SU CAR­TA DE RE­YES

NO ES ILU­SIÓN DE JU­GUE­TE, es ma­gia de ver­dad. Ellos han de­ja­do atrás la in­fan­cia, sin per­der las bue­nas cos­tum­bres por Na­vi­dad. «Que­ri­dos Re­yes, yo co­mo soy tan bueno os pi­do unas ro­di­llas nue­vas y una die­ta rá­pi­da de adel­ga­zar», es­cri­be Ju­lio. Es­to es co

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: ANA ABE­LEN­DA

HAN DE­JA­DO DE SER NI­ÑOS, PE­RO LA SI­GUEN ES­CRI­BIEN­DO

Co­mo buen chi­co que es, aún no ha de­ja­do de es­cri­bir y en­viar su car­ta de de­seos a los Ma­gos de Orien­te por Na­vi­dad. Tie­ne 70 años, de pre­fe­ri­do a Mel­chor («Me es más agra­da­ble», di­ce) y la ilu­sión de los 6 años. «Yo me sien­to co­mo un ni­ño, y co­mo he si­do bueno, pi­do co­sas a los Re­yes, cla­ro», ar­gu­men­ta Ju­lio Es­tra­da, a pun­to de echar su mi­si­va real. La tra­di­ción es la tra­di­ción y tie­ne ma­ne­ras pro­pias que son ley en ca­da ho­gar. La car­ta de Re­yes de los Es­tra­da ha te­ni­do siem­pre un per­fil fa­mi­liar. «En mi ca­sa siem­pre se hi­zo la car­ta pi­dien­do pa­ra to­da la fa­mi­lia», cuen­ta. «Cuan­do éra­mos ni­ños, en ca­sa de mis pa­dres pe­día­mos pa­ra ellos, pa­ra los abue­los y pa­ra to­dos los her­ma­nos. Y aho­ra yo pi­do pa­ra la ya­ya, que es mi sue­gra, pa­ra mi mu­jer, Ana; pa­ra mis hi­jas Ana, Mayte e Isa, y pa­ra sus fa­mi­lias. Pa­ra mis cua­tro nie­tos, ju­gue­tes. Pa­ra mis her­ma­nos, sa­lud», em­pie­za Ju­lio a re­la­tar. Veo la ilu­sión de su pu­ño y le­tra cur­si­va en la car­ta que nos mues­tra: «Yo co­mo soy tan bueno os pi­do: unas ro­di­llas nue­vas y una die­ta rá­pi­da de adel­ga­zar. Pa­ra la ya­ya mu­cha SA­LUD. Pa­ra mi mu­jer, mu­cha PA­CIEN­CIA...». Y al­go más.

Con una ilu­sión a prue­ba de fies­tas y nie­tos, Ju­lio aún se acuer­da de lo pri­me­ro que les pi­dió a los Re­yes, ha­ce unos 65 años, cuan­do les em­pe­zó a es­cri­bir. «Siem­pre pe­día­mos el ca­mión de ma­de­ra y el fuer­te. Tam­bién in­dios y va­que­ros de plás­ti­co», di­ce. «El fuer­te era de ma­de­ra-ma­de­ra, con cla­vi­tos y to­do, ja­ja­ja», apun­ta­la un re­cuer­do ju­gue­tón de la in­fan­cia quien aún pue­de ver, y ha­cer­nos ver en sus pa­la­bras, dón­de es­ta­ban los pa­jes reales en A Co­ru­ña en otro tiem­po. Uno en El Bazar de Pe­pe, otro en el Bazar Es­tra­da (am­bos en la Ca­lle Real), y otro en El Po­te de Juan Fló­rez («don­de hoy es­tá el ho­tel»). «Ahí es­ta­ban los pa­jes reales y los bu­zo­nes pa­ra echar las car­tas a los Re­yes. Los pa­jes des­apa­re­cie­ron y aho­ra hay un ca­me­llo con un bu­zón en el Obe­lis­co, que es don­de yo echo mi car­ta», des­cu­bre. Le se­gui­mos. Es­te año, Ju­lio se en­co­mien­da a Mel­chor, Gas­par y Bal­ta­sar sa­bien­do, co­mo siem­pre, que una cor­ba­ta y una co­lo­nia cae­rán. «Los úl­ti­mos años no he pe­di­do mu­chas co­sas ma­te­ria­les... Más bien, pi­do te­mas de sa­lud, suer­te y tra­ba­jo, que sé que es di­fí­cil de traer», ad­mi­te. Pe­ro sus de­seos aquí es­tán, fir­mes so­bre el pa­pel, con­fian­do en ha­cer­se reali­dad.

¿Es de los que se en­fa­dan si los Re­yes no cum­plen, si no le traen lo que se es­fuer­za en pe­dir por es­cri­to? (Yo me que­dé con la es­pi­na del ar­ma­rio de la Nancy y del Mo­to Cross, que, por cier­to, le tra­je­ron a un ve­cino, y co­noz­co a más de un adul­to que se dis­gus­ta si en el za­pa­to no apa­re­ce el día 6 el li­bro pe­di­do). «No, no, yo no me en­fa­do, soy de los que se con­for­man...», afir­ma Ju­lio. El car­bón le ha caí­do al­gu­na vez, que con tan­ta Na­vi­dad a la es­pal­da a ver quién re­sis­te un año y otro por­tán­do­se bien. «De pe­que­ño me traían car­bón dul­ce», con­fie­sa. ¿So­lo de ni­ño? «Es que de ma­yor me hi­ce bueno», ase­gu­ra.

El ME­JOR RE­GA­LO, UN 600

Cuan­do Ju­lio era pe­que­ño, los re­ga­los de Re­yes apa­re­cían el día 6 en el so­fá del sa­lón. «Te­nía­mos que abrir la puer­ta de la ha­bi­ta­ción to­dos a la vez, no po­día­mos abrir­la has­ta que mis pa­dres nos de­ja­ban. En­ton­ces, abría­mos la puer­ta to­dos jun­tos y se pro­du­cía un ‘Oooooooh’», re­cuer­da rien­do. Hoy los Re­yes de­jan en su ca­sa, pa­ra ale­gría de los nie­tos, un ras­tro de glo­bos de co­lo­res.

El re­ga­lo más es­pe­cial que a Ju­lio le echa­ron los Ma­gos en 70 años fue un Seat 600. «¡Un 600 de ver­dad, no de ju­gue­te!», acla­ra. «De­bió de ser en el año 72 y no me lo es­pe­ra­ba». Fue una sor­pre­sa ver a pie de ár­bol las lla­ves del co­che «que es­pe­ra­ba apar­ca­do en la ace­ra de en­fren­te».

Él se afe­rra con la fuer­za gran­de de un ni­ño a una Na­vi­dad con Re­yes y na­ci­mien­to. «Yo fui el que com­pró las úl­ti­mas fi­gu­ri­tas de la tien­da La Poe­sía an­tes de ce­rrar», di­ce. Un ver­so.

¿Y Ju­lio, les de­ja al­go a los Re­yes? «Sí. Les de­jo una no­ta di­cien­do: ‘Buen via­je de vuel­ta. Os de­jo agua y pol­vo­ro­nes, y pa­ja pa­ra los ca­me­llos». Y los Re­yes Ma­gos no de­jan de ve­nir.

JU­LIO ES­TRA­DA

UN NI­ÑO GRAN­DE Yo a ellos siem­pre les de­jo una no­ta deseán­do­les un buen via­je de vuel­ta. Y tam­bién agua, pol­vo­ro­nes y pa­ja pa­ra los ca­me­llos”

FO­TO: ÁN­GEL MANSO

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