La ta­xis­ta con una in­fan­cia di­fí­cil de con­du­cir

Lle­va la car­ca­ja­da pues­ta. La lle­va­ba in­clu­so cuan­do, con seis años, tra­ba­ja­ba ya en una ha­cien­da en Bra­sil

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra - MA­RÍA HERMIDA

San­dra Pe­rei­ra se be­be la vi­da a car­ca­ja­das. A car­ca­ja­das so­no­ras, in­clu­so es­can­da­lo­sas. No sa­be có­mo ni por qué mo­ti­vo apren­dió a reír­se tan­to. Cree que lo ha­ce des­de siem­pre, des­de que na­ció en Bra­sil ha­ce al­go más de 40 años. «Yo soy muy po­si­ti­va, siem­pre lo fui», di­ce. Lo cuen­ta en la te­rra­za de una ca­fe­te­ría de Pon­te­ve­dra, mien­tras to­ma un té ver­de que se le que­da frío an­tes que lle­gue a dar­le un sor­bo, lo que le ha­ce par­tir­se de ri­sa de nue­vo. El ca­so es que San­dra, en el mo­men­to de esa char­la, de­be­ría es­tar al­go can­sa­da. Es ta­xis­ta de Pon­te­ve­dra —com­par­te un co­che con su ma­ri­do y él ha­ce un turno y ella otro— y sue­le tra­ba­jar to­da la no­che. Si lo ha­ce, por la ma­ña­na in­ten­ta dor­mir. Pe­ro jus­to ese día, des­pués de dar­le al vo­lan­te con noc­tur­ni­dad, sus dos hi­jos es­tu­vie­ron en ca­sa por la ma­ña­na a cuen­ta de la huel­ga edu­ca­ti­va y no le de­ja­ron pe­gar ojo. En cam­bio, se le ve ple­tó­ri­ca, lle­na de ener­gía y co­que­te­ría. Es en­ton­ces cuan­do di­ce: «Mi ni­ña, es­to no es na­da, es­te tra­ba­jo y es­ta vi­da se van lle­van­do muy bien. Se­ría me­jor que hu­bie­se más clien­tes... pe­ro aun así es­to es una ma­ra­vi­lla».

La re­fle­xión de San­dra no es gra­tui­ta. Hay que bu­cear en su pa­sa­do pa­ra en­ten­der­la. Na­ció ella en una re­gión bra­si­le­ña lla­ma­da Goias, que en gran par­te vi­ve de la agri­cul­tu­ra y la ga­na­de­ría. Pre­ci­sa­men­te, ella vino al mun­do en una fa­mi­lia de ocho her­ma­nos cu­yos pa­dres se ga­na­ban el pan en una ha­cien­da, ha­cien­do la­bo­res agrí­co­las «pa­ra los se­ño­res». Su in­fan­cia, aun­que re­co­no­ce que aho­ra la re­cuer­da con dul­zu­ra, no fue pre­ci­sa­men­te fá­cil. «Muy pe­que­ñi­ta, a los seis años o así, ya tra­ba­ja­ba en el cam­po, cla­ro que si, con mis pa­dres Su­sa­na Pe­rei­ra, a bor­do del ta­xi en el que tra­ba­ja en Pon­te­ve­dra, su ciu­dad de adop­ción.

En su car­né de iden­ti­dad po­ne que es natural de San Mi­guel de Ara­guaia, una re­gión agrí­co­la y ga­na­de­ra del in­te­rior de Bra­sil.

Vino a Lu­go pa­ra tra­ba­jar co­mo in­ter­na con una fa­mi­lia. Co­no­ció a su ma­ri­do y con él se mu­dó a Pon­te­ve­dra.

y mis her­ma­nos. Ayu­da­ba a cul­ti­var arroz o maíz o los fri­jo­les», in­di­ca. Re­cuer­da aque­llos tiem­pos con una mezcla de nos­tal­gia y tris­te­za, y di­ce: «¿Sa­bes una co­sa? Yo aho­ra que me voy ga­nan­do la vi­da siem­pre pien­so que lo pri­me­ro que quie­ro es po­der co­mer lo que me ape­te­ce y que mi fa­mi­lia pue­da ha­cer lo mis­mo. Por­que esos eran años muy du­ros. Co­mía­mos arroz y ma­tá­ba­mos

un cer­do y la car­ne nos te­nía que du­rar mu­cho. La ter­ne­ra... la ter­ne­ra se iba ca­si to­da pa­ra los se­ño­res y a no­so­tros nos de­ja­ban pues las par­tes así más de hue­so. Yo creo que por eso aún hoy si­go co­mién­do­me el pes­cue­zo del po­llo o las alas... apro­ve­cho to­do», cuen­ta, có­mo no, con ri­sas.

Con diez años —sí, en­ten­die­ron bien, con diez años— se fue in­ter­na a la ca­sa de una fa­mi­lia. Tra­ba­ja­ba ha­cien­do la­bo­res do­més­ti­cas y cui­dan­do ni­ños. Lo que, apa­ren­te­men­te, sue­na du­ro, en su ca­so se con­vir­tió en una enor­me opor­tu­ni­dad vi­tal. «La chi­ca que era mi je­fa, en reali­dad, se con­vir­tió en mi se­gun­da ma­dre. Te­nía hi­jos y qui­so que yo tam­bién fue­se a la es­cue­la con ellos. Así es­tu­dié al­go, lo más bá­si­co», di­ce. Los ojos se le hu­me­de­cen al re­cor­dar a es­ta mu­jer, ma­dri­na de sus hi­jos, de su bo­da... y la que que si­gue sin­tien­do

co­mo esa se­gun­da ma­dre. Cuen­ta que fue ella la que le dio la opor­tu­ni­dad de cru­zar el char­co y lle­gar a Es­pa­ña. «Ella de­ja­ba Bra­sil y se ve­nía a vi­vir a Lu­go y me tra­jo. Te­nía yo vein­te y po­cos años cuan­do lle­gué», di­ce.

Po­co tiem­po fue lu­cen­se es­ta mu­jer. Co­no­ció a su ma­ri­do, ta­xis­ta de Pon­te­ve­dra, por un ser­vi­cio que él fue a ha­cer a la ciu­dad amu­ra­lla­da. La co­sa em­pe­zó con no­viaz­go y aca­bó en bo­da. Tie­nen dos hi­jos ya ado­les­cen­tes y si­guen vi­vien­do en Pon­te­ve­dra. Des­de ha­ce una dé­ca­da, San­dra tie­ne la mis­ma pro­fe­sión que su es­po­so; la de dar­le al vo­lan­te.

La se­ño­ra que tu­vo que es­pe­rar

San­dra se­ña­la que, aun­que tie­ne al­gu­nas com­pa­ñe­ras de tra­ba­jo, la de ta­xis­tas con­ti­núa sien­do una pro­fe­sión ma­yo­ri­ta­ria­men­te de hom­bres. Aún así, se­ña­la que, afor­tu­na­da­men­te, y sal­vo ca­sos muy pun­tua­les, no su­frió ma­chis­mo ni por par­te de clien­tes ni de sus com­pa­ñe­ros, con los que tie­ne bue­na re­la­ción. «Me pa­só muy, muy po­cas ve­ces. La gen­te sue­le ser muy agra­da­ble, y yo soy de las que sue­lo ha­blar con los clien­tes. Pe­ro due­le mu­cho que al­guien no te tra­te bien. Yo re­cuer­do a una se­ño­ra que iba a co­ger en la zo­na de la pla­za de abas­tos. Vio que lle­gué pa­ra co­ger­la y di­jo: ‘O que me fal­ta­ba, que me le­ve un­ha mu­ller e por ri­ba negh­ra’. Jus­to de­trás de ella es­ta­ba es­pe­ran­do otra se­ño­ra que di­jo que a ella no le im­por­ta­ba en ab­so­lu­to que yo fue­se mu­jer y ne­gra. Y que se ve­nía con­mi­go. Yo le con­tes­té que sí, que subie­se esa se­gun­da se­ño­ra, y lue­go la que ha­bía pro­tes­ta­do qui­so en­trar ella pri­me­ro, pa­ra no es­pe­rar. En­ton­ces fui yo la que le di­je que no, que me­jor es­pe­ra­se a que vi­nie­se un hom­bre blan­co pa­ra lle­var­la», in­di­ca.

Di­ce San­dra que en­se­gui­da pa­sa pá­gi­na con esas co­sas. Pre­fie­re que­dar­se con las his­to­rias de los clien­tes que pi­den que va­ya ella a bus­car­los por­que siem­pre es­tá de buen hu­mor. Pre­fie­re ha­blar de que dos her­ma­nas su­yas se vi­nie­ron a Es­pa­ña y, cuan­do pue­den, se reúnen las tres, po­nen mú­si­ca bra­si­le­ña y bai­lan y can­tan en el ka­rao­ke co­mo si no hu­bie­se ma­ña­na. Pre­fie­re cru­zar los de­dos y pen­sar en el mo­men­to en el que jun­te aho­rros pa­ra via­jar a su país, co­mo cuan­do vi­si­tó Bra­sil en el 2009 y pu­do vol­ver a abra­zar a su pa­dres. Pre­fie­re, có­mo no, ha­blar de sus hi­jos, de que tu­vie­ron una in­fan­cia muy dis­tin­ta a la su­ya y de que aho­ra son ya unos ado­les­cen­tes. Pre­fie­re con­tar que su ma­ri­do se vuel­ca en las ac­ti­vi­da­des ex­tra­es­co­la­res de los chi­cos, con el fút­bol y el pi­ra­güis­mo que uno y otro prac­ti­can. Pre­fie­re, en ge­ne­ral, ver el va­so de la vi­da me­dio lleno. Y ata­car los ma­les que pue­dan ve­nir con es­can­da­lo­sas car­ca­ja­das.

RA­MÓN LEIRO

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