«La úni­ca li­ber­tad que te per­mi­ten las re­des so­cia­les es des­co­nec­tar­te de ellas»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Cultura -

Ser un re­fe­ren­te del pen­sa­mien­to de iz­quier­das no le qui­ta a San­tia­go Alba Ri­co (Ma­drid, 1960) un ápi­ce de in­te­rés ge­ne­ral por­que no aco­ta sus ideas. Su dis­cur­so es­pon­tá­neo se en­tien­de tam­bién des­de la sen­ci­llez. Eso sí, si pa­sea por Ma­la­sa­ña, por ejem­plo, le sa­lu­dan por la ca­lle. Su Ser o no ser (un cuer­po) —edi­ta­do por Seix Ba­rral— es su úl­ti­mo li­bro. En él, co­mo fi­ló­so­fo, se in­tro­du­ce en la vi­da del in­di­vi­duo y su rol so­cial. To­dos hui­mos de nues­tros cuer­pos. So­bre esa ba­se, des­plie­ga Alba un re­la­to en el que el contexto ac­tual, do­mi­na­do por el ca­pi­ta­lis­mo, co­nec­ta con la con­di­ción hu­ma­na de to­dos los tiem­pos. Y sí, se en­tien­de al fi­nal que hui­mos. So­bre to­do, por­que se con­clu­ye que no se sa­be a dón­de va­mos. Co­mo siem­pre. Con Leer con ni­ños, en­tre otras re­co­no­ci­das obras, lo­gró que la fi­lo­so­fía ac­tual fue­ra va­lo­ra­da co­mo al­go útil pa­ra to­das las ca­pas de la so­cie­dad. Tal vez, ha­ber si­do guio­nis­ta del es­pa­cio de te­le­vi­sión La bo­la de cris­tal fue un ini­cio que lo co­nec­ta­rá siem­pre con lo po­pu­lar. —Su tra­yec­to­ria pa­re­ce do­ta­da del acier­to de es­tar en mo­men­tos cla­ve o en te­mas can­den­tes. —Sí, es ver­dad. Po­dría de­cir­se que he te­ni­do la suer­te de ha­ber es­ta­do en mo­men­tos cla­ve. La bo­la de cris­tal, las re­vo­lu­cio­nes ára­bes... Se mez­cla el ha­ber par­ti­ci­pa­do en tra­ba­jos in­tere­san­tes con la idea de que cuan­do uno es­cri­be quie­re lle­gar al ma­yor nú­me­ro de gen­te. Es una San­tia­go Alba Ri­co fue guio­nis­ta de «La bo­la de cris­tal».

for­ma de con­ven­cer­se de que el tra­ba­jo rea­li­za­do me­re­ce la pe­na. —Pe­ro ¿lo­grar unas ven­tas tan bue­nas con «Leer con ni­ños» ade­más su­pe­ró sus ex­pec­ta­ti­vas? —No na­ció de una am­bi­ción. Aun­que sí que es el li­bro con el que me sien­to más vin­cu­la­do emo­cio­nal­men­te. Coin­ci­die­ron co­sas co­mo el tra­ba­jo del edi­tor de Ca­ba­llo de Tro­ya. Pe­ro no hu­bo már­ke­ting, sino el bo­ca a bo­ca de la gen­te, que lo en­ten­dió des­de lu­ga­res que ni yo mis­mo veía. —Y, aho­ra, en «Ser o no ser (un cuer­po)» en­ta­bla ca­si un de­ba­te en­tre el cuer­po y la ima­gen. En­tre lo que so­mos y lo que no que­re­mos ser, ca­si... —Una de las ra­zo­nes por las que exis­te el cuer­po es por­que hu­ye de sí mis­mo. El pri­mer vec­tor es el lin­güís­ti­co. El cuer­po tie­ne una lar­guí­si­ma du­ra­ción. No ha cam­bia­do en 40.000 años. Es el mis­mo que an­da­ba en cu­cli­llas y que aho­ra via­ja en el AVE. —Y si esa fu­ga es in­he­ren­te al pro­pio cuer­po, ¿pa­ra qué sir­ve?

¿Por qué no ha aca­ba­do con él? —Por­que esa fu­ga del cuer­po lo mis­mo que ge­ne­ra an­gus­tia an­tro­po­ló­gi­ca ge­ne­ra cul­tu­ra. Los que cam­bian son los con­tex­tos. Esa fu­ga trans­for­ma al ser hu­mano, al que ca­da vez le re­sul­ta más di­fí­cil acep­tar las re­caí­das. Esa di­ná­mi­ca, esa ten­sión, es lo que he­mos lla­ma­do cul­tu­ra. Pe­ro lo que pa­sa aho­ra es que esa ten­sión ha que­da­do ro­ta por la no ad­mi­sión de esas re­caí­das. Por­que se tra­ta de es­con­der­nos de lo que so­mos. La pu­bli­ci­dad nos obli­ga a ser de una for­ma en la que el cuer­po es una car­ga mo­les­ta y pe­sa­da. Lle­ga un mo­men­to en que nos sen­ti­mos cul­pa­bles de te­ner cuer­po. —Y esas gen­tes que tan­to cul­to les dan a sus cuer­pos, aun­que les lla­me­mos su­per­fi­cia­les, son los que es­tán en­can­ta­dos de co­no­cer­se. ¿Son ellos los que acier­tan? —Es que eso no es cul­to al cuer­po, sino a la ima­gen. Y la ima­gen no tie­ne na­da que ver con el cuer­po, por­que nues­tro cuer­po so­lo lo ven nues­tros cer­ca­nos, o unos po­cos ami­gos. En cam­bio, en In­ter­net, en las re­des so­cia­les y de­más, lo que po­ne­mos a la vis­ta es nues­tra ima­gen. Esa gen­te tra­ba­ja más so­bre sus imá­ge­nes que so­bre nues­tro cuer­po. En es­tos años de cri­sis, de he­cho, ha cre­ci­do el gas­to en gim­na­sios, die­té­ti­ca y ope­ra­cio­nes. A ello se aña­de que más que cul­to al cuer­po es tam­bién el pro­duc­to de la ne­ce­si­dad de es­tar en el mer­ca­do la­bo­ral. —¿Se­ría lo de que­rer pa­re­cer­se a lo que uno no es? —Sí, el an­ti­vam­pi­ro. El vam­pi­ro so­lo tie­ne cuer­po. No tie­ne ima­gen, no se re­fle­ja en el es­pe­jo. Si ga­na la ima­gen en esa hui­da se­ría co­mo una sa­la de espejos lle­nos de imá­ge­nes pe­ro que en­fren­te no ten­drían nin­gún cuer­po. —Us­ted tam­bién hui­rá de su cuer­po, co­mo to­dos, ¿no? —Hu­yo de mi cuer­po, sin fin y sin éxi­to. Pe­ro al fi­nal, con­vie­ne, por­que tam­bién, tar­de o tem­prano, nos re­cuer­da que so­mos frá­gi­les. —Si le di­go que pon­ga­mos fin a esa hui­da del cuer­po, a la de­pen­den­cia de la ima­gen, a las re­des so­cia­les... ¿Se­ría po­si­ble? ¿Se­ría ese el úl­ti­mo ac­to de li­ber­tad? —No es fá­cil huir, se­ría una al­ter­na­ti­va as­cé­ti­ca. Hay que acep­tar esos for­ma­tos tec­no­ló­gi­cos y ma­ne­jar­los des­de den­tro. La úni­ca li­ber­tad que te per­mi­ten las re­des so­cia­les es des­co­nec­tar­te de ellas. En el res­to es­tás atra­pa­do. —Al­guien di­ce: Fa­ce­book no es la vi­da. Y al­guien le con­tes­ta: no lo es, pe­ro es el re­fle­jo de par­te de la vi­da. ¿Quién tie­ne ra­zón? —Los dos. Lo ma­lo es que si to­do el mun­do si­gue Fa­ce­book, el Fa­ce­book se­ría la vi­da. Y lo di­fí­cil se­ría en­fren­tar­se a un bos­que, a lo real, a las re­la­cio­nes so­cia­les, a una si­lla... Por­que los ve­ría­mos co­mo obs­tácu­los. Y esa se­ría la hui­da per­fec­ta del cuer­po. Yo di­go que el sel­fi es el cuer­po ca­te­go­rial de la ne­ga­ción del pro­pio cuer­po, de su re­fe­ren­cia. Ese es el an­ti­vam­pi­ro, co­mo ima­gen que no se re­fle­ja en el mun­do. Exi­tium Z,

M. MORALEJO

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