Mi­guel tie­ne Án­gel

Mi­guel Án­gel es un au­tén­ti­co li­bro abier­to en el que des­cu­bres a un hom­bre fa­mi­liar, es­pi­ri­tual y em­pe­der­ni­da­men­te po­si­ti­vo. Na­da que ver con Jon, el per­so­na­je pro­ta­go­nis­ta de «Pre­sun­to cul­pa­ble». «En la se­rie no se me pue­de es­ca­par ni una son­ri­sa, pe­ro y

La Voz de Galicia (A Coruña) - Yes - - PORTADA - Mi­guel Án­gel Mu­ñoz

TEX­TO: NOELIA SILVOSA

de esa pin­ta de yerno ideal, Mi­guel Án­gel Mu­ñoz no es­con­de al tra­vie­so que siem­pre lle­vó den­tro. «En el co­le­gio cuan­do ha­bía que cul­par a al­guien, an­te la du­da, era: ‘¡Mi­guel Án­gel, al pa­si­llo!’», ex­cla­ma el ac­tor re­me­mo­ran­do su in­fan­cia, que trans­cu­rrió en­tre el pu­pi­tre y el set de ro­da­je. A sus 35, no es­con­de su ins­tin­to pa­ter­nal, aun­que pien­sa si­len­ciar­lo has­ta den­tro de unos años: «Me en­can­tan los ni­ños, pe­ro siem­pre he pen­sa­do que cuan­to más tar­de pue­da for­mar la fa­mi­lia, mu­chí­si­mo me­jor». Mien­tras tan­to, triun­fa con se pre­pa­ra pa­ra ro­dar con Gar­ci, «un sue­ño cum­pli­do».

Pre­sun­to cul­pa­ble y —En­ho­ra­bue­na por la aco­gi­da de «Pre­sun­to Cul­pa­ble». ¿Con­ten­to? —Mu­chas gra­cias. Sí, sú­per, sú­per con­ten­to. Es un pro­yec­to muy es­pe­cial, muy im­por­tan­te, con un per­so­na­je que es muy, muy pro­ta­go­nis­ta, por­que a par­tir de él se cuen­ta to­do. Y si en­ci­ma el pú­bli­co res­pon­de, la crí­ti­ca es bue­na, los co­men­ta­rios en re­des so­cia­les son bue­ní­si­mos y so­mos lí­de­res de au­dien­cia, pues ima­gí­na­te. Es­ta­mos su­per­con­ten­tos. —Siem­pre te ve­mos son­rien­do, pe­ro en la se­rie te po­nes se­rio. Es­to de ser un «Pre­sun­to cul­pa­ble» no se lle­va bien, ¿no? —No, y qué bien, es lo que más me di­vier­te de mi tra­ba­jo, que los per­so­na­jes que ten­ga que in­ter­pre­tar di­fie­ran mu­cho de có­mo yo soy en mi vi­da, aun­que lle­van gran par­te de mí por­que ca­da uno tie­ne que bus­car en sus zo­nas más os­cu­ras pa­ra in­ter­pre­tar a un per­so­na­je tan os­cu­ro co­mo el de Jon. En ese as­pec­to nos pa­re­ce­mos muy po­co. Pe­ro yo, si me ves en el ro­da­je, lle­vo una son­ri­sa per­pe­tua. Cla­ro que en la se­rie no se me pue­de es­ca­par ni una, por­que soy un apes­ta­do den­tro del pue­blo don­de na­cí, me crie y tu­ve éxi­to, e in­clu­so mi fa­mi­lia no me so­por­ta.

—¿Al­gu­na vez te echa­ron el muer­to? —Sí, pe­ro por otros mo­ti­vos. Yo en los co­le­gios a los que he ido, que han si­do bas­tan­tes por­que nos cam­bia­mos va­rias ve­ces de do­mi­ci­lio, sí que he si­do muy tra­vie­so. No ma­lo, pe­ro sí tra­vie­so. Pe­ro cuan­do te po­nen el sam­be­ni­to, lla­mas de­ma­sia­do la aten­ción y no se sa­be quién ha si­do y hay que cul­par a al­guien, ese se lle­va el ga­to al agua. Y muuu­chas ve­ces era yo. Hay que de­cir que mu­chos días lle­va­ban ra­zón, eso tam­bién es cier­to, pe­ro ha ha­bi­do otras tan­tas que ya, sin pre­gun­tar, an­te la du­da, era: «Mi­guel Án­gel, al pa­si­llo, cas­ti­ga­do y ya ve­re­mos qué pa­só». —Pues en­ga­ñas, tie­nes más pin­ta de for­ma­li­to. —Pe­ro es que una co­sa no qui­ta la otra. Yo qui­zás siem­pre he si­do más ma­du­ro y for­mal de lo que me co­rres­pon­día por edad, y muy res­pon­sa­ble. El he­cho de em­pe­zar a tra­ba­jar en un mun­do de ma­yo­res con diez años hi­zo que tu­vie­se que ma­du­rar en cier­tos as­pec­tos de la vi­da mu­cho an­tes que los ni­ños de mi edad. Yo con 10 años me te­nía que le­van­tar a las seis y me­dia o sie­te de la ma­ña­na con mi tex­to apren­di­do e ir adon­de me de­cían, que era a ma­qui­lla­je, a ves­tua­rio, es­tar­me quie­to, no per­der­me por ahí... De los 10 a los 18 yo tra­ba­ja­ba y es­tu­dia­ba, y mis pa­dres so­lo me de­ja­ban ha­cer un pro­yec­to al año pa­ra po­der lle­var el cur­so. —Fue­ra del tra­ba­jo ya era otra his­to­ria. —Sí, ahí era muy pro­fe­sio­nal, pe­ro en el co­le era un ni­ño más. Y de ese ni­ño más los ha­bía más for­ma­li­tos, los que lle­va­ban to­dos los días los de­be­res, no co­pia­ban, no lla­ma­ban mu­cho la aten­ción... Pe­ro yo no era de esos, yo era de los otros. Me di­ver­tía mu­cho más jun­tar­me con los tra­vie­sos. —Me con­ta­ron que en el ro­da­je or­ga­ni­za­bas jue­gos pa­ra to­dos, pa­ra crear equi­po. ¿Eres muy an­fi­trión? —Sí. A mí pri­me­ro me gus­ta mu­cho com­par­tir la vi­da en gru­po, y ju­gar. Yo en mi ca­sa ten­go un mon­tón de jue­gos de me­sa, más de cien. Y me di­vier­te mu­cho más ese plan de co­ci­nar al­go pa­ra mis ami­gos y lue­go echar unas par­ti­das, que es­tar in­ten­tan­do char­lar en una dis­co­te­ca con la mú­si­ca a to­do vo­lu­men. Eso no sig­ni­fi­ca que no sal­ga, que tam­bién sal­go, pe­ro ese otro plan al­ter­na­ti­vo me di­vier­te qui­zás más. Y cuan­do voy a un ro­da­je de una pe­lí­cu­la o de una se­rie, me lle­vo un kit de jue­gos pa­ra que a to­dos los que les ape­tez­ca pue­dan unir­se des­pués de los ro­da­jes. Es ade­más co­mo una es­pe­cie de te­ra­pia de gru­po, so­bre to­do pa­ra los ac­to­res, pa­ra co­no­cer­nos más. Me di­vier­te mu­cho ser an­fi­trión y sen­tir­me ca­pi­tán de equi­po. —Cuén­ta­me qué es eso de una es­ce­na de se­xo ver­ti­cal. Creo que hu­bo va­rios in­ten­tos... —¡Ja, ja! Cuan­do ha­ces una es­ce­na en la ca­ma y es­tás tum­ba­do en ella, nor­mal­men­te pa­ra te­ner un plano ce­ni­tal, des­de arri­ba, se po­nen unas grúas y se co­lo­ca la cá­ma­ra en­ci­ma con un ope­ra­dor subido a una es­ca­le­ra, y des­de ahí se gra­ba. Pe­ro en otras oca­sio­nes, cuan­do el plano no es tan im­por­tan­te, por­que igual es so­lo un plano y no una se­cuen­cia en­te­ra o no se va tan bien de tiem­po, lo que se ha­ce es que se fal­sea la ca­ma con­tra la pa­red y se po­ne en po­si­ción ver­ti­cal. En vez de es­tar la ca­ma en el sue­lo y tú tum­ba­do, el col­chón se apo­ya en la pa­red y tú es­tás

de pie apo­ya­do. Si po­nes la cá­ma­ra en fren­te es co­mo si es­tu­vie­se to­do tum­ba­do, y no, es­tás apo­ya­do en la pa­red. Es muy di­fí­cil dar­se la vuel­ta, por­que te ríes un mon­tón y cuan­do ves el plano pa­re­ce que es­tás flo­tan­do. —Va­mos, que en­tre man­te­ner el equi­li­brio, la cá­ma­ra de­lan­te, que si flo­tas o si no flo­tas, de­be ser un show. To­do lo con­tra­rio al re­sul­ta­do, ¿no? —Efec­ti­va­men­te, cuan­do nos ima­gi­na­mos có­mo se rue­dan es­tas es­ce­nas la gen­te pien­sa que in­clu­so te lo pa­sas bien, que son ex­ci­tan­tes y de­más... To­do lo con­tra­rio. La mi­tad de las ve­ces te mue­res de la ri­sa, y la otras, de la ver­güen­za. —En cual­quier ca­so, te ha­ya cos­ta­do más o me­nos esa es­ce­na, fle­xi­ble eres. ¡Me­nu­das fo­tos ha­cien­do yo­ga cuelgas en Ins­ta­gram! —Ja, ja, me en­can­ta có­mo hi­las una co­sa con la otra, ha­cer se­xo con una pos­tu­ra de yo­ga. Pues mi­ra, fle­xi­bi­li­dad no te­nía na­da, por­que cuan­do era mu­cho más jo­ven, a la vez que es­tu­dia­ba y tra­ba­ja­ba, ju­ga­ba al fút­bol. Ha si­do mi pa­sión, in­clu­so ju­ga­ba en el Real Ma­drid y lo de­jé pa­ra ha­cer una pe­lí­cu­la. Cuan­do jue­gas al fút­bol no tie­nes esa fle­xi­bi­li­dad, me cos­tó mu­cho ga­nar­la, y al­gu­na que otra le­sión me hi­ce cuan­do es­ta­ba en Un pa­so ade­lan­te. Ahí es­tu­ve pre­pa­rán­do­me ocho ho­ras al día du­ran­te tres me­ses pa­ra po­der ac­ce­der a las audiciones de bai­le y lue­go, du­ran­te la se­rie y a di­fe­ren­cia de mis com­pa­ñe­ros, co­mo yo me sen­tía en in­fe­rio­ri­dad, se­guí tra­ba­jan­do mu­chí­si­mo. El bai­le y el yo­ga ha­ce que a mis 35 to­da­vía sea muy fle­xi­ble. —Más allá del cuer­po, le das mu­cha im­por­tan­cia a en­tre­nar la men­te. —Sí, me que­do mu­cho más con lo de cui­dar la men­te que con lo de cui­dar el cuer­po. Es cier­to que me con­si­de­ro un pri­vi­le­gia­do a ni­vel ge­né­ti­co, y nun­ca he te­ni­do pro­ble­mas de ali­men­ta­ción, de per­der ni de co­ger pe­so, que eso ayu­da mu­chí­si­mo. Y tam­bién ha­go de­por­te, pe­ro no lo ha­go pa­ra cui­dar la lí­nea. Lo ha­go por­que me di­vier­te mu­chí­si­mo. En lo que sí tra­to de po­ner­le mu­cha aten­ción, y lo ha­go des­de ha­ce 12 o 13 años, es a ha­cer te­ra­pia se­gui­do, a cui­dar del co­ra­zón, las emo­cio­nes, el al­ma... Ese sí que es mi gim­na­sio dia­rio. To­das las se­ma­nas in­ten­to ir, sin ex­cep­ción. Y me ayu­da qui­zás más cuan­do es­toy en mi me­jor mo­men­to y es­toy fe­liz, a se­guir tra­ba­jan­do y a dar­me cuen­ta de la suer­te que ten­go y

FO­TO: BER­NAR­DO DO­RAL

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