«Do­nald Trump cuen­ta un cuen­to que mu­chos es­ta­dou­ni­den­ses se creen»

El bri­tá­ni­co de­nun­cia en su li­bro la de­gra­da­ción del len­gua­je po­lí­ti­co, una ame­na­za pa­ra la de­mo­cra­cia

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Sociedad - EN­RI­QUE CLE­MEN­TE MA­DRID / LA VOZ

Pre­si­den­te de The New York Times des­de el 2012 y ex­di­rec­tor ge­ne­ral de la BBC (2004-2012), dos de los me­dios más pres­ti­gio­sos del mun­do, Mark Thom­pson (Lon­dres, 1957) pu­bli­ca Sin pa­la­bras. ¿Qué ha pa­sa­do con el len­gua­je de la po­lí­ti­ca? (De­ba­te). Do­nald Trump ha ca­li­fi­ca­do el dia­rio neo­yor­quino co­mo «enemi­go del pue­blo ame­ri­cano». —¿En qué con­sis­te la de­gra­da­ción del len­gua­je po­lí­ti­co que abor­da en su ensayo? —Ha­blo de la con­cen­tra­ción del len­gua­je en uni­da­des más pe­que­ñas, pa­la­bras y fra­ses más cor­tas pe­ro de gran im­pac­to emo­cio­nal que se trans­mi­ten con to­tal in­me­dia­tez. Pon­go un ejem­plo en el li­bro, la ex­pre­sión «co­mi­té de la muer­te», que uti­li­zó Sa­rah Pa­lin pa­ra des­acre­di­tar el Oba­ma­ca­re en re­fe­ren­cia a su­pues­tas se­sio­nes obli­ga­to­rias so­bre có­mo ter­mi­nar con la vi­da, lo que era fal­so. —¿Qué ele­men­tos nue­vos hay con res­pec­to a la ma­ni­pu­la­ción del len­gua­je ha­bi­tual en los po­lí­ti­cos? —Hay mu­chos ejem­plos en la his­to­ria, pe­ro lo inusual es la in­ten­si­dad y el he­cho de que mu­chos ciu­da­da­nos no oyen más que fra­ses cor­tas y eso per­mi­te de­fi­nir­se a los po­lí­ti­cos de for­ma muy cla­ra. Si en las pa­sa­das elec­cio­nes se hu­bie­ra pre­gun­ta­do qué re­pre­sen­ta Hi­llary Clin­ton a mu­chos les ha­bría si­do di­fí­cil se­ña­lar al­go. Pe­ro Do­nald Trump era el tío que iba a ha­cer el mu­ro. Con su elec-

ción ha que­da­do cla­ro que hay al­go nue­vo, la com­bi­na­ción de la exis­ten­cia de me­dios di­gi­ta­les y re­des so­cia­les ins­tan­tá­neas, la des­con­fian­za en las éli­tes, en la cla­se po­lí­ti­ca y en los ex­per­tos, la opor­tu­ni­dad que re­pre­sen­ta la cri­sis eco­nó­mi­ca, el mie­do a la glo­ba­li­za­ción y la au­to­ma­ti­za­ción y sus efec­tos so­bre las vi­das y los em­pleos de los ciu­da­da­nos. Ex­pre­sio­nes co­mo el «co­mi­té de la muer­te» las uti­li­za aho­ra el pre­si­den­te de Es­ta­dos Uni­dos, pri­me­ro pa­ra que le vo­ta­sen y aho­ra pa­ra go­ber­nar. Es que es­tá go­ber­nan­do con tuits.

—Afir­ma que Trump ha re­es­cri­to el ma­nual del len­gua­je po­lí­ti­co de Es­ta­dos Uni­dos. ¿Có­mo? —En to­das sus de­cla­ra­cio­nes, de ma­ne­ra muy ex­plí­ci­ta, se dis­tan­cia del len­gua­je con­ven­cio­nal de la po­lí­ti­ca. En el li­bro ci­to a Mar­co An­to­nio en el Ju­lio Cé­sar de Sha­kes­pea­re, que di­ce ‘yo no soy ora­dor co­mo Bru­to, sino, co­mo to­dos sa­béis, un hom­bre fran­co y sen­ci­llo’. Esa es la pos­tu­ra de Trump, ir de sen­ci­llo. Mar­co An­to­nio di­ce ‘yo ha­blo en el len­gua­je del pue­blo ro­mano, no en el de los se­na­do­res.’ Es lo que ha­ce Trump. Di­ce a los es­ta­dou­ni­den­ses soy vues­tra voz. Yo no creo que Trump sea Hitler, ni mu­cho me­nos, pe­ro Hitler de­cía mu­cho esa fra­se. Hay un gru­po de per­so­nas que se sien­ten trai­cio­na­dos por las éli­tes y lle­ga una es­pe­cie de cam­peón en el que se pue­de con­fiar, que no ha­bla co­mo los trai­do­res, sino en el idio­ma de la co­mu­ni­dad, que lla­ma a las co­sas por su nom­bre. —¿Có­mo es po­si­ble que un po­lí­ti­co que di­ce tan­tas men­ti­ras ha­ya triun­fa­do? —En el li­bro ha­blo del con­cep­to de au­ten­ti­cis­mo, es de­cir que lo que im­por­ta es que el dis­cur­so pa­rez­ca au­tén­ti­co, no que lo sea. Trump cuen­ta un cuen­to so­bre lo que ocu­rre que mu­chos ame­ri­ca­nos se creen. Un ejem­plo es la ex­pre­sión que uti­li­zó en el dis­cur­so de inau­gu­ra­ción, «car­ni­ce­ría ame­ri­ca­na». Pa­ra mí, es un ejem­plo de ir de lo par­ti­cu­lar a lo ge­ne­ral de una ma­ne­ra gro­tes­ca­men­te hi­per­bó­li­ca. EE.UU. tie­ne sus pro­ble­mas y cier­ta­men­te hay vio­len­cia, pe­ro si­gue sien­do uno de los paí­ses más exi­to­sos y prós­pe­ros. Es co­mo de­cir que to­dos los in­mi­gran­tes me­xi­ca­nos son vio­la­do­res por­que uno ha co­me­ti­do ese de­li­to. Es una exa­ge­ra­ción irra­cio­nal pa­ra apo­yar lo que se di­ce. Pe­ro mu­chos ame­ri­ca­nos creen que fra­ses co­mo la «car­ni­ce­ría ame­ri­ca­na» son cier­tas, son un re­fle­jo fiel de lo que es­tá su­ce­dien­do. Aun­que se de­mues­tre que mien­te, mu­cha gen­te pre­fie­re creer­se el cuen­to. —Di­ga lo que di­ga se lo creen. —Sí. Hay tra­ba­jos de psi­co­lo­gía po­lí­ti­ca que lo de­fi­nen co­mo di­so­nan­cia cog­ni­ti­va. Si yo creo fuer­te­men­te en al­go y lue­go me mues­tran las prue­bas que lo con­tra­di­cen hay una di­so­nan­cia cog­ni­ti­va y se pue­de en­fren­tar ig­no­ran­do o ne­gan­do los he­chos. Una de las fun­cio­nes del pe­rio­dis­mo es, con mu­cha pa­cien­cia, día tras día, re­cor­dar los he­chos a los lec­to­res, mar­ti­llear­los, por­que yo creo que al fi­nal los he­chos se im­po­nen.

B. OR­DÓ­ÑEZ

Thom­pson, ayer, en la Fun­da­ción Ra­fael del Pino de Ma­drid.

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