El me­ta­le­ro que duer­me a sus hi­jos con «heavy»

Lo su­yo es la mú­si­ca más du­ra. Y los éxi­tos sor­pren­den­tes. Un dis­co de una ban­da su­ya arra­só en Ja­pón

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra - MA­RÍA HER­MI­DA

Cuan­do uno que­da con un heavy, in­cons­cien­te­men­te, se pre­pa­ra pa­ra re­ci­bir a al­guien de pan­ta­lón pi­ti­llo, chu­pa de cue­ro y al­gu­na que otra ta­chue­la. Sin em­bar­go, Emi Ramírez, un sorprendente mú­si­co pon­te­ve­drés, en­tra por la puer­ta de un bar ves­ti­do con un po­lar ti­po De­catlón y, sal­vo por la lar­ga me­le­na re­co­gi­da en co­le­ta y los aros de las ore­jas, no cum­ple con el ca­non de los me­ta­le­ros. La char­la co­mien­za, pre­ci­sa­men­te, por ahí. ¿Qué es ser heavy en pleno si­glo XXI, se le pre­gun­ta, ya no hay que ir de ne­gro in­ma­cu­la­do y con el pan­ta­lón de cue­ro apre­tu­ja­do? Él, en­tre tí­mi­do y ner­vio­so, to­can­do con las ma­nos va­rios tra­ba­jos dis­co­grá­fi­cos su­yos que trae en una car­pe­ta, pri­me­ro ca­lla y lue­go di­ce: «Ser heavy es, so­bre to­do, la pa­sión por la mú­si­ca heavy, pe­ro tam­bién otras co­sas... pe­ro no te ima­gi­nes tam­po­co na­da ra­ro, hay mu­chos cli­chés que al fi­nal son so­lo cli­chés. Yo lle­vo una vi­da bas­tan­te nor­mal. ¡Ten­go dos ni­ños!», in­sis­te. Es de­cir eso, reír­se, y se­ña­lar: «Tie­nes que ver a mis hi­jos —es pa­dre de dos críos, uno de cua­tro años y una ni­ña más pe­que­ña—, can­tan heavy me­jor que yo». Los pe­que­ños, sin du­da, o na­cie­ron hea­vies o se hi­cie­ron. Por al­go, en vez de na­nas, es­cu­cha­ron pa­ra dor­mir clá­si­cos me­ta­le­ros can­ta­dos por un pa­dre que, al ha­blar de ellos, se le ilu­mi­na so­bre­ma­ne­ra el ros­tro.

Con la ca­ra fe­liz al acor­dar­se de sus hi­jos, Emi via­ja a su pro­pia in­fan­cia, que fue en Pon­te­ve­dra. De ella re­cuer­da ju­gar en la ca­lle to­do el día y an­dar en bi­ci. «Fui muy fe­liz», di­ce. Es hi­jo de mi­li­tar, así que le to­có cam­biar va­rias ve­ces de re­si­den­cia. Vi­vió en Fe­rrol o en San Fer­nan­do, en Cá­diz. Na­ci­do a fi­na­les de los se- Emi Ramírez to­ca ac­tual­men­te en la ban­da Iron Hun­ter, que da­rá un con­cier­to con Pa­cho Brea pró­xi­ma­men­te en Vi­go.

Em­pe­zó a to­car la gui­ta­rra con ocho años. To­mó cla­ses de can­to y los pri­me­ros gru­pos que le en­tu­sias­ma­ron fue­ron Eu­ro­pe o De­pe­che Mo­de.

To­có y co­la­bo­ró con dis­tin­tas ban­das. Fir­mó con­tra­tos con va­rias dis­co­grá­fi­cas ex­tran­je­ras pa­ra sa­car dis­cos. Uno de ellos arra­só en ven­tas en Ja­pón.

To­ca con los Iron Hun­ter y va a ac­tuar el 1 de abril en Vi­go.

ten­ta, bien po­dría ha­ber mo­vi­do el es­que­le­to con los Hom­bres G en sus tiem­pos mozos. Pe­ro no. Nun­ca fue de ese pa­lo. Se ríe y se­ña­la: «Al me­nos cons­cien­te­men­te, no bai­le pop en mi vi­da». Le gus­ta­ba Eu­ro­pe, De­pe­che Mo­de, Du­ran Du­ran y, por su­pues­to, Iron Mai­den. Em­pe­zó a to­car la gui­ta­rra con ocho años y po­co a

po­co fue per­fec­cio­nan­do el es­ti­lo. Em­pie­za a de­mos­trar que por mu­cho po­lar que lle­ve pues­to — que, por cier­to, se de­be so­bre to­do a que re­gre­sa de tra­ba­jar— es un heavy in­te­gral cuan­do cuen­ta la se­rie­dad con la que se lo to­ma to­do, la pa­sión im­pla­ca­ble, ca­si mi­li­tar, con la que des­de siem­pre tu­teó a la mú­si­ca. «Me gus­ta­ba can­tar, así que fui a cla­ses de can­to, cla­ro, ha­bía que per­fec­cio­nar pa­ra hacerlo me­jor», ex­pli­ca. De­bió de per­fec­cio­nar lo su­yo. Por­que con una de las ban­das de las que fue vo­ca­lis­ta, Wichfy­re, fi­chó por una dis­co­grá­fi­ca fran­ce­sa y sa­có un dis­co que se edi­tó tres ve­ces y las tres se ago­tó... en Ja­pón. «Allí gus­ta mu­cho la mú­si­ca me­ta­le­ra, hay un mo­vi­mien­to im­por­tan­te», ex­pli­ca Emi.

«Es­to no da ni un du­ro»

Tu­vo con­cier­tos a ni­vel in­ter­na­cio­nal, se subió al es­ce­na­rio con clá­si­cos me­ta­le­ros a los que años an­tes veía co­mo maes­tros, co­la­bo­ró con dis­tin­tas ban­das... una

no­che, des­pués de que su gar­gan­ta hi­cie­se ru­gir al res­pe­ta­ble, su mun­do cam­bió. Co­no­ció a su chi­ca, Silvana, tam­bién con al­ma me­ta­le­ra. Jun­tos, tra­je­ron al mun­do a sus hi­jos; a esos que se duer­men con heavy y que les ha­cen son­reír ca­da día. Vi­ven en Pon­te­ve­dra. Y no vi­ven de la mú­si­ca. Di­ce Emi que da igual que ven­das dis­cos o no. Que ten­gas un con­tra­to con una dis­co­grá­fi­ca ex­tran­je­ra, co­mo tie­ne él aho­ra mis­mo con la ban­da con la que es­tá to­can­do, Iron Hun­ter, pa­ra sa­car vi­ni­lo, y ce­dé. O que te re­co­rras Eu­ro­pa de es­ce­na­rio en es­ce­na­rio: «Es­to no da ni un du­ro, del heavy creo que es im­po­si­ble vi­vir, es­to es so­lo pa­sión», sen­ten­cia. Pa­ra ga­nar­se el pan, tra­ba­ja en un al­ma­cén. Es co­mer­cial. Y le gus­ta. «Yo es­toy muy con­ten­to, nun­ca me fue­ron fal­tan­do tra­ba­jos, y eso es lo im­por­tan­te. Sí que me gus­ta lo que ha­go», in­di­ca.

La pa­sión por la mú­si­ca la com­bi­na con otra afi­ción. Le gus­ta re­tra­tar el mun­do con una cá­ma-

ra de fo­tos en mano. An­tes, ha­cía bá­si­ca­men­te fotografía ma­ca­bra. Ca­ras con ojos desor­bi­ta­dos, per­so­na­jes de ma­qui­lla­je te­rro­rí­fi­co, es­ce­nas dan­tes­cas... pe­ro aho­ra tran­si­ta por mu­chos otros ca­mi­nos, co­mo por ejem­plo el de las fo­to­gra­fías de su ciu­dad, de Pon­te­ve­dra, o los con­tra­lu­ces que les sa­ca a sus hi­jos en el mar, con las es­tre­llas bai­lan­do so­bre piel. Una de las úl­ti­mas ins­tan­tá­neas que col­gó en una red so­cial la sa­có ha­cien­do al­go con lo que dis­fru­ta so­bre­ma­ne­ra; sa­lien­do al mon­te a pa­sear con su pe­que­ño. Cuen­ta en Fa­ce­book que se subió al si­tio más al­to pa­ra bus­car una bue­na pa­no­rá­mi­ca. Y se dio de bru­ces con una foto que, co­mo él di­ce, «es dig­na de un anun­cio de sua­vi­zan­te». En ella sa­len, en un pra­do ver­de y lleno de flo­res ama­ri­llas, una ca­bra blan­ca y lo que pa­re­ce un ca­bri­ti­llo de co­lor ne­gro. No le pe­ga mu­cho a un hom­bre cu­ya gar­gan­ta es­cu­pe heavy me­tal. O sí. Ya di­jo él que los cli­chés son so­lo eso, cli­chés.

CAPOTILLO

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