Ba­ño de ma­sas y de cham­pán.

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Deportes - EFE

Lo te­nían cla­ro des­de un año an­tes. «Me acor­dé en el mo­men­to en el que ga­na­mos. Cuan­do me subí en el co­che con Car­los por pri­me­ra vez, me di­jo que él iba a com­pe­tir en el Mun­dial por­que que­ría ser cam­peón. Y sa­bía que iba a ser cam­peón». Va­ya si lo fue. To­da una pre­mo­ni­ción.

Las pa­la­bras del pri­mer ga­lle­go cam­peón del mun­do de ra­lis, Luis Mo­ya (A Co­ru­ña, 1960), así lo ates­ti­guan. La ges­ta no te­nía pa­ran­gón. El jue­ves 18 de oc­tu­bre de 1990, des­pués de cua­tro días a pleno gas, San Re­mo ben­di­jo el pri­mer cam­peo­na­to mun­dial pa­ra el au­to­mo­vi­lis­mo es­pa­ñol. Y tu­vo acento ga­lle­go.

A la pa­re­ja Sainz-Mo­ya le bas­ta­ba ser ter­ce­ra. Y fue ter­ce­ra. Una ges­ta a la que no es­ta­ba tan acos­tum­bra­do el de­por­te es­pa­ñol co­mo en los tiem­pos ac­tua­les, la era de la co­mu­ni­ca­ción glo­bal. Así lo re­cuer­da Luis Mo­ya: «Es­pa­ña no triun­fa­ba en el de­por­te co­mo lo ha­ce aho­ra, con los Na­dal, la se­lec­ción es­pa­ño­la de fút­bol... así que ga­na­mos el tí­tu­lo en San Re­mo y bueno, lo fes­te­ja­mos con el equi­po. Des­pués, yo tam­po­co no­ta­ba na­da es­pe­cial. Pe­ro a la lle­ga­da a Es­pa­ña...». Ha­ce un si­len­cio el co­pi­lo­to más lau­rea­do del au­to­mo­vi­lis­mo es­pa­ñol y aña­de: «Fue una sor­pre­sa enor­me. ¡Éra­mos por­ta­da de dia­rios de ti­ra­da na­cio­nal! Pe­ro no so­lo de los de­por­ti­vos, sino de to­dos».

Ya en Ma­drid, el des­fi­le triun­fal de los cam­peo­nes, con el pre­si­den­te de la Fe­de­ra­ción Es­pa­ño­la de Au­to­mo­vi­lis­mo, Car­los Gra­cia, a la ca­be­za. «Y su sé­qui­to, de­trás», apun­ta Mo­ya. «Al en­trar en la pla­za Ma­yor, ahí me di cuen­ta de que lo que ha­bía­mos

Mul­ti­tud de afi­cio­na­dos arro­pa­ron a Luis Mo­ya (a la iz­quier­da) y a Car­los Sainz en su pri­mer tí­tu­lo mun­dial de ra­lis.

con­se­gui­do era im­por­tan­te», re­fle­xio­na.

Sin em­bar­go, en un ra­li en el que co­men­za­ron do­mi­nan­do y un ac­ci­den­te les obli­gó a con­ser­var

la ven­ta­ja que man­te­nían con res­pec­to a Juha Kank­ku­nen (el gran ri­val por el tí­tu­lo) en la cla­si­fi­ca­ción ge­ne­ral, Mo­ya nun­ca sin­tió pre­sión: «Ni ner­vios. Es lo que tie­ne com­pe­tir al má­xi­mo ni­vel. So­lo tie­nes ga­nas de ga­nar y de com­pe­tir, y que no te dis­trai­ga na­da».

Ga­nó Didier Au­riol, pe­ro ga­nar de ver­dad, ga­na­ron Sainz y Mo­ya tras re­sis­tir el aco­so de los Lan­cia des­de el pri­mer sec­tor. «Y eso que en un tra­mo de tie­rra vol­ca­mos de un mo­do un po­co ton­to. Tres ita­lia­nos nos ayu­da­ron y se­gui­mos. A uno de ellos me lo vol­ví a en­con­trar años des­pués en Bar­ce­lo­na. En­ta­bla­mos cier­ta amis­tad», re­la­ta.

«Pe­ro, a pe­sar de de­ta­lles co­mo ese, y de la emo­ción que sen­tí en el co­che, lo pri­me­ro es el re­cuer­do de­por­ti­vo. Se­gui­mos la rutina de siem­pre, tan­to en el en­tre­na­mien­to co­mo ese día. De he­cho, la man­te­ne­mos aho­ra que co­rre­mos al­gún clá­si­co. La in­ten­si­dad es una cos­tum­bre que ad­qui­rí de Car­los. Tie­ne las ideas muy cla­ras. Y una de ellas es que en el talento no se pue­de de­le­gar. Hay que dar más del 100 %», ana­li­za el ga­lle­go.

Más allá de la vo­rá­gi­ne de la éli­te de­por­ti­va, Luis Mo­ya guar­da en el re­cuer­do las vi­ven­cias ex­tra­de­por­ti­vas. «La ven­ta­ja de nues­tra épo­ca es que te­nía­mos los asis­ten­tes re­par­ti­dos por to­do el tra­za­do. Y al en­tre­nar, re­co­rrías los paí­ses. To­do el nor­te de Ita­lia, la Tos­ca­na es­ta­ba pre­cio­sa... Por­tu­gal de nor­te a sur... co­no­cía­mos bien el país», ex­pli­ca. «Hay mu­chos si­tios que son es­pe­cia­les. Vol­ví por tra­ba­jo a Ita­lia. Siem­pre re­ci­bí mu­cho cariño. Tras el Mun­dial te das cuen­ta de que las co­sas cam­bian, es un sal­to. Ha­bía que in­ten­tar re­pe­tir­lo. Y ya na­da in­fe­rior te con­ven­ce», re­co­no­ce.

Nun­ca con­si­guie­ron ga­nar Sainz y Mo­ya en San Re­mo, un ra­li es­pe­cial­men­te lar­go. Pe­ro tras el Mun­dial que se ad­ju­di­ca­ron en aque­lla oca­sión, Car­los Sainz y Luis Mo­ya aña­die­ron el de 1992 a su pal­ma­rés, tam­bién a bor­do de un To­yo­ta Ce­li­ca.

«No sen­tí pre­sión ni ner­vios; es lo que tie­ne com­pe­tir al má­xi­mo ni­vel»

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