«Aquí siem­pre vi­vi­mos con ries­go»

Com­par­ti­mos una jor­na­da tran­qui­la con los bom­be­ros de Lugo: una so­la sa­li­da cuan­do la me­dia son tres

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - A Fondo - JOR­GE CA­SA­NO­VA LUGO / LA VOZ

El pa­sa­do vier­nes, los bom­be­ros de Lugo que es­ta­ban de guar­dia, una do­ta­ción de seis pro­fe­sio­na­les, re­vi­sa­ron los vehícu­los, re­pa­sa­ron ma­nua­les, hi­cie­ron ejer­ci­cio fí­si­co, co­ci­na­ron y che­quea­ron par­te del ma­te­rial en­tre otras ta­reas ru­ti­na­rias. Fue un día atí­pi­co, por­que de su li­bro de par­tes se des­pren­de que la me­dia de in­ter­ven­cio­nes es de tres al día. Otros días no son tan có­mo­dos. Otros días se tie­nen que me­ter en un ga­ra­je sin luz y lleno de hu­mo con una man­gue­ra que en ese ca­so lla­man «lí­nea de vi­da» por­que es la úni­ca for­ma que tie­nen de re­gre­sar al ex­te­rior si se des­orien­tan; o se hun­de la plan­ta en que es­tán apa­gan­do el fue­go; o res­ca­tan a un con­duc­tor ago­ni­zan­te atra­pa­do en­tre los hie­rros de su vehícu­lo. Ser bom­be­ro pue­de ser có­mo­do, pe­ro tam­bién to­do lo con­tra­rio. To­do eso una vez ca­da cua­tro días; 24 ho­ras por turno; 1.300 eu­ros al mes.

En el cuer­po de guar­dia de los bom­be­ros de Lugo, seis fun­cio­na­rios co­men­tan co­mo es su día a día. Di­cen que, por ejem­plo, la UE re­co­mien­da un bom­be­ro ca­da mil ha­bi­tan­tes y que en Lugo son ya 100.000 para 42 bom­be­ros. Y eso que las co­sas han me­jo­ra­do bas­tan­te con la en­tra­da en ser­vi­cio en los úl­ti­mos años de los par­ques co­mar­ca­les. Ellos ya so­lo se en­car­gan de los lí­mi­tes de su mu­ni­ci­pio. Y no les fal­ta el tra­ba­jo. No hay fin de se­ma­na en el que no se que­men al­gu­nos con­te­ne­do­res. No hay tem­po­ral en el que no re­ti­ren ár­bo­les caí­dos por to­do el con­ce­llo... Y, co­mo en cual­quier ser­vi­cio de emer­gen­cias, los pro­to­co­los ayu­dan: «Pe­ro aquí hay un im­por­tan­te gra­do de im­pro­vi­sa­ción, por­que el aba­ni­co de si­nies­tros es muy va­ria­ble y con fre­cuen­cia nos en­fren­ta­mos a ca­sos que nun­ca ha­bía­mos vis­to. Aquí siem­pre vi­vi­mos con ries­go», di­ce uno de ellos.

¿Lo peor? el fue­go y las al­tu­ras. ¿Lo me­jor? Hay de­ba­te en­tre los seis bom­be­ros, pe­ro al fi­nal to­dos coin­ci­den cuan­do uno re­cuer­da a aquel ni­ño que se lan­zó a be­sar a uno de ellos el día que ex­tin­guie­ron un in­cen­dio en un hos­tal: «La gen­te te va­lo­ra cuan­do te ne­ce­si­ta», co­men­ta uno. Pe­ro no pue­den ne­gar que los cha­va­les to­da­vía eli­gen su pro­fe­sión cuan­do les pre­gun­tan qué van a a ser de ma­yo­res. Y allí lo ven cuan­do re­ci­ben las vi­si­tas de los co­le­gios.

Fal­sa alar­ma

Mien­tras char­la­mos en el cuer­po de guar­dia, sue­na el te­lé­fono y el en­car­ga­do to­ma no­ta del avi­so. Pro­nun­cia el nom­bre de la au­to­vía A6 y en un se­gun­do to­do el mun­do se ten­sio­na. Pe­ro el que es­tá al te­lé­fono fre­na la sa­li­da le­van­tan­do la mano. So­lo era para que tu­vie­ran co­no­ci­mien­to de que ha­bía un ob­je­to en la au­to­víal. El gru­po vuel­ve a sen­tar­se y la char­la con­ti­núa: «Aquí se con­vi­ve mu­cho», se­ña­la uno de los bom­be­ros. Así de­be ser, por­que en los tur­nos sue­len coin­ci­dir los mis­mos. ¿Y la fa­mi­lia, qué tal lo lle­va?: «Del ries­go no son cons­cien­tes —ex­pli­ca el ca­bo—. Y aquí tra­ba­ja­mos 24 ho­ras y li­bra­mos tres días. En las fa­mi­lias don­de hay bom­be­ros, son ellos los que crían a sus hi­jos».

Uno de los seis des­apa­re­ce: «Se ha ido a ha­cer la co­mi­da», acla­ran. Hoy to­ca lu­bi­na: «De pis­ci­fac­to­ría, ¿eh?» Se la pa­gan ellos a es­co­te pe­ri­co­te: on­ce eu­ros, con al­go para ce­nar: «No, piz­zas no. Te­ne­mos que co­mer sano». La for­ma fí­si­ca es muy im­por­tan­te, aun­que el gru­po re­co­no­ce que se es­tán ha­cien­do ma­yo­res; 46 años de me­dia. Las co­sas po­dían es­tar me­jor, pe­ro los lu­cen­ses es­tán se­gu­ros. Los bom­be­ros no se ca­rac­te­ri­zan por fa­llar. Eso sí, en 1992 ha­bía 55 y en 2017 so­lo hay 42.

En­tra­da la tar­de sí ha­brá un sa­li­da: abrir un do­mi­ci­lio don­de ha­ce días que no se sa­be na­da de la due­ña. Cuan­do van a des­ple­gar la es­ca­le­ra, apa­re­ce el ce­rra­je­ro. No hay que in­ter­ve­nir. Pe­ro, efec­ti­va­men­te, la se­ño­ra ha muer­to. Ga­jes del ofi­cio.

AL­BER­TO LÓ­PEZ

Un turno del cuer­po de bom­be­ros de Lugo, en un ejer­ci­cio para com­pro­bar el ma­te­rial en emer­gen­cias.

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