Re­ti­ra­dos los anun­cios de Ives Saint Lau­rent que de­ni­gra­ban a la mu­jer

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Sociedad -

Los po­lé­mi­cos anun­cios de la mar­ca Saint Lau­rent, en la que se­gún sus de­trac­to­res se trans­mi­tía una imagen de­ni­gran­te de la mu­jer, fue­ron re­ti­ra­dos ayer, se­gún dio a co­no­cer la Au­to­ri­dad fran­ce­sa de Re­gu­la­ción Pro­fe­sio­nal de la Pu­bli­ci­dad (ARPP).

El or­ga­nis­mo ha­bía so­li­ci­ta­do el pa­sa­do lu­nes a la ca­sa de mo­das que aban­do­na­ra esa campaña des­pués de que su ór­gano aso­cia­do e in­de­pen­dien­te, el Ju­ra­do de la Deon­to­lo­gía Pu­bli­ci­ta­ria, hu­bie­ra re­ci­bi­do más de un cen­te­nar de que­jas. Es­te úl­ti­mo pre­vé di­fun­dir su ve­re­dic­to so­bre las ins­tan­tá­neas el lu­nes, pe­ro la ARPP pi­dió su re­ti­ra­da an­tes de ese dic­ta­men al con­si­de­rar que las pos­tu­ras de las mo­de­los «coin­ci­den con la sen­sa­ción de una mu­jer ob­je­to, su­gie­ren una idea de su­mi­sión se­xual, tri­via­li­zan es­te­reo­ti­pos se­xis­tas y son sus­cep­ti­bles de im­pac­tar en la sen­si­bi­li­dad pú­bli­ca».

En uno de los po­lé­mi­cos anun­cios, cu­ya di­fu­sión se hi­zo coin­ci­dir con la pa­sa­da Se­ma­na de la Mo­da de Pa­rís, una mo­de­lo con me­dias de re­ji­lla, abri­go de piel y za­pa­tos de ta­cón con rue­das apa­re­cía tum­ba­da en el sue­lo con las pier­nas fle­xio­na­das y abier­tas. En otro, una jo­ven de pier­nas in­fi­ni­tas, con body, me­dias e igual­men­te ta­co­nes con rue­das, re­po­sa­ba la par­te su­pe­rior de su cuer­po en un ta­bu­re­te.

Pa­ra la ARPP, esas fo­to­gra­fías vio­la­ban «gra­ve­men­te» las nor­mas so­bre la imagen y el res­pe­to de la per­so­na con­te­ni­das en el Có­di­go de Au­to­rre­gu­la­ción de la Pu­bli­ci­dad en Fran­cia. SAN­TIA­GO / LA VOZ

En el año 2014 Mi­ren Vi­ves Almandoz asu­mió la di­rec­ción del Mu­seo Cris­tó­bal Balenciaga, inau­gu­ra­do tres años an­tes. Ayer ha­bló en Te­xAtlán­ti­ca de es­te crea­dor, el mo­dis­to de al­ta cos­tu­ra es­pa­ñol más im­por­tan­te del mun­do. —En 2017 se ce­le­bra el cen­te­na­rio del pri­mer ate­lier (ta­ller) de Balenciaga en San Se­bas­tián, ¿qué su­po­ne pa­ra el mu­seo? —La ra­zón por la que el mu­seo es­tá en Gue­ta­ria al fin y al ca­bo es por­que es el lu­gar de ori­gen de Balenciaga y hay en San Se­bas­tián 20 años de su for­ma­ción, tra­ba­jo e his­to­ria. Es­te año he­mos pen­sa­do en dar a co­no­cer una fa­ce­ta me­nos co­no­ci­da, la em­pre­sa­rial, que no es po­ca. Balenciaga se en­fren­ta a los cambios de su tiem­po y hay en él lec­cio­nes va­lio­sas de có­mo em­pren­der, no des­ani­mar­se, di­ver­si­fi­car, y de có­mo am­pliar mer­ca­dos y ter­mi­nar in­ter­na­cio­na­li­zán­do­se y con­vir­tién­do­se en una gran fi­gu­ra. —Se hi­zo una ex­po­si­ción su­ya en el año 73 en el Me­tro­po­li­tan, ¿es el pre­cur­sor de las mues­tras de di­se­ña­do­res en gran­des mu­seos? —Fue Dia­na Vree­land, la edi­to­ra de mo­da más pres­ti­gio­sa de en­ton­ces y ami­ga su­ya, quien un año des­pués de la muer­te de Balenciaga or­ga­ni­zó una gran ex- Mi­ren Vi­ves ad­mi­te que en el 2014, con la cri­sis, se vi­vió una si­tua­ción de­li­ca­da.

po­si­ción, que fue la pri­me­ra que tu­vo una gran re­per­cu­sión. En aquel mo­men­to no se ima­gi­na­ban la can­ti­dad de pú­bli­co que acu­dió atraí­do y ma­ra­vi­lla­do por lo que veía. Es una ti­po­lo­gía de ex­po­si­ción muy in­tere­san­te, pe­ro dis­tin­ta a lo que no­so­tros ha­ce­mos. —Us­ted es ges­to­ra cul­tu­ral, ¿es muy di­fe­ren­te po­ner­se al fren­te de un mu­seo de un mo­dis­to que de otro ti­po de pro­yec­to? —Es di­fe­ren­te y no. La ges­tión de la co­lec­ción sí es­tá muy es­pe­cia­li­za­da

en el tex­til y en Balenciaga, con lo que es ne­ce­sa­rio pro­fun­di­zar en es­te co­no­ci­mien­to, pe­ro hay otras cues­tio­nes, co­mo la ges­tión del equi­pa­mien­to, de la pro­gra­ma­ción, de las re­la­cio­nes ins­ti­tu­cio­na­les o del pro­gra­ma edu­ca­ti­vo, que son si­mi­la­res. —¿Fal­ta mu­cho pa­ra que sur­ja un nue­vo Balenciaga? —Balenciaga so­lo hay uno. Pe­ro ade­más es una per­so­na con­cre­ta en un mo­men­to con­cre­to. Las cir­cuns­tan­cias son irre­pe­ti­bles y me re­sul­ta di­fí­cil que pue­dan tras­la­dar­se a hoy en día. La gen­te ya no se for­ma co­mo an­tes, el ti­po de mer­ca­do al que acu­de no es el mis­mo y la al­ta cos­tu­ra ha des­apa­re­ci­do prác­ti­ca­men­te. —¿Has­ta qué pun­to in­flu­ye­ron en la crea­ción del mi­to clien­tas

de la ta­lla de Au­drey Hep­burn, Gra­ce Kelly o Mar­le­ne Die­trich? —Es im­por­tan­te en la le­yen­da, pe­ro hay que en­ten­der que es­tas pue­den ser más co­no­ci­das, pe­ro to­das sus clien­tas eran de un al­tí­si­mo ni­vel so­cial, cul­tu­ral y eco­nó­mi­co, por­que se de­di­ca­ba a la al­ta cos­tu­ra. En su tiem­po en­trar en la ca­sa Balenciaga co­mo clien­ta no era fá­cil, se ne­ce­si­ta­ba una re­co­men­da­ción de una clien­te an­te­rior, era más ex­clu­si­vo que te­ner di­ne­ro. —Una se­rie so­bre la mar­que­sa de Llan­zol in­cluía al per­so­na­je de Balenciaga, ¿fue ri­gu­ro­so? —Era una se­rie de fic­ción ba­sa­da en una no­ve­la de fic­ción his­tó­ri­ca y no la he­mos se­gui­do, no era un do­cu­men­tal his­tó­ri­co, por lo que tam­po­co era nues­tro te­rreno.

SAN­DRA ALON­SO

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