«He con­se­gui­do ha­cer sar­di­nas fri­tas en con­ser­va, pe­ro aquí no las hay»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Economía -

Jo­sé Luis Cal­vo Pum­pi­do (Car­ba­llo, 1935), pre­si­den­te de ho­nor del gru­po con­ser­ve­ro Cal­vo, re­ci­bió el jue­ves en Ma­drid el pre­mio al Em­pren­de­dor del Año 2016 de EY, en­ti­dad que es lí­der mun­dial en ser­vi­cios de au­di­to­ría, fis­ca­li­dad, con­sul­to­ría y ase­so­ra­mien­to. Chi­cho Cal­vo ha si­do du­ran­te más de seis de­ce­nios el lí­der de la fa­mi­lia y de la com­pa­ñía. Cuan­do em­pe­zó en la em­pre­sa, es­ta te­nía 35 em­plea­das y ce­rra­ba en in­vierno. Ac­tual­men­te, tie­ne 5.100 tra­ba­ja­do­res, es la pri­me­ra con­ser­ve­ra es­pa­ño­la, la se­gun­da de Eu­ro­pa y la quin­ta del mun­do. A su edad, aún vi­ve con pa­sión el mun­do de la com­pa­ñía, sobre to­do su de­par­ta­men­to de I+D+i. —¿De dón­de vie­ne es­ta pa­sión? —Mi pa­dre tu­vo la vi­sión de de­jar­nos ju­gar a tra­ba­jar. En­ton­ces, to­dos los her­ma­nos pa­sa­mos por la fá­bri­ca. —¿Y cuan­do ju­ga­ban, so­ña­ban con que Cal­vo lle­ga­ría a ser tan gran­de? —A mí, mi vo­ca­ción por la fá­bri­ca se de­bió a que cuan­do es­ta­ba en los Je­sui­tas en Vi­go nos lle­va­ron a vi­si­tar Mas­só, que en­ton­ces era la me­jor fá­bri­ca de Eu­ro­pa, en Can­gas. Me cau­só im­pre­sión. A me­dia ma­ña­na, le da­ban un bo­ca­di­llo a la gen­te. Te­nía re­si­den­cias pa­ra los em­plea­dos solteros y ca­sas pa­ra los ma­tri­mo­nios. Era una em­pre­sa apo­ya­da por el ré­gi­men y te­nía mu­chas co­sas ade­lan­ta­das al tiem- Jo­sé Luis Cal­vo cum­pli­rá es­te mes de ju­lio 65 años en la con­ser­ve­ra car­ba­lle­sa.

po. Me en­tró ese de­seo de te­ner una pa­re­ci­da al­gún día. A par­tir de los 14 años me pa­sa­ba los ve­ra­nos en la fá­bri­ca. Me gus­ta­ba; era mi vo­ca­ción. Al ter­mi­nar la re­vá­li­da, a los cua­tro o cin­co días en­tré a tra­ba­jar en Cal­vo, el 2 de ju­lio de 1952, o sea que es­te ju­lio cum­plo 65 años en Cal­vo, aun­que aho­ra de otra for­ma. —¿Cuán­do se pro­du­jo el sal­to más gran­de en la em­pre­sa? —Cal­vo es una his­to­ria y hay que se­guir­le los pa­sos. Cuan­do en­tré a tra­ba­jar en la fá­bri­ca ha­bía 35 mu­je­res, cin­co hom­bres, un con­ta­ble, un au­xi­liar, mi pa­dre y yo. So­lo se tra­ba­ja­ba la sar­di­na. Em­pe­zá­ba­mos en ma­yo o ju­nio du­ra­ba la cam­pa­ña has­ta oc­tu­bre o no­viem­bre. Lue­go nos me­ti­mos a fi­le­tear an­choas, y lo ha­cía­mos muy bien. Des­pués lle­gó el bo­ni­to, pe­ro con los mé­to­dos que ha­bía era im­po­si­ble. En el año 65, mi pa­dre ya te­nía un pro­to­ti­po de

má­qui­na que ha­cía 65 o 70 la­tas por mi­nu­to. Y una vez pro­ba­da, ya se pa­só a 100. Aque­llo su­pu­so un an­tes y un des­pués en la con­ser­va de atún en Eu­ro­pa. A par­tir del in­ven­to de la má­qui­na, to­dos los fa­bri­can­tes me­dia­nos pu­die­ron ha­cer bo­ni­to y, lue­go, atún. Otro sal­to fue ha­cer­lo en la­ta re­don­da. Nos dio mu­cha fuer­za. Hi­ci­mos tam­bién la pri­me­ra cam­pa­ña en te­le­vi­sión y eso ya fue el des­pe­gue fi­nal. Ha­bía una so­la te­le­vi­sión, con un úni­co ca­nal, y to­do el mun­do te­nía que ver aque­lla pu­bli­ci­dad. —Je­sús Puen­te y Juan­jo Me­nén­dez, dos ac­to­res sin pe­lo, sa­lían con aque­llo de «Atún cla­ro, Cal­vo. Cla­ro, cal­vo». —Aque­llo ya fue el des­pe­gue. Un pas­mo. Pa­sa­mos de un co­no­ci­mien­to de mar­ca de un 15 % a más de un 90 % en dos se­ma­nas. —A us­ted le atri­bu­yen la in­ter­na­cio­na­li­za­ción de Cal­vo.

—Yo fui el que sa­lió. La pro­duc­ción de la flo­ta es­pa­ño­la ya no lle­ga­ba y me iba a com­prar a don­de es­ta­ba, por así de­cir­lo, la bol­sa del pes­ca­do, en Pa­na­má. Com­pra­ba 1.000 o 1.500 to­ne­la­das, las car­ga­ba en un bar­co y las traía. Es­tan­do allí, unos ar­ma­do­res me­xi­ca­nos me di­je­ron que ha­bía uno en Man­ta que ha­cía lo­mos de atún con­ge­la­do. Allá me fui. Me te­nían un lo­mo en­ci­ma de la me­sa, con­ge­la­do, em­pa­que­ta­do al va­cío. «Es­to se ha­ce en cual­quier si­tio, y ma­ña­na», me di­je. Na­da más lle­gar a ca­sa ya lo plan­teé y abri­mos la se­gun­da fá­bri­ca de lo­mos de atún del mun­do, en Ve­ne­zue­la. Hoy hay 1.500 o 2.000 en el mun­do. No sé cuán­tas hay. Y la se­gun­da la hi­ci­mos no­so­tros en Guan­ta. Aque­lla du­ró lo que du­ró; ya ve­mos las co­sas que pa­san en aquel país [Ve­ne­zue­la]. Lo aban­do­na­mos por­que allí no se po­día tra­ba­jar bien. La em­pre­sa aca­ba de vi­vir el 75 aniver­sa­rio. «No so­lo aquí. Lo ce­le­bra­mos tam­bién en Ma­drid, en El Sal­va­dor y en Bra­sil. Nues­tra gen­te va de un si­tio a otro y no en­cuen­tra na­da ra­ro por­que te­ne­mos la mis­ma for­ma de tra­ba­jar en to­dos los si­tios», cuen­ta. —¿Por cuán­to tiem­po Cal­vo per­ma­ne­ce­rá en ma­nos de la fa­mi­lia? —Hom­bre, eso ya de­pen­de de la ter­ce­ra ge­ne­ra­ción. Eso de­pen­de de ellos, y la vi­da da mu­chas vuel­tas. Nun­ca pue­des de­cir de es­te agua no be­be­ré, pe­ro, de mo­men­to, no pen­sa­mos. Hoy en día no pen­sa­mos en se­me­jan­te co­sa. Te­ne­mos el 60 %, nues­tro so­cio el 40 %, y co­mo es­ta­mos de­mos­tran­do que nos lle­va­mos bien, muy bien, e, in­clu­so, la flo­ta tam­bién es­tá dan­do be­ne­fi­cios... Pues mien­tras una co­sa va bien, ¿pa­ra qué cam­biar? Es­tá en ma­nos de la ter­ce­ra ge­ne­ra­ción. Tie­nes que pre­gun­tár­se­lo a mis so­bri­nos y a mi hi­jo, que son los que es­tán al fren­te. —¿Tar­da­rá mu­cho la com­pa­ñía en lle­gar a los 1.000 mi­llo­nes de fac­tu­ra­ción? —He­mos lle­ga­do a los 860. Si pien­sas que en el 2006 hi­ci­mos 300 y pi­co, he­mos cre­ci­do más del do­ble en es­te tiem­po, pe­ro yo es­pe­ro que sí se al­can­ce pron­to. Más di­fí­cil fue lle­gar a los 1.000 mi­llo­nes de pe­se­tas, y lle­ga­mos. Los 860 mi­llo­nes no los ha­ce cual­quie­ra. EL que más apor­ta al gru­po es Bra­sil, que ya no es una na­ción, es un con­ti­nen­te. —Di­ce que ya no es­tá en el día al día, pe­ro no pa­ra. —Hom­bre, si­go ha­cien­do co­si­tas, ex­pe­ri­men­tos e his­to­rias. He con­se­gui­do ha­cer sar­di­nas fri­tas en con­ser­va, pe­ro no se pue­de plan­tear aquí por­que, en pri­mer lu­gar, no hay sar­di­nas. Por San Juan lle­ga a cos­tar un eu­ro la uni­dad. Lue­go me voy a Bra­sil y es­toy en la fá­bri­ca pa­ra pen­sar en me­jo­ras y char­lar con ellos. Me pi­den que les en­se­ñe. Allí le di­mos un vuel­co a la téc­ni­ca que te­nían.

JO­SÉ MA­NUEL CA­SAL

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