Jua­na de Ve­ga y el co­ra­zón

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Opinión -

Ten­go un ni­cho en el ce­men­te­rio co­ru­ñés de San Amaro. La­men­to co­men­zar con una ima­gen tan mor­bo­sa, pe­ro de mor­bo va a ir es­te ar­tícu­lo. De mor­bo, se­ño­ras co­ru­ñe­sas, cul­tas y avan­za­das. Y mor­bo­sas.

Co­mo iba di­cien­do, ten­go un ni­cho en San Amaro, y allí es­tán en­te­rra­dos mis pa­dres. Cuan­do voy a po­ner­les flo­res, pa­so siem­pre por de­lan­te del ni­cho de Jua­na de Ve­ga. Me co­ge de ca­mino, se po­dría de­cir que so­mos ca­si ve­ci­nas. En el ni­cho de Jua­na de Ve­ga es­tá tam­bién en­te­rra­do el co­ra­zón de su ma­ri­do, Es­poz y Mi­na, Ca­pi­tán Ge­ne­ral de Ga­li­cia. Lo po­ne en la lá­pi­da. «Cu­yo co­ra­zón se ha­ya aquí».

Es una his­to­ria que siem­pre me ha fas­ci­na­do. En es­tos tiem­pos en los que el amor ro­mán­ti­co es­tá em­pe­zan­do a con­si­de­rar­se una abe­rra­ción, Jua­na de Ve­ga, des­de su ni­cho, nos en­se­ña que la pa­sión amo­ro­sa ro­mán­ti­ca era mu­cho más que la de­pen­den­cia emo­cio­nal o la po­si­bi­li­dad de su­frir. La pa­sión ro­mán­ti­ca es un pac­to de san­gre que va más allá de la muer­te, co­mo en las ópe­ras, las no­ve­las de las Bron­të o las can­cio­nes de Me­len­di. Me ex­pli­co.

Jua­na de Ve­ga se ca­só con Es­poz y Mi­na cuan­do ella te­nía 16 años y él 40. Va­mos, que le do­bla­ba la edad, que di­cen las ma­dres. Es­poz y Mi­na te­nía que ser un tia­rrón de cui­da­do, por­que Jua­na al ver­lo pa­sar a ca­ba­llo por la Ca­lle Real, con el uni­for­me y las me­da­llas, se vol­vió ha­cia su pa­dre y le di­jo: «Quie­ro a ese hom­bre». El pa­dre hi­zo una fies­ta li­be­ral (no hay na­da que una más que una bue­na fies­ta li­be­ral) y se lo pre­sen­tó. La pa­sión de la jo­ven hi­zo el res­to. Bo­da. Ya.

Jua­na de Ve­ga no era una min­dun­di. Hi­ja de un ri­co co­mer­cian­te li­be­ral (la pa­la­bra li­be­ral sa­le con­ti­nua­men­te en es­te ar­tícu­lo, lo sé) re­ci­bió una edu­ca­ción dis­tin­ta a la de otras mu­je­res de la épo­ca. Una edu­ca­ción ilus­tra­da, que in­cluía la lec­tu­ra, la gra­má­ti­ca, la mú­si­ca, el bai­le, el dibujo. Jua­na, co­mo bue­na co­ru­ñe­sa, era una hem­bra de ar­mas to­mar que sin des­pei­nar­se se en­fren­ta­ba con­tra los ab­so­lu­tis­tas mien­tras cui­da­ba los acha­ques de su ma­ri­do, de sa­lud de­li­ca­da. Cons­pi­ra­do­ra ofi­cial, se­cre­ta­ria, en­fer­me­ra, pa­trio­ta, enamo­ra­da, Jua­na ve mo­rir a su es­po­so a los 55 años. Ella te­nía 30.

Y aquí vie­ne lo bueno: el ro­man­ti­cis­mo. Pe­ro el ro­man­ti­cis­mo de ver­dad, el de Heath­cliff o Wert­her (ejem­plos bas­tan­te po­co edi­fi­can­tes, va­ya). Jua­na se ne­gó a se­pa­rar­se de su ma­ri­do. So­li­ci­to per­mi­sos has­ta con­se­guir lo que que­ría, y aquí vie­ne el mor­bo: em­bal­sa­mar a Es­poz y Mi­na y te­ner­lo en una ca­pi­lla mor­tuo­ria al la­do de su ha­bi­ta­ción. Tam­bién so­li­ci­tó per­mi­sos pa­ra ex­traer­le el co­ra­zón y co­lo­car­lo en un fras­co de vi­drio que de­po­si­tó en una ur­na de pla­ta y ébano. Eso es amor. Ro­mán­ti­co. Al mo­rir Jua­na, los res­tos de Es­poz y Mi­na via­ja­ron ha­cia Pam­plo­na. Pe­ro su co­ra­zón, en la ur­na de pla­ta y ébano, se que­dó en A Co­ru­ña, en un ni­cho en el Ce­men­te­rio de San Amaro. Vi­sí­ten­los: va­le la pe­na.

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