Si es­tos Mer­ce­des ha­bla­sen...

El co­che ne­gro re­cor­da­ría sus ex­cur­sio­nes a Ro­ma por­tan­do al obis­po de Tui. Y el azul, ¡ay, el azul!, qué fa­tal muerte la de su pri­mer due­ño… Asis­ti­mos a una con­ver­sa­ción en­tre am­bos

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Sociedad -

Si los co­ches ha­blan en la pe­lí­cu­la Cars, ¿por qué no van a con­ver­sar en una pá­gi­na de pe­rió­di­co? A al­gu­nos Mer­ce­des so­lo les fal­ta eso, ha­blar. Es­tos dos W110 de la foto son mu­dos, co­mo to­dos. Pe­ro ¿qué di­rían si se con­ta­ran sus vi­das has­ta lle­gar a las ma­nos de En­ri­que Fe­rrín, su ac­tual pro­pie­ta­rio? Es­cu­ché­mos­les. —Mer­ce­des Ne­gro (N): Pa­ra es­tos de La Voz pa­re­ce que so­lo exis­ten los W123. Pa­re­ce que hay uno por ca­da ga­lle­go. ¿Y no­so­tros, qué? So­mos bas­tan­te más an­ti­guos y, por cier­to, me­nos co- mu­nes que ese otro mo­de­lo. —Mer­ce­des Azul (A): Yo soy del año 1965. —N: Pia­ce­re… Dis­cul­pa, a ve­ces aún se me es­ca­pa el ita­liano. Es que fue­ron has­ta sie­te via­jes a Ro­ma con el obis­po de Tui, y cuan­do aún no ha­bía au­to­pis­tas. Pe­ro no du­ró mu­cho. —A: ¿Por qué? ¿Mu­rió jo­ven el obis­po? —N: No, fue­ron aque­llas co­sas del Con­ci­lio Va­ti­cano II, de­ci­die­ron que el cle­ro no po­día ir por ahí os­ten­tan­do lu­jos. Y cla­ro, un co­che co­mo yo… Así que aca­bé en Pon­te­ve­dra. Ha­cía via­jes más cor­tos pe­ro sin des­can­so. Y co­no­cí a me­dia ciu­dad. Mi nuevo due­ño era ta­xis­ta. Yo lle­va­ba el 7, co­mo Ro­nal­do, aun­que él se le­sio­na más que yo. Yo ave­rías, ce­ro. Y ya he su­pe­ra­do el mi­llón de ki­ló­me­tros. —A: ¡Cuán­ta ac­ti­vi­dad! Yo en cam­bio, me­dia vi­da pa­ra­do… —N: Pues los co­ches na­cen pa­ra ro­dar y ro­dar. ¿Qué pa­só? —A: Vi­ne de la emi­gra­ción con mi due­ño y un día me lle­vó al con­ce­sio­na­rio pa­ra una re­vi­sión. Re­sul­ta que cuan­do es­ta­ba en­tre me­cá­ni­cos, él mu­rió. La viu­da se ol­vi­dó de mí y pa­sé allí 30 años, en los só­ta­nos del ta­ller. Un día apa­re­ció En­ri­que, nues­tro due­ño, bus­can­do unos asien­tos, pe­ro re­sul­ta que me los ha­bían arran­ca­do pa­ra tras­plan­tar­los a otro co­che. Se mo­les­ta­ron en re­cu­pe­rar­los y al fi­nal me com­pra­ron y me tra­je­ron a Ar­tei­xo. Pa­re­ce que arran­qué a la ter­ce­ra. No es­tá mal des­pués de tres dé­ca­das pa­ra­do. Y aho­ra me han pues­to en ven­ta. —N: Tar­de o tem­prano nos ten­dre­mos que se­pa­rar. Pe­ro lo im­por­tan­te es su­mar ki­ló­me­tros, y a ti aún te fal­ta mu­cho pa­ra mi mi­llón. Si aquí es­tás de su­plen­te, busca me­jor un equi­po con el que ju­gar más mi­nu­tos. —A: Oye, ¿y ese fo­tó­gra­fo que vie­ne ha­cia aquí? —N: Shhhhh, ca­lla.

¿Tie­nes un Mer­ce­des con his­to­ria? En­vía un co­rreo a mi­mer­ce­des­his­to­ri­co@la­voz.es El nuevo ob­je­ti­vo de re­ci­cla­je es­tá pre­vis­to pa­ra el 2030.

GON­ZA­LO BA­RRAL

En­ri­que Fe­rrín po­sa con sus dos jo­yas en una pla­ya de Ar­tei­xo. Es­tos clá­si­cos de Mer­ce­des de los años 60 tam­bién se co­no­cen co­mo Co­las, por su es­ti­li­za­da par­te tra­se­ra. So­lo les fal­ta ha­blar. ¿O ha­blan real­men­te? Es­cu­che­mos.

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