Con­de­na­dos

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - El Tiempo - Car­los Agu­lló

Car­men Aven­da­ño, que da la sen­sa­ción de ser una mu­jer fir­me y se­re­na, de­di­có una bue­na par­te de su vi­da a com­ba­tir a los nar­co­tra­fi­can­tes que, des­de los años ochen­ta, de­san­gran Ga­li­cia. Las ci­ca­tri­ces pro­vo­ca­das por esa cruen­ta gue­rra en la que la vio­len­cia la po­ne una par­te y la otra apor­ta las víc­ti­mas, no le ha­cen per­der la se­re­ni­dad cuan­do, des­pués de 21 años de con­de­na, ve sa­lir por la puer­ta de la pri­sión a Lau­reano Ou­bi­ña. «Es una per­so­na que tie­ne de­re­cho a la li­ber­tad, no la cues­tiono. Tie­ne de­re­cho a la rein­ser­ción, aun­que de la de él du­do», di­ce es­ta ma­dre que tu­vo que en­tre­gar a dos de sus cin­co hi­jos a la he­roí­na.

Ou­bi­ña cum­plió su con­de­na por tra­fi­car con ha­chís y por blan­queo de ca­pi­ta­les. Nun­ca se pro­bó que par­ti­ci­pa­se en el ne­go­cio cri­mi­nal de otras mer­can­cías. Apa­re­ce aho­ra en la te­le­vi­sión, con as­pec­to man­so, ras­tri­llan­do los cam­pos de un cen­tro de rein­ser­ción en el que pa­sa­rá unos días an­tes de dis­fru­tar de ple­na li­ber­tad. Se le es­cu­cha ha­blar, ca­si bea­tí­fi­co, de otro in­terno al que le re­co­mien­da ale­jar­se pa­ra siem­pre de las dro­gas. Aven­da­ño, des­de su do­lor, no pier­de la cal­ma cuan­do ve a Lau­reano Ou­bi­ña li­bre, pe­ro na­die le re­pro­cha­ría un rap­to de có­le­ra an­te una es­ce­na que, si no lo es, tie­ne to­dos los in­gre­dien­tes de una iro­nía mor­daz y hu­mi­llan­te.

Ou­bi­ña en­car­na pa­ra mu­chas per­so­nas lo peor de aque­lla la­cra que diez­mó a to­da una ge­ne­ra­ción y ame­na­zó con pu­drir pa­ra siem­pre a la so­cie­dad ga­lle­ga, pe­ro cum­plió la con­de­na que le da el de­re­cho a re­in­ser­tar­se en la so­cie­dad co­mo una per­so­na li­bre. Y así de­be ser un Es­ta­do de de­re­cho por el que si­guen pe­lean­do ca­da día per­so­nas co­mo Car­men Aven­da­ño. Son los muer­tos pi­so­tea­dos por el ca­ba­llo los que no tie­nen otra opor­tu­ni­dad. REDACCIÓN / LA VOZ

Es­ta es la his­to­ria de una ave­ría. Pe­ro no una ave­ría cual­quie­ra. Ocu­rrió en las tri­pas de un Mercedes y en el mo­men­to más inopor­tuno (aun­que ¿cuán­do no lo es?). Due­ño y co­che aca­ba­ban de co­no­cer­se y la má­qui­na no pu­do ele­gir peor ma­ne­ra pa­ra abrir en­tre am­bos una trin­che­ra de des­con­fian­za.

El con­duc­tor es Mi­guel Lo­sa­da, vi­ve en Vi­go y se cru­zó la pe­nín­su­la en tren pa­ra lle­var­se su nue­vo co­che, un Mercedes 300CE de 1992 con el que re­gre­só des­de Barcelona, el lu­gar de la com­pra­ven­ta. Mi­guel se in­quie­tó al oír al ven­de­dor de­cir: «No sé qué de­mo­nios le pa­sa, hoy tu­ve que usar otra ba­te­ría pa­ra en­cen­der­lo». El vi­gués co­men­zó a su­dar frío. Le que­da­ban por de­lan­te más de mil ki­ló­me­tros has­ta ca­sa con aquel co­che que le ilu­sio­na­ba pe­ro real­men­te des­co­no­cía. Cuan­do lo arran­có, las lu­ces del cua­dro de man­do se dis­pa­ra­ron co­mo sín­to­ma de que al­go no iba bien. Pe­ro el co­che, an­dar, an­da­ba.

Sin quitarse el su­dor frío, Mi­guel aban­do­nó Barcelona cru­zan­do los de­dos y re­cor­dan­do que en la ma­dru­ga­da del lu­nes de­bía em­pe­zar a tra­ba­jar. Una ho­ra y pi­co des­pués, no­tó una abrup­ta pér­di­da de frío en el ai­re acon­di­cio­na­do y diez mi­nu­tos más tar­de Mi­guel se en­con­tra­ba en me­dio de la au­to­vía en al­gún pun­to in­de­ter­mi­na­do de la pro­vin­cia de Lé­ri­da. El se­gu­ro aún es­ta­ba a nom­bre del ven­de­dor, así que la grúa le ofre­ció lle­var­lo de vuel­ta a Barcelona. Re­cor­de­mos que a Mi­guel le co­rría pri­sa Mi­guel no tu­vo en su 300 más ave­rías que la del pri­mer día, gra­cias a la cual, ade­más, apren­dió que hay gen­te so­li­da­ria en to­das par­tes.

pa­ra re­gre­sar a Vi­go por mo­ti­vos la­bo­ra­les. Así que, tras mu­cho im­plo­rar, la grúa lo aca­bó de­jan­do a las puer­tas de un ta­ller de Mo­lle­ru­sa que es­ta­ba ce­rra­do has­ta el lu­nes (era sá­ba­do). «El me­cá­ni­co tam­bién se apia­dó de mí, mi­ra­ron la ave­ría y des­cu­brie­ron que mi co­che ne­ce­si­ta­ba otro al­ter­na­dor», re­cuer­da Mi­guel. Eran las 13.30 ho­ras de un sá­ba­do de ve­rano.

Al des­gua­ce

¿Dón­de se en­cuen­tra un al­ter­na­dor? La si­tua­ción se re­sol­vió así: Mi­guel que­dó a car­go del ta­ller mien­tras el me­cá­ni­co se mar­chó has­ta un des­gua­ce y una ho­ra des­pués re­gre­só con tres al­ter­na­do­res, por si al­guno fa­lla­ba. «El hom­bre de­cía to­do el tiem­po que su mu­jer lo iba a

ma­tar, que ha­bía que­da­do pa­ra ir a la pla­ya con sus hi­jos…». To­do por ayu­dar a Mi­guel.

«Des­pués del sus­to, he pen­sa­do que aque­lla ave­ría me vino muy bien pa­ra cam­biar mi for­ma de pen­sar —re­la­ta el su­fri­do com­pra­dor del co­che—; no te­nía bue­na ima­gen de la gen­te ca­ta­la­na por sus de­seos de in­de­pen­di­zar­se, pe­ro gra­cias a es­te Mercedes he apren­di­do la lec­ción: hay gen­te bue­na en to­das las par­tes y lo que han he­cho por mí es muy gran­de». —¿Y el co­che? —Es­tu­pen­da­men­te. Ni una ave­ría más. ¿Tie­nes un Mercedes con his­to­ria? En­vía un co­rreo a mi­mer­ce­des­his­to­ri­co@la­voz.es Es­ta tar­de so­na­rá un te­lé­fono con una gran no­ti­cia. La Voz de Ga­li­cia lla­ma­rá a uno de sus lec­to­res o lec­to­ras pa­ra co­mu­ni­car­le que es la per­so­na ga­na­do­ra de un Mercedes Cla­se A 180 Ber­li­na, el pri­me­ro de los tres que re­ga­la el pe­rió­di­co de to­dos los ga­lle­gos en un año muy es­pe­cial, el del 135 aniver­sa­rio. Y es­te do­min­go se en­tre­ga­rá con La Voz la car­ti­lla pa­ra el sor­teo de otro su­per­mo­de­lo de Mercedes, un GLA 180 SUV, un lu­jo pa­ra avan­zar en la ca­rre­te­ra y en la ciu­dad. Y si no con­si­gues com­ple­tar nin­gún pa­nel de la car­ti­lla, no la ti­res. Po­drás en­trar igual­men­te en un sor­teo fi­nal de 6.000 eu­ros.

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