Las lu­ces se apa­gan y so­lo que­da Rho­des

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Cultura -

«Es co­mo si pu­die­ras de­cir­le a una per­so­na a quien quie­res y que sa­bes que va a mo­rir to­do lo que quie­res que se­pa. Eso fue lo que hi­zo Bach en quin­ce mi­nu­tos con es­ta pie­za. Hay unas cua­tro o cin­co ve­ces que crees que va a ter­mi­nar, pe­ro si­gue. Co­mo cuan­do de­jas esa ha­bi­ta­ción y te das cuen­ta de que quie­res de­cir­le una co­sa más, y vuel­ves a en­trar». Y aun así, con to­do ese do­lor, ra­bia y de­ses­pe­ra­ción, «in­clu­so aun­que es­cri­bie­ra so­bre la muer­te de su mu­jer, tie­ne ale­gría». Y eso que a Bach se le mu­rió ca­si to­da la gen­te a la que qui­so: sus pa­dres cuan­do te­nía 9 años, on­ce de sus hi­jos y su mu­jer, que fue el amor de su vi­da».

Se apa­gan las lu­ces y co­mien­za una de las pie­zas más tris­tes y más bo­ni­tas que se han com­pues­to. Es la que enamo­ró a Ja­mes Rho­des cuan­do ape­nas era un ni­ño. La que le ayu­dó a no aca­bar muer­to, si no por den­tro al me­nos sí por fue­ra, y la que re­ga­ló a un au­di­to­rio del Pa­la­cio de Con­gre­sos de San­tia­go com­ple­ta­men­te en­tre­ga­do pa­ra des­pe­dir su con­cier­to del vier­nes. De­jó el mi­cró­fono en el sue­lo, se sen­tó al piano, se di­lu­ye­ron un po­co más las lu­ces, y vol­vió a des­apa­re­cer. So­lo que­da­ron Cho­pin, Beet­ho­ven, Bach, y más tar­de, en una tan­da de cua­tro bi­ses, Rach­ma­ni­noff y otros clá­si­cos.

Rho­des se ha­bía me­ti­do al pú­bli­co en el bol­si­llo en el pri­mer mi­nu­to. Con su su­da­de­ra azul de Cho­pin sa­lió al es­ce­na­rio 15 mi­nu­tos exac­tos des­pués de la ho­ra pre­vis­ta, aga­rró el mi­cro y di­jo: «Boas noi­tes, ga­le­gos. Ten­go tres co­sas que de­ci­ros an­tes de na­da: pri­me­ro: ‘‘Sín­too, non fa­lo ga­le­go’’; lo se­gun­do, per­dón por el bre­xit y mu­chas gra­cias por de­jar­me ve­nir a vues­tro país; y ter­ce­ro, que jo­dan a Do- Ja­mes Rho­des con­quis­tó San­tia­go du­ran­te dos ho­ras.

nald Trump». Ca­da vez que sa­lía a sa­lu­dar aga­cha­ba la ca­be­za y se ras­ca­ba el bra­zo, in­ten­tan­do con­te­ner su ti­mi­dez, y cuan­do ex­pli­ca­ba ca­da pie­za emo­cio­na­ba. Una pe­que­ña par­te del au­di­to­rio lo ha­bía vis­to ya en di­rec­to, al­gu­nos recorrieron más de cien ki­ló­me­tros pa­ra ha­cer­lo por pri­me­ra vez, gran par­te to­ca o to­có el piano en al­gún mo­men­to de su vi­da, y la in­men­sa ma­yo­ría ha­bía leí­do su au­to­bio­gra­fía. Y to­dos se le­van­ta­ron y se rin­die­ron

a su piano. Y al dia­rio ín­ti­mo de Beet­ho­ven, ese que al pa­re­cer lle­vá­ba­mos si­glos le­yen­do a tra­vés de su So­na­ta Op. 110, sin ser del to­do cons­cien­tes. Y a las dos vo­ces que guia­ban a Rach­ma­ni­noff, la bue­na y la ma­la, den­tro de su ca­be­za. Y vol­vían a apa­gar­se las lu­ces y vol­vía a que­dar so­lo él. Y la tris­te­za. Y la lo­cu­ra. Y al­gu­nos ge­nios que si­guen con­mo­vien­do gra­cias, en par­te, a chi­cos de cua­ren­ta años que to­can el piano con su­da­de­ras de Cho­pin.

PA­CO RO­DRÍ­GUEZ

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