El no­mi­na­do a los «ós­cars» del surf ha­cía spas

Da­niel Ro­drí­guez Fi­guei­ra de­jó la em­pre­sa fa­mi­liar y su ca­rre­ra co­mo in­ge­nie­ro por el yo­ga y las olas

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - La Voz De Pontevedra - CAR­MEN GAR­CÍA DE BUR­GOS

Da­niel Ro­drí­guez Fi­guei­ra ha­bla des­pa­cio y pau­sa­do, aun­que a ve­ces no pue­de evi­tar reír. Lo ha­ce cuan­do re­cuer­da al­gu­nos de los epi­so­dios más pe­cu­lia­res de su vi­da, co­mo cuan­do se con­vir­tió en el pri­mer ga­lle­go en ser no­mi­na­do a los pre­mios Bi­lla­bong XXL Big Wa­ve Awards, al­go así co­mo los «ós­cars» del surf, ma­ti­za. Lo hi­zo en la ca­te­go­ría de me­jor caí­da, o a la más es­pec­ta­cu­lar, se po­dría tra­du­cir. Aun­que re­co­no­ce que «fue una ca­ram­bo­la», y que ca­si se lo de­be más a uno de los gran­des sur­fis­tas del mun­do, Eric Re­bie­re, un fran­co­bra­si­le­ño que «aca­ba­ba de ve­nir­se a vi­vir a Ga­li­cia, y subió un avi­so a Fa­ce­book pre­gun­tan­do si al­guien le acom­pa­ña­ba a co­ger unas olas». Y él rá­pi­da­men­te se apun­tó; pri­me­ro, por­que la pa­la­bra surf do­mi­na­ba la fra­se, y se­gun­do, por­que te­nía oca­sión de prac­ti­car­lo con uno de los me­jo­res.

Da­ni es cons­cien­te de có­mo sue­na su his­to­ria, y de lo di­fí­cil que pue­de ser lle­gar a en­ten­der que de­ja­ra to­do lo que te­nía pa­ra ser fe­liz. Y aho­ra, a sus más de 40 años, cuan­do se le pre­gun­ta si se arre­pien­te de al­go, ape­nas de­ja ter­mi­nar la fra­se. «No, no, no —va ba­jan­do el vo­lu­men in­cons­cien­te­men­te, ha­blan­do pa­ra sí mis­mo—... que no. Aho­ra va­lo­ro otras co­sas, y creo que nun­ca me he arre­pen­ti­do».

Se re­fie­re a los es­tu­dios que ter­mi­nó co­mo In­ge­nie­ro Agrí­co­la en Lu­go. Y se re­fie­re tam­bién a la em­pre­sa que mon­tó con sus her­ma­nos de ins­ta­la­cio­nes de agua y con la que tan bien les fue du­ran­te la épo­ca de va­cas gor­das de la cons­truc­ción. Mon­ta­ban spas y cir­cui­tos de agua, bal­nea­rios y, en­tre otras co­sa, el Pa- Da­niel Ro­drí­guez Fi­guei­ra en­con­tró en el yo­ga y el surf su for­ma de

la­cio de la Ca­sa del Agua. Co­mo fue­ron ellos mis­mos los que le me­tie­ron el ve­neno del surf en las ve­nas, que des­cu­brió en A Lan­za­da gra­cias al pri­mo­gé­ni­to de los cua­tro, ca­da vez que te­nía al­gún via­je, ya fue­ra de tra­ba­jo o de ocio, se es­ca­pa­ba un ra­to a co­ger unas olas. Cuan­do co­men­za­ron, ape­nas se veían sur­fis­tas por es­ta zo­na del li­to­ral, así que lla­ma­ban la aten­ción. Pa­ra Da­ni se con­vir­tió en «una ob­se­sión».

Lo del mar le ve­nía de fa­mi­lia. Su abue­lo, Pe­pe Mal­he­cho, y su pa­dre prac­ti­ca­ron siem­pre pes­ca sub­ma­ri­na, pe­ro lo que real­men­te le engancha a él de, surf «es la sen­sa­ción de li­ber­tad, de dis­fru­tar de la na­tu­ra­le­za de una ma­ne­ra to­tal, es co­ger una ola y acom­pa­ñar­la has­ta la ori­lla». Al prin­ci­pio, com­pa­gi­na­ba la em­pre­sa con su afi­ción fa­vo­ri­ta: «Íba­mos to­dos los días a prac­ti­car a Vi­go a las 7 de la ma­ña­na an­tes de ir tra­ba­jar, vi­da.

y prac­ti­ca­ba allí dos ho­ras dia­ris, du­ran­te tres me­ses. Y yo sa­bía que aque­llo me iba a li­be­rar e iba a de­jar el tra­ba­jo, pe­ro fui po­co a po­co, y me li­be­ré del tra­ba­jo, y a par­tir de ahí em­pe­cé a ha­cer so­lo yo­ga. So­lo».

El yo­ga Ash­tan­ga, el que prac­ti­ca, fue el úl­ti­mo ele­men­to en lle­gar a su vi­da, pe­ro tam­bién el que ce­rró el círcu­lo. En una de sus va­ca­cio­nes de la em­pre­sa, en 1995, apro­ve­chó pa­ra ir­se con su her­mano al Hi­ma­la­ya en un via­je con Je­sús Ca­lle­ja y el her­mano de es­te co­mo guías. Irían pri­me­ro a Kat­man­dú, ha­rían un trek­king de 21 días, ba­ja­rían y es­ta­rían otros 3 días en Kat­man­dú. E in­ten­ta ex­pli­car lo que sin­tió en aque­lla cor­di­lle­ra: «Vas allí, es­tás an­dan­do en la al­ti­tud, res­pi­ran­do el ai­re lo más pu­ro que hay, has arre­gla­do to­dos tus pro­ble­mas aquí en ca­sa pa­ra po­der ir, y te sien­tes li­bre, no tie­nes car­gas. Y vas a an­dan­do por ahí ocho ho­ras al día, co­mien­do sú­per sano, vien­do el pai­sa­je más bo­ni­to que en tu vi­da vis­te. Ahí... uf, es di­fí­cil de ex­pli­car, te sien­tes pleno. Ple­ni­tud es la pa­la­bra. Te sien­tes sano fí­si­ca­men­te, no tie­nes preo­cu­pa­cio­nes, es­tás en un si­tio alu­ci­nan­te en el que la na­tu­ra­le­za te es­tá im­pac­tan­do, ves esas mo­les de nie­ve y de hielo, con esa mag­ni­tud, y se te pa­ra la ca­be­ci­ña y te sien­tes muy bien. Y yo creo que esos es­ta­dos son lo que se bus­ca prac­ti­can­do yo­ga».

¿Y en el surf, qué re­la­ción tie­nen am­bos de­por­tes, apa­ren­te­men­te tan opues­tas: una lle­na de adre­na­li­na y la otra de paz? No es ca­paz de dar con la res­pues­ta a la pri­me­ra, pe­ro unos mi­nu­tos más tar­de la en­cuen­tra e in­te­rrum­pe la con­ver­sa­ción. El tono de voz y la ma­ne­ra de dar for­ma a las sen­sa­cio­nes cau­ti­va: «Es muy pa­re­ci­da la sen­sa­ción de prac­ti­car una Ga­li­cia no es nin­gún se­cre­to pa­ra los sur­fe­ros más pró­xi­mos, pe­ro es po­co fre­cuen­te ver­la en­tre las no­mi­na­cio­nes a los Bi­lla­bong XXL Big Wa­ve Awards, los «ós­cars» del surf. San­ta Ma­ría de Oia, aun­que al­go pe­li­gro­sa por en­con­trar­se en una zo­na ro­co­sa, al­ber­ga olas con­si­de­ra­bles. Fue allí don­de Ro­drí­guez y Re­bie­re lo­gra­ron su can­di­da­tu­ra al pre­mio in­ter­na­cio­nal.

co­sa y otra, so­lo que en surf uti­li­zas una ola. En las dos ac­ti­vi­da­des es­tás ab­sor­to com­ple­ta­men­te ha­cién­do­lo, no pien­sas en na­da más, es­tás ahí en el mo­men­to y eso es una pa­sa­da».

In­clu­so aun­que sea pa­ra caer­se. La ola de Oia, ma­ti­za, «no era muy gran­de com­pa­ra­da con las otras no­mi­na­cio­nes, por eso te di­go que fue una ca­ram­bo­la. Yo tu­ve una caí­da muy fea, por­que es en una zo­na de ro­cas, pe­ro el otro com­pa­ñe­ro que co­gió la mis­ma ola ca­yó en­ci­ma de la ta­bla y se pe­gó un gol­pe muy gran­de, y era muy vi­sual el ví­deo». Y cuen­ta al­go, en el mis­mo tono de voz ba­ja y pau­sa­do, que pa­re­ce dar con una cla­ve y ayu­da a en­ten­der­lo, aun­que sea des­de una ta­bla: «Fue muy bueno por­que me dio una cu­ra de hu­mil­dad, y a la vez me dio fuer­za».

Era un lo­gro his­tó­ri­co pa­ra im­per­fec­tos.

CA­PO­TI­LLO

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.