Ca­ri­ca­tu­ra del úl­ti­mo desafío

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Opinión - FER­NAN­DO ÓNEGA

Si la CIA tie­ne es­tos ade­lan­tos, ¿por qué no los va a te­ner la po­li­cía es­pa­ño­la? ¿Por qué no los va a te­ner la Agen­cia Tri­bu­ta­ria, que es una de las más avan­za­das del mun­do?

Aca­bo de sen­tar­me an­te el or­de­na­dor a es­cri­bir es­ta cró­ni­ca y no me atre­vo a re­co­lo­car mis par­tes po­co pu­den­das: se­gún Wi­kileaks, la CIA me pue­de es­tar gra­ban­do. Si fue­se un per­so­na­je im­por­tan­te no me vol­ve­ría a po­ner ja­más an­te un or­de­na­dor, por­que sa­be Dios dón­de aca­ba­rán des­pués mis imá­ge­nes. Pe­ro me ate­rro­ri­za al­go más: si se me ocu­rre te­ner un arru­ma­co con la pa­rien­ta a la ho­ra de la sies­ta an­te el te­le­vi­sor, le­ñe, me pue­den gra­bar tam­bién. Y ten­go que te­ner cui­da­do de no po­ner­me en pe­lo­ta pi­ca­da, por­que no sa­bes qué ar­ti­lu­gio le es­tá di­cien­do «mi­ra, mi­ra, qué ba­rri­ga» a al­gún agen­te de la CIA. Y si me pue­den gra­bar in­clu­so con el te­le­vi­sor apa­ga­do, ¿por qué no me va a gra­bar la ne­ve­ra, de re­cien­te tec­no­lo­gía? ¿Por qué no me va a gra­bar mi co­che, mien­tras me­to el de­do en la na­riz en el se­má­fo­ro?

Aho­ra, cuan­do sal­go a la ca­lle, sal­go em­bo­za­do, no sea el dia­blo que me cap­te una cá­ma­ra mu­ni­ci­pal, otra cá­ma­ra de un co­mer­cio, otra del ban­co de en­fren­te o esas que lle­van los guar­dias pa­ra vi­gi­lar la do­ble fi­la. No sea que me cap­ten, di­go, mien­tras di­ri­jo una mi­ra­da de an­sie­dad al tra­se­ro de una se­ño­ra que aca­ba de pa­sar y des­pués me de­nun­cien por aco­so vi­sual. Con es­tos ade­lan­tos —«cou­sa do de­mo», di­ría mi ma­dre— hay que mo­ver­se en la ca­lle con la mis­ma se­rie­dad que en la ca­te­dral de Lu­go. Es­tá cla­ro, por tan­to, que las cien­cias y las téc­ni­cas avan­zan una bar­ba­ri­dad.

Tras ese descubrimiento, una du­da ra­zo­na­ble: si la CIA tie­ne esos ade­lan­tos, ¿por qué no los va a te­ner la po­li­cía es­pa­ño­la? ¿Por qué no los va a te­ner la Agen­cia Tri­bu­ta­ria, que es una de las más avan­za­das del mun­do? Pues, si no los tie­ne, de­be­ría te­ner­los. Se­rían mag­ní­fi­cas al­gu­nas gra­ba­cio­nes. Por ejem­plo: «Oye, So­ra­ya, ¿qué co­ño he fir­ma­do con Al­bert Ri­ve­ra?».

Es­to que aca­bo de es­cri­bir es la ca­ri­ca­tu­ra de un he­cho muy gra­ve. Tal co­mo in­for­mó ayer As­san­ge, mi­llo­nes de do­cu­men­tos fue­ron arre­ba­ta­dos a la CIA. Cual­quier día apa­re­cen en el mer­ca­do y es­ta­rán a dis­po­si­ción de quien los pue­da com­prar. En ellos pue­de ha­ber es­ce­nas ín­ti­mas, pe­ro tam­bién se­cre­tos de Es­ta­do, es­tra­te­gias de defensa o co­mer­cia­les, asun­tos de má­xi­mo ni­vel de los que de­pen­de no so­lo la in­ti­mi­dad, sino la se­gu­ri­dad mun­dial. O las con­ver­sa­cio­nes de Trump, de las que Oba­ma lle­va­rá la cul­pa. Y se abre an­te no­so­tros el gran pro­ble­ma: la ci­ber­se­gu­ri­dad, cu­ya au­sen­cia ha­ce in­ter­ve­nir a Ru­sia en las elec­cio­nes de otros paí­ses y desa­rro­lla un es­pio­na­je sin pre­ce­den­tes. Ese es el nue­vo desafío de es­te tiem­po. Se ha crea­do un mons­truo, el mons­truo ha cre­ci­do más que los ins­tru­men­tos pa­ra con­te­ner­lo y aho­ra to­dos es­ta­mos a mer­ced de al­go ya im­po­si­ble de con­tro­lar. E in­clu­so de cus­to­diar.

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