Una lu­cen­se, ho­me­na­jea­da por Seat co­mo pio­ne­ra en el sec­tor del au­to­mó­vil

En­tró en 1969, con 20 años, cuan­do fa­bri­ca­ban el Seat 600, y se ju­bi­ló con el Al­tea, que aho­ra con­du­ce

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Portada - DO­LO­RES CELA LU­GO / LA VOZ

Áu­rea Ló­pez Fouce, na­tu­ral de Marei (Corgo), se subió al tren en Lu­go en 1962, con 14 años, y cuan­do lle­gó a Bar­ce­lo­na con su her­ma­na, dos días des­pués, ya te­nía 15. A esa edad em­pe­zó a tra­ba­jar en una sas­tre­ría de apren­di­za y al cum­plir los 20 años fue una de las pri­me­ras mu­je­res que se in­cor­po­ró a la lí­nea de mon­ta­je de Seat. In­gre­só en la sec­ción de ta­pi­ce­rías, desde la que fue as­cen­dien­do has­ta con­ver­tir­se en la pri­me­ra en­car­ga­da, la úni­ca du­ran­te mu­chos años, en un cen­tro de tra­ba­jo do­mi­na­do por hom­bres.

Cuan­do la lla­ma­ron de re­cur­sos hu­ma­nos pa­ra pro­po­ner­le que acu­die­ra ayer, Día de la Mu­jer Tra­ba­ja­do­ra, a la fá­bri­ca, pa­ra re­en­con­trar­se con sus an­ti­guos com­pa­ñe­ros, en­tre ellos Sara Gil, una jo­ven de 26 años que lle­va 8 en el ta­ller de mon­ta­je, le co­men­tó a su ma­ri­do: «¿Es que ya no sa­ben ha­cer los co­ches sin mí?».

La lu­cen­se en­tró en la plan­ta de Zo­na Fran­ca en 1969, cuan­do se fa­bri­ca­ban los Seat 600, 850 y 1500, y se ju­bi­ló 44 años des­pués en la de Mar­to­rell, con el mo­de­lo Al­tea, que es el que con­du­ce.

«En Seat ya tra­ba­ja­ba mi cu­ña­do, que es de Mon­for­te y fue él quien me di­jo que bus­ca­ban chi­cas pa­ra co­ser a má­qui­na», ex­pli­ca. Se pre­sen­tó a la prue­ba y la su­peró con fa­ci­li­dad: «Era mu­cho más di­fí­cil co­ser un tra­je o

una ca­mi­sa que la ta­pi­ce­ría de un co­che».

Cuan­do en­tró, en la fá­bri­ca so­lo ha­bía mu­je­res en las lí­neas de ta­pi­ce­ría o de ca­blea­do y en las ofi­ci­nas. Áu­rea Ló­pez, a quien sus com­pa­ñe­ros apo­da­ban la Ga­lle­ga —aun­que no era la úni­ca, ya que du­ran­te mu­chos años ca­si la mi­tad de la plan­ti­lla era de ori­gen gallego—, en­se­ñó a co­ser a mu­chos va­ro­nes en una eta­pa de re­es­truc­tu­ra­ción en la que la em­pre­sa no reali­zó nue­vos con­tra­tos: «Me asig­na­ron el turno de no­che pa­ra que las má­qui­nas es­tu­vie­ran li­bres. La ver­dad es que pu­sie­ron mu­cho em­pe­ño y de allí sa­lie­ron hom­bres que co­sían muy bien».

Sin discriminación sa­la­rial

En 1982, cuan­do la com­pa­ñía ex­ter­na­li­zó el ca­blea­do y el ta­pi­za­do, Áu­rea Ló­pez se in­cor­po­ró, tam­bién co­mo en­car­ga­da, a la ca­de­na de mon­ta­je. «Fui la úni­ca mu­jer en­car­ga­da en mu­chos años, pe­ro ni ellos me co­mían a mí ni yo a ellos», ex­pli­ca.

Pre­gun­ta­da por la igual­dad, ase­gu­ra que nun­ca se sin­tió dis­cri­mi­na­da sa­la­rial­men­te. El pri­mer suel­do que co­bró fue­ron 4.600 pe­se­tas. «En Seat —di­ce— las nó­mi­nas son, desde siem­pre, igua­les pa­ra hom­bres y mu­je­res».

Áu­rea Ló­pez con­ci­lió la vi­da fa­mi­liar sin me­dios. «Yo siem­pre tu­ve que com­pa­gi­nar mi tra­ba­jo con el cui­da­dos de mis dos hi­jas, sin guar­de­rías ni jor­na­da re­du­ci­da, que no exis­tían. Las úni­cas ba­jas en 42 años fue­ron las ma­ter­na­les». Ella con­fie­sa que nun­ca ha­bía re­pa­ra­do en ello. La em­pre­sa sí: «Cuan­do me ju­bi­lé me hi­cie­ron una en­tre­vis­ta pa­ra la re­vis­ta de Seat, en la que me de­fi­nían co­mo la su­per­wo­man de Mar­to­rell y me pre­gun­ta­ron có­mo ha­bía he­cho pa­ra no co­ger nun­ca ba­jas. Yo nun­ca me ha­bía pa­ra­do en ese da­to y les res­pon­dí que siem­pre he te­ni­do muy bue­na sa­lud».

La lu­cen­se re­cuer­da tiem­pos con­vul­sos en la fá­bri­ca, con huel­gas y ma­ni­fes­ta­cio­nes. «Con ellas con­se­gui­mos mu­chas co­sas que no te­nía­mos», re­co­no­ce.

Áu­rea Ló­pez (de­re­cha), con Sara Gil, una de las em­plea­das ac­tua­les.

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