Aque­llos que des­pre­cia­mos

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Opinión -

Cuan­do Noam Chomsky sos­tie­ne que, si no creemos en la li­ber­tad de ex­pre­sión de aque­llos que des­pre­cia­mos, no creemos en la li­ber­tad de ex­pre­sión, se fi­ja en el de­re­cho del emi­sor del men­sa­je. Pe­ro, tam­bién exis­ten el de­re­cho del re­cep­tor y el de­re­cho de quien es ob­je­to del men­sa­je. Cuan­do unos ca­tó­li­cos in­te­gris­tas es­tam­pan en un au­to­bús el es­lo­gan: «Los ni­ños tie­nen pe­ne. Las ni­ñas tie­nen vul­va» des­pre­cian a mu­chos de los lec­to­res y a to­dos los tran­se­xua­les. Cuan­do unos tui­te­ros ateos fus­ti­gan y hos­ti­gan en la red a los au­to­res del men­sa­je, des­pre­cian a mu­chos in­ter­nau­tas y a to­dos los ca­tó­li­cos fun­da­men­ta­lis­tas. Ser de­fen­sor de la li­ber­tad de ex­pre­sión de aque­llos que apre­cia­mos, es fá­cil. Ser se­gui­dor de Chomsky, no lo es tan­to. Ser tran­se­xual es bas­tan­te más di­fí­cil que ser ca­tó­li­co o tui­te­ro.

La li­ber­tad de ex­pre­sión es­tá en la De­cla­ra­ción Uni­ver­sal de De­re­chos Hu­ma­nos y en la Cons­ti­tu­ción, pe­ro tam­bién en el Có­di­go Pe­nal, por­que el de­re­cho a ex­pre­sar­se no exi­me de la res­pon­sa­bi­li­dad y de la po­si­ble pe­na por el men­sa­je.

En es­te ca­so, el pro­ble­ma no es tan­to ga­ran­ti­zar la li­ber­tad de ex­pre­sión co­mo apo­yar­se en los que di­fun­den men­sa­jes que in­ci­tan a la dis­cri­mi­na­ción y apo­yar a una pla­ta­for­ma anacró­ni­ca y tra­di­cio­na­lis­ta, que na­ce y cre­ce de la mano de los seg­men­tos más reac­cio­na­rios de la so­cie­dad es­pa­ño­la (de­re­cha de la de­re­cha, je­rar­quía ecle­siás­ti­ca, Aso­cia­ción de Pa­dres Ca­tó­li­cos, Fo­ro de la Fa­mi­lia), a fuer­za de gri­tar en las ma­ni­fes­ta­cio­nes con­tra el ma­tri­mo­nio gay y de re­zar en las mi­sas de la pla­za de Co­lón. Así, tres quin­que­nios.

En el 2013, to­da­vía fue dis­tin­gui­da co­mo aso­cia­ción de uti­li­dad pú­bli­ca, con las co­rres­pon­dien­tes exen­cio­nes fis­ca­les, por el mis­mo mi­nis­tro que con­de­co­ró a la Vir­gen Ma­ría con la más al­ta dis­tin­ción po­li­cial. Aho­ra mu­chos se des­mar­can de esa pla­ta­for­ma. Pa­ra cap­tar adep­tos, tal vez ten­ga que sus­ti­tuir en el es­lo­gan los tér­mi­nos cul­tos (pe­ne, vul­va) por sus acep­cio­nes co­lo­quia­les más vul­ga­res.

Otras cam­pa­ñas han te­ni­do el mis­mo so­por­te: el au­to­bús. Ha­ce unos años, cir­cu­la­ban por Ma­drid y Barcelona los lla­ma­dos bu­ses ateos, con el men­sa­je: «Pro­ba­ble­men­te Dios no exis­te. De­ja de preo­cu­par­te y dis­fru­ta de la vi­da». Era una cam­pa­ña de aso­cia­cio­nes par­ti­cu­la­res de li­bre­pen­sa­do­res que ani­ma­ban a des­pren­der­se de los dog­mas. La li­ber­tad de ex­pre­sión fue apre­cia­da por ag­nós­ti­cos y ateos y fue des­pre­cia­da por obis­pos y evangélicos. Ha­ce unos años, cir­cu­la­ban por Va­len­cia au­to­bu­ses de trans­por­te ur­bano en cu­ya tra­se­ra po­día leer­se el men­sa­je: «He­llo, baby, tu ci­ta con el pla­cer». Era un anun­cio de ca­sas de ci­tas. La li­ber­tad de ex­pre­sión fue apre­cia­da por pro­pie­ta­rios de clu­bes de al­ter­ne y clien­tes y fue des­pre­cia­da por los tran­seún­tes que sos­pe­cha­ban que tras el anun­cio ha­bía tra­ta de blan­cas. To­dos tie­nen de­re­cho a ex­pre­sar­se, pe­ro te­ne­mos de­re­cho a des­pre­ciar a al­gu­nos.

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