El tra­ba­ja­dor de ban­co que re­nun­ció a un em­pleo fi­jo pa­ra bus­car su si­tio

Fue ha­cien­do el Ca­mino Por­tu­gués cuan­do des­cu­brió que, en reali­dad, que­ría cam­biar ra­di­cal­men­te de vi­da

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - La Voz de Pontevedra - MA­RÍA HER­MI­DA

En­ri­que tie­ne una son­ri­sa tre­men­da­men­te tran­qui­li­za­do­ra. Sin ha­blar, so­lo son­rien­do, in­vi­ta a char­lar con él aunque no se le co­noz­ca de na­da. En­ri­que Ruiz Al­cá­zar, na­tu­ral de An­da­lu­cía pe­ro pon­te­ve­drés de adop­ción, ex­hi­be ese ges­to ama­ble en su ros­tro una tar­de cual­quie­ra en el ves­tí­bu­lo del al­ber­gue de pe­re­gri­nos de Pon­te­ve­dra, don­de lee un li­bro mien­tras es­pe­ra a que lle­guen hués­pe­des pa­ra aten­der­los. Re­sul­ta que él es vo­lun­ta­rio en es­te lu­gar. Pe­ro no es uno más. Lo di­ce su com­pa­ñe­ra tras el mos­tra­dor del al­ber­gue, Car­men, que in­sis­te: «Que te cuen­te cómo es que es­tá aquí, que se te po­nen los pe­los de pun­ta». Y por ahí em­pie­za la chá­cha­ra con En­ri­que. «Me hi­ce vo­lun­ta­rio del al­ber­gue por­que ne­ce­si­to te­ner con­tac­to con el Ca­mino de San­tia­go, por­que a mí me cam­bió la vi­da ha­cer el Ca­mino». Car­men, a su la­do, in­di­ca: «Es cier­to lo que di­ce, tie­ne una his­to­ria pre­cio­sa». Así que uno, sin to­mar asien­to si­quie­ra pe­ro con la son­ri­sa de En­ri­que co­mo aci­ca­te, le es­cu­cha sin pes­ta­ñear.

En­ri­que es de Jaén. Pe­ro no hay de­je an­da­luz en su ha­bla. Co­mo mu­cho, son los ver­bos com­pues­tos que uti­li­za los que de­la­tan que ga­lle­go no de­be ser. Se vi- no a Ga­li­cia ha­ce unos quin­ce años. Lo hi­zo por amor y sin bi­lle­te de vuel­ta, por­que aunque esa re­la­ción ter­mi­nó, él con­ti­nuó aquí. De he­cho, si­gue afin­ca­do en Pon­te­ve­dra. De pa­dre mé­di­co y ma­dre en­fer­me­ra, a él no le ti­ró la ra­ma sa­ni­ta­ria. En prin­ci­pio, lo su­yo eran los nú­me­ros. Es­tu­dió Em­pre­sa­ria­les. Y se em­pleó pri­me­ro en el sec­tor de la ven­ta de se­gu­ros y, lue­go, en una en­ti­dad ban­ca­ria, don­de lle­gó a te­ner un pues­to im­por­tan­te. Tra­ba­jó en A Co­ru­ña, A Guar­da y lue­go en Pon­te­ve­dra. Le fue real­men­te bien. Te­nía una nómina de 2.500 eu­ros. Te­nía un tra­ba­jo es­ta­ble, de ca­rác­ter fi­jo, que le per­mi­tía pa­gar su hi­po­te­ca y vi­vir có­mo­da­men­te, tal y co­mo él re­co­no­ce. ¿Le gus­ta­ba lo que ha­cía? «Su­pon­go que sí, tam­po­co me lo plan­tea­ba de­ma­sia­do. Era un buen tra­ba­jo, que me de­ja­ba tiem­po pa­ra ha­cer más co­sas, co­mo por ejem­plo es­tu­diar Psi­co­lo­gía por la UNED, al­go que me en­can­ta­ba. Y tam­po­co me plan­tea­ba mu­chas co­sas más».

Un sue­ño pre­mo­ni­to­rio

El ca­so fue que un día, cuan­do te­nía 36 años, sí lle­ga­ron los in­te­rro­gan­tes a su vi­da. Hu­bo una con­ver­sa­ción con una ami­ga so­bre la exis­ten­cia de se­ña­les o no que nos van di­cien­do si va­mos por el ca­mino co­rrec­to, un sue­ño muy in­ten­so en el que En­ri­que se veía co­mo un pe­re­grino... y mu­chas pre­gun­tas aso­mán­do­se por su vi­da. ¿Es­ta­ba, real­men­te, en el si­tio en el que que­ría es­tar? ¿Era fe­liz? Qui­zás pa­ra in­ten­tar res­pon­der­se a sí mis­mo, En­ri­que se lan­zó en so­li­ta­rio a ha­cer el Ca­mino de San­tia­go, la ru­ta fran­ce­sa con­cre­ta­men­te. Di­ce que ahí «em­pe­zó la trans­for­su En­ri­que, en su ca­sa, con la mochila con la que hi­zo el Ca­mino que cam­bió pa­ra siem­pre su vi­da.

Es na­tu­ral de Jaén. Es­tu­dió en los Ma­ris­tas y lue­go hi­zo Em­pre­sa­ria­les. Se vino a Ga­li­cia ha­ce unos quin­ce años.

Pri­me­ro es­tu­dió Em­pre­sa­ria­les y lue­go Psi­co­lo­gía. Ad­qui­rió for­ma­ción en nu­me­ro­sas cues­tio­nes co­mo bio­dan­za, reiki o bio­neu­ro­emo­ción.

Era ban­ca­rio, sub­di­rec­tor de una ofi­ci­na. Lo de­jó y es psi­có­lo­go.

ma­ción». No ha­bía pre­pa­ra­do las ca­mi­na­tas, así que tu­vo al­gu­nos pro­ble­mas fí­si­cos. Pe­ro, real­men­te, lo que re­cuer­da de su pe­re­gri­na­ción no son ni las am­po­llas ni otras le­sio­nes mus­cu­la­res. Es su cam­bio in­te­rior: «Su­pon­go que em­pe­cé a con­fiar en la vi­da. Y eso, la con­fian­za, es lo que ha­ce que pier­das tus mie­dos y te per­mi­tas re­plan­tear­te mu­chas co­sas. Me fui dan­do cuen­ta de que es­ta­ba en­cor­se­ta­do y de que no era eso lo que yo que­ría».

Lle­gó del Ca­mino de San­tia­go con la de­ci­sión to­ma­da de cam­biar de vi­da. Pa­ra em­pe­zar, de­jó

tra­ba­jo. Adiós a su nómina, a su em­pleo fi­jo, al di­ne­ro se­gu­ro pa­ra pa­gar la hi­po­te­ca. Di­ce que no tu­vo mie­do. Que lo hi­zo con la se­gu­ri­dad de que la vi­da le trae­ría co­sas bue­nas. Lo cuen­ta son­rien­do y uno no pue­de de­jar de pre­gun­tar­le: ¿lo ha­bría he­cho igual si tu­vie­se hi­jos que de­pen­die­sen de él? «Es di­fí­cil sa­ber­lo. Su­pon­go que es más fá­cil así, sin te­ner hi­jos, pe­ro to­do es­tá en la con­fian­za con la que uno ha­ga las co­sas», in­di­ca. Lue­go, ex­pli­ca en qué se con­vir­tió su día a día des­de en­ton­ces, por­que ya pa­só un tiem­po pru­den­cial des­de su cam­bio ra­di­cal.

Se em­pleó a fon­do en su for­ma­ción. Tal y co­mo re­su­me en una pá­gi­na web de nom­bre bien elo­cuen­te —www.per­mi­tien­do­me.com—, se for­mó en ma­te­rias co­mo la bio­neu­ro­emo­ción, el reiki, las cons­te­la­cio­nes fa­mi­lia­res o la bio­dan­za... Y co­men­zó lue­go a ejer­cer co­mo te­ra­peu­ta, aunque a él esa pa­la­bra no le aca­ba de con­ven­cer. Así em­pe­zó a ha­cer se­sio­nes par­ti­cu­la­res pe­ro tam­bién a im­par­tir nu­me­ro­sos cur­sos con tí­tu­los bien lla­ma­ti­vos co­mo Amar­me en pa­re­ja, Amar lo que es o La vi­da es un cuen­to.

In­sis­te él en que su nue­va tra­yec­to­ria pro­fe­sio­nal aún es­tá des­pe­gan­do. Y que es­pe­ra que el 2017 sea un año de con­so­li­da­ción. Lo di­ce con la mis­ma son­ri­sa con la que em­pe­za­ba a ha­blar, con pa­la­bras cal­mo­sas y lle­nas de op­ti­mis­mo, co­mo cuan­do cuen­ta que, en reali­dad, «hay un guion es­ta­ble­ci­do pa­ra ca­da uno, hay que dar­le con­fian­za a la vi­da». Lue­go, char­la con ilu­sión de un nue­vo cur­so que es­tá a pun­to de im­par­tir, es­te so­bre el amor en la pa­re­ja... Uno le pre­gun­ta si ha­bla con co­no­ci­mien­to de cau­sa, o si se da la pa­ra­do­ja de que en­se­ña so­bre el amor ro­mán­ti­co sin es­tar enamo­ra­do. Su son­ri­sa se con­vier­te ca­si car­ca­ja­da y apos­ti­lla: «Ten­go pa­re­ja, la ver­dad sea di­cha. Su­pon­go que en ca­da mo­men­to ha­ces lo que te pi­de tu cuer­po y tu men­te y si es­tu­vie­se en un mo­men­to per­so­nal dis­tin­to no po­dría dar es­te cur­so. Al me­nos eso creo».

In­sis­te en dis­fru­tar del mo­men­to. En ser cons­cien­te del aho­ra. En re­plan­tear­se las re­glas del jue­go. Y re­ma­cha an­tes de des­pe­dir­se: «No co­noz­co a na­die que cam­bia­se de vi­da con­ven­ci­do de ha­cer­lo y se arre­pin­tie­se».

CA­PO­TI­LLO

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