«Se vie­ron sin di­ne­ro y la úni­ca for­ma de so­bre­vi­vir era hun­dién­do­me la vi­da»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia -

Pe­dro Ra­ño sa­lió es­te jue­ves de pri­sión tras pa­sar en­ce­rra­do dos años y me­dio y echó a an­dar por la ca­rre­te­ra sin es­pe­rar a los fa­mi­lia­res que lo iban a re­co­ger. «No po­día mi­rar atrás, que­ría ale­jar­me de aquel lu­gar», di­jo. Es­te ve­cino de A Ba­ña y na­tu­ral de San­ta Com­ba, con­de­na­do a 44 años por vio­lar a sus tres hi­jas­tras y absuelto es­ta se­ma­na por el Su­pre­mo, re­co­no­ce que al prin­ci­pio fue fe­liz jun­to a su ex­mu­jer. Pe­ro la re­la­ción, tras una dé­ca­da de con­vi­ven­cia, se fue en­ve­ne­nan­do has­ta el pun­to de que en no­viem­bre del 2014 le pi­dió el di­vor­cio. «Al día si­guien­te, ella Pe­dro Ra­ño, du­ran­te el jui­cio en el que fue con­de­na­do.

fue al cuar­tel pa­ra de­nun­ciar­me y hun­dir­me la vi­da», re­cuer­da un hom­bre que «nun­ca» com­pren­de­rá «la mal­dad» que pue­de te­ner una per­so­na «pa­ra ha­cer al­go tan ho­rri­ble». —El Tri­bu­nal Su­pre­mo lo ab­suel­ve por fal­ta de prue­bas, pe­ro en­ten­de­rá que mu­cha gen­te si­ga du­dan­do de su inocen­cia, pues los fo­ren­ses die­ron cre­di­bi­li­dad

a las víc­ti­mas en el jui­cio. —Ellas son unas pro­fe­sio­na­les de la men­ti­ra, se es­tu­dia­ron las de­cla­ra­cio­nes e hi­cie­ron una pues­ta en es­ce­na per­fec­ta. Eso sí, en los do­ce años que di­cen ha­ber su­fri­do ma­los tra­tos y vio­la­cio­nes no pre­sen­ta­ron ni una so­la prue­ba. Ni un par­te mé­di­co. Ni un tes­ti­mo­nio de al­guien que las ha­ya vis­to al­gu­na vez amo­ra­ta­das. Que ha­ya gen­te que no me crea... yo ya no pue­do ha­cer na­da pa­ra con­ven­cer­los. Me que­do con la can­ti­dad de per­so­nas que sí me apo­ya­ron des­de el prin­ci­pio. —In­clu­so re­ci­bió el apo­yo de la fa­mi­lia de su ex­mu­jer. —Sí. Tan­to su pro­pia ma­dre co­mo su her­ma­na y el res­to de la fa­mi­lia me cre­ye­ron a mí. Es más, me es­cri­bían a pri­sión y me da­ban áni­mos. Las co­no­cían de so­bra. —¿No le pa­re­ce di­fí­cil de creer que una mu­jer y sus tres hi­jas se inventen mons­truo­si­da­des se­me­jan­tes pa­ra hun­dir­le la vi­da? —Has­ta que me ocu­rrió a mí, ja­más me ima­gi­né al­go pa­re­ci­do. Nun­ca en­ten­de­ré la mal­dad que pue­de lle­gar a te­ner una per­so­na pa­ra ha­cer al­go tan ho­rri­ble co­mo lo que ella me hi­zo. —¿Qué es lo que bus­ca­ban de­nun­cián­do­lo? —Al día si­guien­te de pe­dir­le el di­vor­cio, me de­nun­cia­ron. Se vie­ron sin di­ne­ro y la úni­ca for­ma que te­nían pa­ra so­bre­vi­vir era hun­dién­do­me la vi­da. Yo fui su úni­co sus­ten­to. —¿Qué les di­ría tras es­cu­char­las afir­mar que tie­nen mie­do es­tan­do us­ted en li­ber­tad? —Que pue­den es­tar muy tran­qui­las, que cuan­to más le­jos es­té de ellas mu­cho me­jor. —En Ca­na­rias, en los no­ven­ta, el pri­mer ma­ri­do de su ex­mu­jer es­tu­vo a pun­to de aca­bar en pri­sión co­mo us­ted. —Sí. Lo de­nun­ció por mal­tra­to y abu­sos a su hi­ja. Se de­mos­tró que era una de­nun­cia fal­sa y ella sa­lió en los pe­rió­di­cos de Ca­na­rias co­mo ayer en el te­le­dia­rio, llo­ran­do y gri­tan­do. —¿Co­mo es la vi­da en pri­sión de un hom­bre con­de­na­do por vio­lar a me­no­res? —Ho­rri­ble. Al prin­ci­pio es­tu­ve en en­fer­me­ría. Lue­go, ya en el mó­du­lo, es­cu­ché có­mo al­gu­nos me in­sul­ta­ban y ame­na­za­ban, pe­ro nun­ca pa­sa­ron de eso. —¿Qué quie­re ha­cer aho­ra? —Ver a mi hi­ja. Lle­vo ca­si tres años sin ver­la.

CABALAR EFE

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