El ma­rino que di­ri­ge un co­le a gol­pe de re­tran­ca

El car­ta­ge­ne­ro sa­lió de la Es­cue­la Na­val con 23 años, «des­pa­cho y no­via». Es pro­fe­sor de «brid­ge» y no­ve­lis­ta

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Pontevedra - CAR­MEN GAR­CÍA DE BURGOS

De­rro­cha sen­ti­do del hu­mor y la so­brie­dad de quien ha vi­vi­do mu­chas co­sas. Aun­que él las sim­pli­fi­que to­das. Pa­ra em­pe­zar, ase­gu­ra que se cru­zó el país en­te­ro, des­de Car­ta­ge­na has­ta Ma­rín, con 18 años por una sim­ple cues­tión de lo que de­no­mi­na «con­di­ción am­bien­tal»; es de­cir, por­que en su ciu­dad na­tal se res­pi­ra ba­se na­val. A día de hoy, y tras más de tres dé­ca­das de­di­ca­do en cuer­po y al­ma a la Ma­ri­na, si­gue sin te­ner muy cla­ro qué fue lo que le em­pu­jó a ha­cer­lo. Cuan­do lle­gó a la Es­cue­la Na­val de Ma­rín se dio cuen­ta de que era el úni­co de to­da su pro­mo­ción que no pro­ce­día de fa­mi­lia de mi­li­ta­res, re­cuer­da con na­tu­ra­li­dad.

«En­tré en el 72, y sa­lí en el 77 con des­pa­cho y no­via. De Pon­te­ve­dra, cla­ro». Ma­ría Jo­sé es aho­ra su mu­jer, y con ella em­pa­que­tó to­da su vi­da die­ci­séis ve­ces pa­ra al­ter­nar los seis des­ti­nos a los que ha si­do en­via­do al­ter­na­ti­va­men­te du­ran­te los úl­ti­mos 35 años. Fe­rrol, Ma­drid, San­tan­der, Pal­ma de Ma­llor­ca y Cá­diz, don­de tu­vo a la ma­yor de las tres hi­jas. Ade­más de Ma­rín, cla­ro. Aun­que es aquí don­de se va a ju­bi­lar —«si le di­go a mi mu­jer que nos va­mos, me ma­ta»—, confiesa que no es en Pon­te­ve­dra don­de ha si­do más fe­liz. Tam­po­co en el sur. «En San­tan­der pa­sé los me­jo­res años de mi vi­da so­cial­men­te», confiesa, y ex­pli­ca que es en el mu­ni­ci­pio del nor­te don­de tie­nen más ami­gos. Y eso que so­lo es­tu­vie­ron allí cua­tro años.

Lo di­ce mien­tras sos­tie­ne bajo sus ma­nos el úni­co ejem­plar que le queda de su pri­me­ra no­ve­la, la úni­ca que ha pu­bli­ca­do por el mo­men­to, pe­ro cu­ya con­ti­nua­ción aso­ma por de­trás de su dis­cur­so. So­bre to­do, por el éxi­to ines­pe­ra­do que tu­vo La es­tre­lla Ar­géa­da, una in­tri­ga his­tó­ri- Jo­sé Gar­cía Olivares es pro­fe­sor de «brid­ge», no­ve­lis­ta, y di­ri­ge el Sal­va­dor Mo­reno.

ca am­bien­ta­da en­tre Ma­ce­do­nia y la ría de Pon­te­ve­dra. Uno abre el li­bro y ojea una pá­gi­na al azar. El co­mien­zo del ca­pí­tu­lo cuen­ta có­mo el pro­ta­go­nis­ta se enamo­ró de una jo­ven en su pri­mer año de es­tu­dios en la Ma­ri­na. ¿Es au­to­bio­grá­fi­co? «No —di­ce, y no pue­de evi­tar reír cuan­do lee el pá­rra­fo se­ña­la­do—. Sí es cier­to que me sien­to más có­mo­do es­cri­bien­do so­bre lo que sé».

Y tam­bién so­bre lo que no tan­to, por­que, aun­que fue­ra pro­fe­sor —du­ran­te cin­co años, de la asig­na­tu­ra de Ar­mas Sub­ma­ri­nas, una de las ma­te­rias de pri­mer or­den de la ca­rre­ra—, el tra­ba­jo de in­ves­ti­ga­ción que tu­vo que rea­li­zar pa­ra do­cu­men­tar la no­ve­la le lle­vó gran par­te de los dos años que em­pleó en es­cri­bir­la. A ellos hay que su­mar otro más en la bús­que­da de edi­to­rial. La co­sa se pu­so tan com­pli­ca­da que de­ci­dió lan­zar­se por su cuen­ta y au­to­edi­tar­se bajo el se­llo Círcu­lo

Ro­jo. La pri­me­ra edi­ción, de un cen­te­nar de ejem­pla­res, se ago­tó en la pre­sen­ta­ción, en no­viem­bre del año pa­sa­do, en el Li­ceo Ca­sino. La se­gun­da, de otros cien, po­co des­pués. «No sa­bía que te­nía tan­tos ami­gos», bro­mea.

Es im­po­si­ble no de­tec­tar esa mez­cla de hu­mil­dad y or­gu­llo con la que ha­bla de su obra. Aho­ra, con so­lo un ejem­plar de La es­tre­lla Ar­géa­da en su po­der, es­tá a es­pe­ra de que una edi­to­rial an­da­lu­za que mos­tró in­te­rés por ella se de­ci­da a po­ner­se con él. ¿Y qué le di­jo su mu­jer cuan­do le anun­ció que iba a em­pe­zar a es­cri­bir un li­bro pa­ra com­pa­gi­nar­lo con su la­bor de pro­fe­sor de brid­ge y de di­rec­tor de un co­le­gio? «Es­tá en­can­ta­da. Y cuan­do se la ter­mi­ne de leer le va a gus­tar», di­ce. Las suel­ta con se­rie­dad, co­mo si es­tu­vie­ra cons­ta­tan­do una reali­dad, y hay que es­tar des­ar­ma­do pa­ra dis­fru­tar de la con­ver­sa­ción. Ríe: «An­da

que... ¡mi­ra que no ha­bér­se­la leí­do to­da­vía!».

Ca­be la du­da de si es por­que es­ta­rá tan ocu­pa­da co­mo él. Lo de la no­ve­la fue «un ca­pri­cho, un an­to­jo». Lo hi­zo por­que qui­so. Lo de ser pro­fe­sor de brid­ge, tam­bién. Em­pe­zó a ju­gar ha­ce 46 años, así que, in­clu­so aun­que no tu­vie­ra el tí­tu­lo de ár­bi­tro lo­cal, sí ten­dría ex­pe­rien­cia y co­no­ci­mien­tos su­fi­cien­tes pa­ra dar cla­se. Es lo que ha­ce en sus tar­des li­bres. Cuan­do re­gre­só a Pon­te­ve­dra ha­ce sie­te años tras otros sie­te fue­ra se dio cuen­ta de que el equi­po del Ca­sino es­ta­ba al­go mer­ma­do en com­pa­ra­ción a co­mo lo re­cor­da­ba, así que se pro­pu­so le­van­tar­lo. Aho­ra, so­lo los miér­co­les por la tar­de reúne a más de me­dia do­ce­na de alum­nas en su plan­ta su­pe­rior pa­ra en­se­ñar­les a prac­ti­car es­te de­por­te de nai­pes. «Es muy buen pro­fe­sor —ase­gu­ra una de ellas—, tie­ne una pa­cien­cia con no­so­tras..».

De mo­do que la úni­ca de sus ocu­pa­cio­nes que no se ha con­ver­ti­do en afi­ción es la de dirigir el CPR Sal­va­dor Mo­reno. Tras com­ple­tar sus 33 años de ser­vi­cio, pa­só a re­ser­va, co­mo to­dos los ma­ri­nos. Por en­ton­ces, el cen­tro es­ta­ba re­gi­do por las Dis­cí­pu­las de Jesús des­de 1953, pe­ro una nor­ma nue­va obli­ga­ba a los do­cen­tes a re­ti­rar al cum­plir 70 años, de mo­do que se con­vir­tió en un im­pe­ra­ti­vo cu­brir las ba­jas que las re­li­gio­sas de­ja­ban en el cen­tro. Al Es­ta­do le que­da­ron en­ton­ces tres al­ter­na­ti­vas: ce­rrar­lo, tras­pa­sar­lo a la Xun­ta, o crear una di­rec­ción mi­li­tar. Eli­gió es­ta úl­ti­ma op­ción. Fue ha­ce año y me­dio. Aun­que ha­bía va­rios vo­lun­ta­rios pa­ra el pues­to, el Mi­nis­te­rio de De­fen­sa se lo ofre­ció a él. «Y yo que lo pe­dí es­ca­pan­do de mis tres nie­tos», sus­pi­ra cuan­do lle­ga de re­co­ger a uno de ellos del co­le­gio. Y vuel­ve a sol­tar esa son­ri­sa de re­tran­ca.

RA­MÓN LEIRO

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