«Vi­ves una vez, in­ten­ta ser fe­liz»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Deportes -

«So­lo vi­ves una vez, así que in­ten­ta ser fe­liz». Es la ley que ri­ge la vi­da de Pat­xi Sa­li­nas (Bil­bao, 1963), un fut­bo­lis­ta re­con­ver­ti­do a en­tre­na­dor cu­ya vi­da y anéc­do­tas no ca­brían en un li­bro. Es to­do elo­cuen­cia. Lle­va me­dia vi­da en Vi­go pe­ro man­tie­ne in­tac­to el acento vas­co que ade­re­za con pa­sión y vi­ve­za en ca­da his­to­ria que na­rra. Un aven­tu­re­ro na­to que se fue a so­bre­vi­vir a Hon­du­ras; con 46 años se mar­chó a Mal­ta a es­tu­diar in­glés, se en­con­tró com­par­tien­do pi­so con dos es­tu­dian­tes co­rea­nas y aca­bó en­tre­nan­do a un equi­po de Pri­me­ra. Aho­ra se di­vier­te y su­fre en el ban­qui­llo del Rá­pi­do de Bou­zas. Un ti­po que año­ra los tiem­pos en los que el fút­bol y los fut­bo­lis­tas es­ta­ban más cer­ca de la gen­te. Co­mo cuan­do él y sus com­pa­ñe­ros aca­ba­ban de en­tre­nar en A Ma­droa y se iban al Cas­quei­ro a co­mer­se una ta­pa de pul­po, char­lar con la gen­te y ju­gar a los chi­nos. —¿Lo del fút­bol le vie­ne de fa­mi­lia? —¡Qué va! A mis pa­dres les gus­ta­ba mu­cho, pe­ro mi ma­dre tra­ba­ja­ba en la lim­pie­za y mi pa­dre en la re­cep­ción de un ho­tel. De he­cho, yo co­mien­zo sien­do cam­peón de Eus­ka­di de cros. Ju­ga­ba en el Ath­le­tic y me gus­ta­ba co­rrer, así que con 13 años com­pe­tía. To­dos los do­min­gos mi ma­dre se le­van­ta­ba a las cin­co de la ma­ña­na pa­ra acom­pa­ñar­me por to­dos los pue­blos de Eus­ka­di. Nos co­gía­mos tre­nes y bu­ses, por­que no te­nía­mos co­che y no ha­bía pa­ra ta­xis, y allá me iba a co­rrer, has­ta que a los 14 el Ath­le­tic me di­jo: O fút- bol o atle­tis­mo. ¡Y me­nos mal que ele­gí el fút­bol! Acer­té de pleno. —¿Y a eso del fút­bol, có­mo lle­gó? —Los del co­le­gio fui­mos a un tor­neo a Le­za­ma, mi her­mano Julio y yo les gus­ta­mos, nos hi­cie­ron una prue­ba y en­tra­mos. Fue es­tu­pen­do que nos co­gie­ran a los dos. Éra­mos dos her­ma­nos de un ba­rrio que to­dos los días, hi­cie­se sol o ca­ye­se txi­ri­mi­ri, nos íba­mos con la mo­chi­la al hom­bro al puen­te de Deus­to a co­ger el au­to­bús que nos lle­va­ba a Le­za­ma. Vol­vía­mos a las on­ce de la no­che y nos íba­mos an­dan­do cua­ren­ta mi­nu­tos has­ta ca­sa. —¿Qué cree que ha­bría si­do de us­ted si el fút­bol no se cru­za en su vi­da? —Yo era un lo­co de los coches y las mo­tos. De críos, con 14 o 15 años, des­car­gá­ba­mos ca­mio­nes y ven­día­mos pa­pel pa­ra aho­rrar pa­ra com­prar­nos unas mo­tos. Tra­ba­jé en un ta­ller arre­glan­do coches y a mí me apasionaba, creo que hu­bie­se si­do me­cá­ni­co. —Pe­ro cla­ro, el fút­bol se me­tió de por me­dio... —Sí, y me ha he­cho muy fe­liz. A los 15 años fui se­lec­cio­na­do por Es­pa­ña y ahí co­men­cé a creer que po­día ir en se­rio. A los 19 ju­gué la fi­nal de la Co­pa del Rey con­tra el Bar­ce­lo­na, que po­si­ble­men­te, por­que ade­más era un crío, es el par­ti­do que más me ha mar­ca­do. —¿Por qué de­jó el Ath­le­tic? —Hu­bo un pro­ble­ma en­tre la plan­ti­lla y el pre­si­den­te, y yo, co­mo ca­pi­tán, di un pa­so al fren­te. El pre­si, Lert­xun­di, no po­día pa­gar­las con to­dos, así que la pa­gó con­mi­go. Me echó a pe­sar de que me que­da­ban dos años más de con­tra­to y de que éra­mos muy, muy ami­gos. Fue el mo­men­to más du­ro de mi vi­da. Ha­bía te­ni­do mu­chas ofer­tas pa­ra mar­char­me, y muy bue­nas, pe­ro nun­ca qui­se sa­lir, so­lo me mo­vían mis sen­ti­mien­tos. Pe­ro la vi­da da lec­cio­nes y me mar­ché pa­ra al­go: pa­ra co­no­cer un club en el que he si­do fe­li­cí­si­mo y una ciu­dad in­creí­ble. A ese pre­si­den­te, en vez de te­ner­le ren­cor, le es­toy agra­de­ci­do. Aquí he en­con­tra­do la fe­li­ci­dad ab­so­lu­ta. Aho­ra nos lle­va­mos de ci­ne y cuan­do voy a Bil­bao ju­ga­mos a las car­tas. —¿Fi­char por el Cel­ta fue un im­pul­so o me­di­ta­do? —¡Si ca­si ni fi­cho! Yo no te­nía in­ter­me­dia­rio. Me vi­ne a Vi­go a ha­blar con el club por­que es­ta­ba Txet­xu Ro­jo, y el cli­ma de la reunión ha­bía si­do sú­per ten­so. Tan­to, que yo le di­go a Txet­xu: ‘Oye, que me voy, que es­ta gen­te no ha mos­tra­do in­te­rés nin­guno en mí, que so­lo me pre­gun­ta­ban por qué me ha­bían echa­do’. Me mar­ché, pe­ro Txet­xu me in­sis­tía y al fi­nal car­gué las ma­le­tas en el co­che y fi­ché. Me vi­ne a un re­cién as­cen­di­do en el que los fichajes eran un tal Gu­delj, Ca­ñi­za­res del Mé­ri­da, En­gon­ga que no sa­bía ni de dón­de sa­lía, y Ti­to Vi­la­no­va, ¡del Bar­ce­lo­na B! ¡Y yo ve­nía de ju­gar diez años en Pri­me­ra! Cuan­do lle­gué me en­con­tré un equi­po que no te­nía me­dios más que pa­ra sal­var­se y co­men­za­mos a via­jar en au­to­bús a to­dos los par­ti­dos. ¡Me pa­re­cía la hos­tia! Re­pa­sa­ba los ri­va­les: País Vas­co, Za­ra­go­za... y yo pen­sa­ba, ¡a ver si ba­ja al­guno y su­be uno de aquí cer­ca! [ri­sas]. En el Cel­ta he si­do muy fe­liz. —Par­ti­do en el Mo­li­nón. Mos­to­voi se mar­cha del cam­po y us­ted le obli­ga a re­gre­sar. —¡Qué re­cuer­do! Nos ju­gá­ba­mos mu­chí­si­mo en aquel par­ti­do, y me di­cen los com­pa­ñe­ros: ‘Se ha pi­ra­do el ru­so’. Yo di­go: ‘Pues ya ven­drá otro’. Y me di­cen: ‘¡Que no hay más cam­bios, que se ha pi­ra­do del cam­po!’. Mi­ro y le veo en el ban­qui­llo. Me voy allá, unos em­pu­ján­do­lo pa­ra fue­ra y yo ti­ran­do de él pa­ra el cam­po. De­cía que le mo­les­ta­ba la pier­na y le di­je: ‘¡Pues si no pue­des co­rrer, te que­das quie­to, pe­ro de ahí no te mue­ves!’. Y se que­dó en el cam­po to­do el par­ti­do. Pa­ra no­so­tros fue muy du­ro des­pués. Las pe­ñas se subían por las pa­re­des, le que­rían ma­tar. Aho­ra es una anéc­do­ta, pe­ro en­ton­ces él lo pa­só mal. Yo creo que ahí me uní mu­cho más a Mos­to­voi. Vi que es­ta­ba hun­di­do y te­nía­mos dos op­cio­nes, ayu­dar­le o que aca­ba­se la tem­po­ra­da y el club le echa­se. Pa­ra mí era el me­jor ju­ga­dor de la his­to­ria del Cel­ta y no se po­día ir. Em­pe­za­mos a in­vo­lu­crar­lo, a dar­le cariño, y a par­tir de ahí co­no­ci­mos al Zar. Ha si­do el ju­ga­dor más gran­de que he te­ni­do co­mo com­pa­ñe­ro. —Una ex­pe­rien­cia que le ha­ya mar­ca­do. —Ir a Su­per­vi­vien­tes. Me pa­sé 60 días allí, una se­ma­na so­lo, pa­sé ham­bre y adel­ga­cé 14 ki­los. Cuan­do re­gre­sé no era ca­paz de ver a al­guien de­jar so­bras en el pla­to. Me sien­to or­gu­llo­so y afor­tu­na­do por ha­ber vi­vi­do ex­pe­rien­cias inima­gi­na­bles. —¿As­pas o Adu­riz? —50/50. Men­ti­ría si eli­gie­ra. Soy un 50 % del Ath­le­tic y un 50 % del Cel­ta. Los dos me han da­do to­do lo que soy. Y si tu­vie­ra que de­cir un ter­ce­ro, di­ría el Real Ma­drid, por­que con­mi­go siem­pre ha te­ni­do gran­des de­ta­lles. —¿Co­co­chas o pul­po? —Pul­po. —Una be­bi­da. —Agua. —¿Su pla­to fa­vo­ri­to? —Cen­to­lla de la Ría de Vi­go. —¿Una pe­lí­cu­la? —Cual­quie­ra de Rocky. —Un li­bro. —Mi ver­dad, de Julio Al­ber­to. —¿Es su­pers­ti­cio­so? —Ni soy su­pers­ti­cio­so ni ten­go ma­nías. —Una co­lec­ción. —La de ca­mi­se­tas de fut­bo­lis­tas que ten­go, guar­do so­bre unas 600. ¡Es mi au­tén­ti­co hobby! —Y su fa­vo­ri­ta es... —Buf, mu­chas, pe­ro qui­zás la de mi her­mano en el Mun­dial de Es­ta­dos Uni­dos con­tra Ita­lia, fir­ma­da por to­do el equi­po, Plá­ci­do Do­min­go y el ac­tual rey. —El fut­bo­lis­ta que más le ha mar­ca­do. —Mu­chos, pe­ro por en­ci­ma de to­dos, Ma­ra­do­na. —Una pe­sa­di­lla. —La fi­nal de la Co­pa del Rey que per­dí con el Cel­ta. Lo he so­ña­do mil ve­ces.

ABRALDES

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.