apa­gué y me vol­ví aris­co y hu­ra­ño, en­fa­da­do con el mun­do, como an­tes de sa­ber que exis­tías». Se ha pro­du­ci­do un cam­bio muy im­por­tan­te en ti. —Bueno, to­dos pa­sa­mos épo­cas bue­nas y ma­las. To­dos te­ne­mos épo­cas más os­cu­ras y épo­cas más lu­mi­no­sas. Aho­ra es­toy en un mo­men­to muy lu­mi­no­so, tan­to per­so­nal como pro­fe­sio­nal­men­te, y eso tam­bién se tie­ne que re­fle­jar. Por­que al fi­nal no pue­des es­cri­bir so­lo cuan­do es­tás de­pri­mi­do, por­que se­ría to­do como pa­ra cor­tar­te las ve­nas. Tam­bién es bueno re­fle­jar la fe­li­ci­dad cuan­do te ocu­rra, aun­que so­lo sea pa­ra que cuan­do de­jes de es­tar­lo, al­gún día pue­das re­leer­lo y de­cir: «Jo, mi­ra qué fe­liz fui».

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