¿QUÉ MA­DRE ERES?

¿APISONADORA, TIGRE, NEGLIGENTE O DE­MO­CRÁ­TI­CA?

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABELENDA

hay más de una. Y den­tro de una tan­tas co­mo hi­jos y mo­men­tos. Es es­te un tí­tu­lo de no­ve­la con el que Pau­la Daly nos per­tur­bó ha­ce años, y que lan­za­mos al ai­re con áni­mo de in­cor­diar: ¿Y tú qué cla­se de

ma­dre eres? ¿Apisonadora, tigre, negligente o de­mo­crá­ti­ca? Los cua­tro gran­des perfiles ma­ter­na­les, que ha con­si­de­ra­do la psi­có­lo­ga Ol­ga Cas­tan­yer en su cla­si­fi­ca­ción pa­ra el li­bro Voy a ser aser­ti­va, nos pi­den cuen­tas. En fun­ción de mis com­por­ta­mien­tos, del día, del áni­mo, de la aler­ta na­ran­ja en ca­sa o las tor­men­tas ex­ter­nas, me sien­to negligente, de­pre­da­do­ra, más o me­nos he­li­cóp­te­ro o más o me­nos de­mo­crá­ti­ca (es­te es el mo­de­lo al que de­be­ría­mos ten­der). In­quie­ta que el de­do acu­sa­dor nos apun­te a no­so­tras. ¿Es­tos ti­pos de ma­dres po­drían ser­lo de pa­dres? «Por su­pues­to, ma­dres o pa­dres, so­lo que el li­bro en que se in­clu­ye la cla­si­fi­ca­ción es­tá cen­tra­do en las mu­je­res, por eso ha­blo de ma­dres —ex­pli­ca Ol­ga Cas­tan­yer—. La ma­má tigre [el mo­de­lo que pro­pug­na Amy Chua, con el le­ma «hay que exi­gir la per­fec­ción a los hi­jos por­que pue­den al­can­zar­la»] sí es una mu­jer con­cien­cia­da de que edu­car a los hi­jos es ta­rea so­lo ma­ter­na».

Más allá del mo­de­lo Chua, el de­mo-

le­dor de Ma­dre tigre, hi­jos leo­nes, que se­gún Cas­tan­yer ge­ne­ra hi­jos que se con­vier­ten en adul­tos exi­to­sos con gran­des dé­fi­cit de au­to­es­ti­ma, ma­dres y pa­dres de­be­rían sen­tir­se alu­di­dos por igual en la edu­ca­ción de sus hi­jos. «Pe­ro ojo, hay una iner­cia de las ma­dres de ‘El ni­ño es mío’ —re­pa­ra la psi­có­lo­ga—, so­bre to­do cuan­do cae­mos en con­duc­tas so­bre­pro­tec­to­ras». Y es una ac­ti­tud que en­ca­ja con ese pa­dre que se es­ca­quea en ca­sa con el co­mo­dín de «Co­mo soy un desas­tre, ya lo ha­ces tú».

EL MO­DE­LO AL QUE TEN­DER ¿Ha­ces los de­be­res con él por­que «no pue­de» so­lo? ¿Vas a bus­car a tu hi­jo ado­les­cen­te a la sa­li­da de la dis­co­te­ca a las tres de la ma­ña­na? ¿Le pi­des lis­ta­do de so­bres y no­ta­bles, lo «pu­bli­cas» y le com­pa­ras con otros? ¿Pre­su­mes de sus ca­li­fi­ca­cio­nes, su ni­vel en piano o sus me­da­llas de yu­do? ¿Siem­pre pre­fie­res es­tar con otros que aten­der a tu ni­ño? «¿No te has fi­ja­do en que al­gu­nas ma­dres pa­re­cen te­ner mie­do de sus hi­jos? Es co­mo si no su­pie­sen es­tar con ellos, o có­mo en­tre­te­ner­les... Es un ‘Ay, co­mo no sé que ha­cer con él le lle­vo a es­ta ac­ti­vi­dad y ya es­tá’ —plan­tea Ol­ga Cas­tan­yer—. Es­tas son las ma­dres, o pa­dres, ne­gli­gen­tes. Son las per­so­nas que sue­len de­le­gar en otros el cui­da­do de sus hi­jos. Es al­go que hoy se ve bas­tan­te...». ¿En­ca­ja en el mo­de­lo negligente la que se ol­vi­da del bo­ca­ta del re­creo? «So­lo si hay un ol­vi­do sis­te­má­ti­co de las ne­ce­si­da­des del hi­jo, que pue­de de­ber­se a pro­ble­mas gra­ves co­mo adic­cio­nes en ca­sa, pe­ro no me re­fie­ro a una ma­dre tra­ba­ja­do­ra des­pis­ta­da; me re­fie­ro a una ne­gli­gen­cia de ti­po afec­ti­vo. Al mo­de­lo frí­vo­lo. A no sen­tir la ne­ce­si­dad de ocu­par­se del ni­ño, de es­tar pre­sen­te, de aten­der­lo». En el po­lo opues­to a la ma­ter­ni­dad fan­tas­ma, vue­la la pa­ter­ni­dad he­li­cóp­te­ro. La ejer­cen «los pa­dres y ma­dres que so­bre­vue­lan al ni­ño cons­tan­te­men­te —ex­pli­ca Ol­ga—, le im­pi­den sol­tar­se y ha­cer las co­sas por sí so­lo por el mie­do tre­men­do que tie­nen a que su­fra, ya sea fí­si­ca o emo­cio­nal­men­te». A prio­ri, pa­re­ce una in­ten­ción más hu­ma­na que la que mue­ve a las ma­dres tigre, que quie­ren fa­bri­car hi­jos per­fec­tos pa­ra lu­cir­los en un mun­do de fie­ras.

«Los hi­jos de la ma­dre tigre ba­san su va­lía en su ren­di­mien­to. Yo he te­ni­do pa­cien­tes así, al­tos di­rec­ti­vos de éxi­to con la au­to­es­ti­ma por el sue­lo —cuen­ta la ex­per­ta—. Pe­ro no te en­ga­ñes, es igual de egoís­ta ser una ma­dre he­li­cóp­te­ro que una ma­dre tigre. Por­que en am­bas hay un pro­ble­ma de fon­do, el que tie­nen tam­bién las ne­gli­gen­tes: la ne­ce­si­dad de es­tas ma­dres de com­pen­sar una ca­ren­cia a tra­vés de sus hi­jos».

El ob­je­ti­vo, la ma­ter­ni­dad de­mo­crá­ti­ca. ¿Có­mo se ejer­ce? «Po­nien­do lí­mi­tes pe­ro sin mi­nar la au­to­es­ti­ma del ni­ño, ha­cién­do­le sen­tir ‘Te quie­ro por lo que eres, in­con­di­cio­nal­men­te’». ¿Có­mo se re­co­no­ce? «En los hi­jos. Son ni­ños con per­so­na­li­dad. Sue­len te­ner au­to­es­ti­ma. Y un ni­ño que cre­ce con sa­na au­to­es­ti­ma no tie­ne nin­gu­na ne­ce­si­dad es­pe­cial. Sien­te que es­tán to­das cu­bier­tas».

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