RE­LO­JE­RO PON­TE­VE­DRÉS

«Los ma­yo­res, si que­dan sin re­loj, es co­mo los jó­ve­nes sin el mó­vil»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra - M.H.

Los Pan­chos o Luis Mi­guel se­rían felices en Pon­te­ve­dra. Ellos, en­tre mu­chos otros, pu­sie­ron voz a una pie­za del me­xi­cano Roberto Can­to­ral que in­sis­te en ha­blar­le a un re­loj: «Re­loj no mar­ques las ho­ras», su­pli­ca la can­ción. Y en la ciu­dad del Lé­rez, des­de lue­go, se cum­ple. Aquí, los re­lo­jes ca­lle­je­ros no mar­can las ho­ras. Al me­nos al­gu­nos de los más em­ble­má­ti­cos, co­mo los de la vie­ja ca­sa con­sis­to­rial, la Pe­re­gri­na o los cua­tro que tie­ne el Hos­pi­tal Pro­vin­cial. Esas má­qui­nas del tiem­po es­tán tan pa­ra­das co­mo ro­dea­das de cu­rio­si­da­des. Bas­ta de­cir que, en el ca­so del de la igle­sia, se lo­gra que dé las cam­pa­na­das bien, pe­ro no que las ma­ne­ci­llas va­yan al com­pás. «Las agu­jas van por su cuen­ta», re­co­no­ce Ra­fael Tá­boas, pre­si­den­te de la Co­fra­día de la Vir­gen de la Pe­re­gri­na.

Ra­fael es, en reali­dad, un en­tu­sias­ta del re­loj. Cuen­ta que la ma­qui­na­ria que tie­ne no es la primitiva y que la an­ti­gua es­tá ex­pues­ta en una vi­tri­na en la igle­sia. A él le gus­ta­ría que el re­loj de­ja­se de mar­car pe­ren­ne­men­te las sie­te y me­dia de la tar­de. Pe­ro di­ce que de mo­men­to no po­drá ser: «Es­ta­mos en ne­go­cia­cio­nes con el Con­ce­llo, por­que la pro­pie­dad del re­loj es su­ya y que­re­mos re­cu­pe­rar­la pa­ra arre­glar­lo y po­ner­lo en mar­cha. Aho­ra vie­ne un téc­ni­co ca­da cier­to tiem­po, pe­ro no es su­fi­cien­te». El ar­qui­tec­to Cé­sar Por­te­la es otro aman­te del mun­do del re­loj. Di­ce que cuan­do reha­bi­li­tó el edi­fi­cio de Afun­da­ción tu­vo cla­ro que no se po­día re­ti­rar el que hay en lo al­to del edi­fi­cio: «Jun­to con el de A Pe­re­gri­na y el de la ca­sa con­sis­to­rial for­ma­ban el trián­gu­lo de re­lo­jes pú­bli­cos em­ble­má­ti­cos de la ciu­dad, no po­día­mos sa­car­lo». La má­qui­na del tiem­po que alu­de Por­te­la es la úni­ca de las tres que fun­cio­na aho­ra.

El re­loj me­cá­ni­co de pén­du­lo de la vie­ja ca­sa con­sis­to­rial, que du­ran­te años man­tu­vo a ra­ja­ta­bla el ar­qui­tec­to En­ri­que Gar­cía Quin­te­la, que se ocu­pó de su man­te­ni­mien­to in­clu­so ya ju­bi­la­do, tam­bién se pa­ró pa­ra siem­pre ha­ce años. ¿Has­ta cuán­do? A pie de ca­lle pi­den que sea has­ta pron­to. «Se fi­ja to­do el mun­do en eso, no sé co­mo nues­tro al­cal­de que le gus­ta tan­to ver las ca­lles bo­ni­tas no re­pa­ró ya el re­loj», di­ce una ve­ci­na en­tra­da en años que sos­tie­ne que la úni­ca El re­loj del edi­fi­cio de A Fun­da­ción y el de la es­ta­ción de fe­rro­ca­rril sí fun­cio­nan. El re­loj del Con­ce­llo vie­jo es­tá pa­ra­do y el de A Pe­re­gri­na, aun­que se cam­bió la ma­qui­na­ria, tam­po­co va bien. El Pro­vin­cial, a la iz­quier­da, tie­ne cua­tro re­lo­jes, to­dos pa­ra­dos, y el pa­zo de Mu­gar­te­gui uno de sol.

ma­ne­ra «de sa­ber en qué ho­ra se vi­ve en Pon­te­ve­dra» es guiar­se por las cam­pa­na­das que da San­ta Ma­ría la Ma­yor ca­da se­sen­ta mi­nu­tos. Hay más ve­ci­nos que le dan la ra­zón. En la pa­rro­quia di­cen que so­lo las to­can en ho­ra­rio diurno y gra­cias a un sis­te­ma elec­tró­ni­co que las ac­cio­na.

Ni si­quie­ra el de la Xun­ta

Por no fun­cio­nar, en Pon­te­ve­dra ni fun­cio­na el mo­der­ní­si­mo re­loj que pu­so la Xun­ta en una de las pa­re­des del nue­vo edi­fi­cio ad­mi­nis­tra­ti­vo de Cam­po­lon­go, que mar­ca­ba la ho­ra a cen­te­na­res de fun­cio­na­rios y que ya no se mue­ve de las seis, pa­ra dis­gus­to de al­gu­nos. Con es­te pa­no­ra­ma, lle­gar tar­de en Pon­te­ve­dra de­be­ría es­tar jus­ti­fi­ca­do. ¿A qué se de­be­rá tan­to re­loj pa­ra­do? Qui­zás, a la can­ción de Luis Mi­guel y Los Pan­chos. Sí. Por­que ese te­ma, el «re­loj no mar­ques las ho­ras», fue du­ran­te años y años la can­ción fi­nal de ca­da no­che de un si­tio mí­ti­co de co­pas co­mo Ca­ra­bás. De tan­to can­tar­lo, se cum­plió.

En­trar a una ho­ra en pun­to en la re­lo­je­ría de Ja­vier Ló­pez es ca­si co­mo ir a un con­cier­to de música clá­si­ca. Em­pie­zan a to­car, sin tro­pe­zar unos con otros, co­mo si se pi­die­sen per­mi­so, dis­tin­tos re­lo­jes. Hay so­ni­dos de cu­co, hay me­lo­días clá­si­cas, hay cam­pa­na­das... to­da una de­li­cia pa­ra los oí­dos. Ja­vier, que lle­va des­de los quin­ce años en el ofi­cio, cuen­ta que ca­si to­dos esos re­lo­jes que sue­nan en las pa­re­des del ne­go­cio son de clien­tes, mu­chos de ellos ma­yo­res. Y re­fle­xio­na: «Los ma­yo­res si que­dan sin re­lo­jes es co­mo los jó­ve­nes sin el mó­vil. Les fal­ta al­go, sobre to­do a las per­so­nas que los tie­nen en ca­sa, los re­lo­jes de pa­red. Ellos quie­ren que sue­nen, y si no no pue­den dor­mir ni se

acos­tum­bran. Es una ma­ra­vi­lla», di­ce con son­ri­sa. Pe­ro la ca­ra ale­gre se le cam­bia cuan­do uno le pre­gun­ta por los re­lo­jes pú­bli­cos. «Eso sí que es una pe­na, me da ra­bia que no fun­cio­nen ni el de la Pe­re­gri­na ni el de la vie­ja ca­sa con­sis­to­rial. Esos re­lo­jes ne­ce­si­tan mu­cho man­te­ni­mien­to, co­mo mí­ni­mo hay que re­vi­sar­los una vez a la se­ma­na, y aten­der­los mu­cho en los cam­bios de tem­pe­ra­tu­ras y es­ta­cio­nes, por la di­la­ta­ción», re­ma­cha.

FO­TOS: CA­PO­TI­LLO Y RA­MÓN LEI­RO

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