PA­DRE SO­LO HAY UNO

ELLOS SE ME­RE­CEN EL ME­JOR HO­ME­NA­JE

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - TEX­TO: SAN­DRA FAGINAS

Pa­blo es un pa­dre en­tre­ga­do des­de que tu­vo a sus hi­jas, Lau­ra, de 3 años, y Lu­cía, de año y me­dio. Sa­be que es­tá en ese mo­men­to en que hay que echar­les to­das las ma­nos y to­dos los ojos a es­tas dos ni­ñas que, en cuan­to les de­ja, se suben en­ci­ma de él. Las atien­de a dia­rio, las lle­va al co­le, les ha­ce la co­mi­da, va a ju­gar con ellas al par­que y se en­car­ga de to­das esas aten­cio­nes y cui­da­dos que vie­nen con es­te ofi­cio. «Cla­ro que me ocu­po de mis hi­jas, es lo nor­mal, ¿no?», res­pon­de con na­tu­ra­li­dad sin qui­tar­le ni un so­lo mé­ri­to a su mu­jer, Ana, que a su la­do con­fir­ma que Pa­blo y ella se re­par­ten los pa­pe­les des­de que es­tán jun­tos.

«Yo no me acuer­do de la úl­ti­ma vez que plan­ché —di­ce—, sue­le ha­cer­lo él». Co­mo los dos tra­ba­jan y Pa­blo pue­de va­riar su turno de ma­ña­na o tar­de, de­pen­dien­do de ese ho­ra­rio, él asu­me unas u otras ta­reas do­més­ti­cas in­dis­tin­ta­men­te, pe­ro que na­die le ro­be tiem­po con sus hi­jas. «Yo ten­go al­gu­nos com­pa­ñe­ros que, si pue­den, se es­ca­quean, pe­ro yo no en­tien­do otra ma­ne­ra de ser pa­dre si no es aten­dien­do a tus hi­jos. Si de­ci­des te­ner­los, y so­bre to­do a nues­tra edad, con más de 30 años, ya sa­bes lo que te to­ca. A mí me de­cían ‘apro­ve­cha aho­ra pa­ra dor­mir, que lue­go no vas a po­der, y to­das esas co­sas’, que lue­go re­sul­ta­ron ser cier­tas. Avi­sa­dos es­tá­ba­mos, pe­ro qui­si­mos y en es­ta fa­se lo que nos to­ca es es­to», ase­gu­ra Pa­blo. Por­que, ade­más, en su ca­so se cum­plió: des­de que tu­vie­ron a las ni­ñas no han vuel­to a dor­mir una no­che se­gui­da. «Lu­cía, la más pe­que­ña, se des­pier­ta siem­pre, mien­tras Ana le cam­bia el pa­ñal, yo le ha­go el bi­be­rón; pe­ro Lau­ra de be­bé aún durmió peor, te­nía­mos que le­van­tar­nos con ella dos o tres ve­ces de ma­dru­ga­da», apun­ta es­te pa­dre que se re­co­no­ce tam­bién so­bre­pa­sa­do. «Hay mo­men­tos en que eres tú el que fre­na por­que ves a tu mu­jer fa­tal, y al re­vés, hay otros en que si no fue­ra por ella yo me vol­ve­ría lo­co. Hay que so­plar, res­pi­rar y ti­rar pa­ra ade­lan­te». Pa­blo se da ma­ña con la co­ci­na y to­das las pa­pi­llas que le echen –«a ver, es jun­tar­lo to­do y ba­tir», di­ce re­suel­to-, pe­ro en lo que no se da­ría un pre­mio (ni si­quie­ra una men­ción) es en pei­nar­las. «Ahí

PA­BLO

(PA­DRE, 35 años)

LAU­RA Y LU­CÍA

(HI­JAS, 3 y 1 años)

Cla­ro que me ocu­po a dia­rio de mis hi­jas. Es lo nor­mal, ¿no? Pa­ra mí ja­más son una car­ga”

sí que no pue­do sa­car pe­cho», bro­mea quien tan­to un día co­ge el ta­la­dro, co­mo se po­ne a co­ci­nar pes­ca­do («es lo que se me da me­jor; eso y co­lo­car el pa­pel pin­ta­do») o pa­sa el as­pi­ra­dor. «Yo no ten­go pro­ble­ma con na­da, si hay que ha­cer­lo se ha­ce», res­pon­de ro­tun­do.

«NO ES UNA OBLI­GA­CIÓN»

Cuan­do le di­go que es un «cho­llo», su mu­jer se ríe por­que a lo nor­mal no le da nin­gún mé­ri­to: «Yo lo co­no­cí así, ja­más tu­ve que exi­gir­le na­da ni tam­po­co or­ga­ni­zar na­da, nun­ca le he vis­to un ges­to ma­chis­ta, y el re­par­to de ta­reas ha si­do siem­pre fá­cil, se­gui­mos una má­xi­ma: ‘Lo que me da tiem­po’.

Lau­ra y Lu­cía sue­len co­mer en el co­le y en la guardería, así que el me­dio­día es más fá­cil pa­ra ellos, pe­ro en ru­ti­na, si Pa­blo es­tá de ma­ña­na, se en­car­ga de re­co­ger­las, dar­les la me­rien­da, sa­lir con las dos al par­que («o so­bre­vi­vir en un cen­tro co­mer­cial») y ba­ñar­las. Si es­tá de tar­de, en­ton­ces apro­ve­cha la jor­na­da, des­pués de lle­var­las al co­le­gio, pa­ra las ta­reas do­més­ti­cas. «Yo no lo veo co­mo una obli­ga­ción —se­ña­la— pa­ra mí se­ría ver­gon­zo­so que mi pa­re­ja me tu­vie­ra que de­cir ‘haz es­to o lo otro’, yo no es­toy obli­ga­do a cui­dar­las, no lo sien­to una obli­ga­ción, son mis hi­jas y quie­ro es­tar con ellas. Ade­más, es una eta­pa que hay que apro­ve­char; no­so­tros so­mos los que he­mos de­ci­di­do te­ner­las, ¡có­mo van a ser una car­ga!». Eso sí, re­co­no­ce que pe­se a to­das sus des­tre­zas y a to­do su ca­ri­ño co­mo pa­dre, las dos ni­ñas ti­ran más a su ma­dre si es­tá ella pre­sen­te. «Ahí no hay du­da, en mo­men­tos de ra­bie­tas o de an­sie­dad, co­mo es­té ella, a mí no me quie­ren», se ríe. Aun­que cuan­do to­ca ju­gar —so­lo hay que ver­lo en la fo­to— tie­nen cla­ro tam­bién a quién eli­gen.

FO­TO: MAR­COS MÍGUEZ

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