La ma­dre que vio mo­rir a seis hi­jos

Marisa Velón per­dió a ca­si to­da su des­cen­den­cia por la he­roí­na

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Portada - JOR­GE CA­SA­NO­VA

Quie­nes han pa­sa­do por la ex­pe­rien­cia di­cen que no hay na­da peor que en­te­rrar a un hi­jo. Ma­ría Lui­sa Velón, Marisa, ha su­fri­do seis ve­ces ese do­lor. Una de­trás de otra. Hay que su­je­tar­se an­tes de es­cu­char­la enu­me­rar los nom­bres de los hi­jos que dio a luz y a los que lue­go vio mo­rir: «Je­sús Ma­ría, a los 35; Ma­ría Isa­bel, a los 54; Ra­mi­ro, a los 27, Jo­sé Am­bro­sio, a los 28; Ma­nuel En­ri­que, a los 29 y Jo­sé An­to­nio, a los 31». Cin­co fue­ron de­rro­ta­dos por el mis­mo ri­val: la he­roí­na. A Ma­ría Isa­bel se la lle­vó un cán­cer.

El ca­so de Marisa de­be ser úni­co en Es­pa­ña. Ella es úni­ca tam­bién. Tie­ne 76 años y me em­pla­za en una ca­fe­te­ría tem­prano, por­que tie­ne que ir a tra­ba­jar. Lo ha­ce des­de ni­ña: «A mi me crió mi abue­la. A los 10 años ya an­da­ba con la le­che por las ca­lles». Y has­ta hoy. Fue a la es­cue­la du­ran­te un año: «Pa­ra apren­der a leer y es­cri­bir». A los 19 años se ca­só y dio a luz al pri­me­ro de sus hi­jos. Des­de en­ton­ces se vol­vió a que­dar em­ba­ra­za­da diez ve­ces más: nue­ve par­tos y dos abor­tos.

«Mis hi­jos eran muy bue­nos», re­pi­te co­mo un mantra. Cuen­ta có­mo es­tu­dia­ron en La Sa­lle, o có­mo dos de ellos tra­ba­ja­ron de ca­ma­re­ros, otro se fue a Suiza. «A los quin­ce años ya es­ta­ban por la ca­lle. Pe­ro eran bue­ní­si­mos... has­ta que se me­tie­ron en la dro­ga». In­clu­so en­ton­ces. Marisa in­sis­te que nun­ca le ro­ba­ron, ni lo hi­cie­ron con otros: «Se bus­ca­ban la vi­da. Iban a la ma­rea, a ma­ris­car, nun­ca fue­ron con­flic­ti­vos. A mí nun­ca me tra­ta­ron mal». Eran los años del ca­ba­llo, en Ca­ran­za, don­de ca­ye­ron tan­tos. El dul­zor de la he­roí­na los atra­pó a to­dos, me­nos a la más pe­que­ña. Y de­trás vino la an­gus­tia, la ne­ce­si­dad, la incomprensión, el ais­la­mien­to, las te­ra­pias, los cen­tros, las pe­leas, la cár­cel, el sida... El vi­rus se me­tió en la fa­mi­lia con la mis­ma na­tu­ra­li­dad con la que los her­ma­nos com­par­tían la je­rin­gui­lla. Fue el an­ti­ci­po del ca­pí­tu­lo fi­nal: la muer­te.

De so­bre­do­sis so­lo mu­rió Ra­mi­ro. Un epi­so­dio de los que te de­jan sin alien­to. A es­tas al­tu­ras, cuan­do Marisa cuen­ta el es­pe­luz­nan­te epi­so­dio, otras dos mu­je­res se han uni­do a la me­sa. Son ami­gas del ba­rrio que co­no­cen la his­to­ria de pri­me­ra mano y que asien­ten el re­la­to de es­ta ma­dre que no ha per­di­do la en­te­re­za des­de que em­pe­za­mos a ha­blar: «Ra­mi­ro es­ta­ba en Suiza. Se ha­bía lim­pia­do, por­que si no, no lo co­gían. Cuan­do se fue, aún no te­nía el vi­rus». Allí se em­pleó, re­la­ta; le fue bien. Al ca­bo de unos me­ses re­gre­só de vi­si­ta. Traía di­ne­ro fres­co y le es­pe­ra­ban sus her­ma­nos. No se pu­do re­sis­tir: «Lle­gó a las cin­co y me­dia y a las nue­ve ya es­ta­ba de cuer­po pre­sen­te».

El lar­go y tor­tuo­so ca­mino

Marisa ha­bla de mu­chas de las ins­ti­tu­cio­nes que se han de­di­ca­do en las úl­ti­mas dé­ca­das a la reha­bi­li­ta­ción de to­xi­có­ma­nos. Des­de Re­to al Pro­yec­to hom­bre. Lo in­ten­tó con to­dos. Sa­car­los, res­ca­tar­los de aque­llo. «Pe­ro ya es­ta­ban en­fer­mos», re­cuer­da. Los avan­ces far­ma­co­ló­gi­cos no lle­ga­ron a tiem­po pa­ra to­dos. Sa­be lo que hay en to­das par­tes, có­mo son las te­ra­pias, a qué con­du­cen. Y sa­be tam­bién lo im­por­tan­te que es cam­biar de am­bien­te, en­con­trar un empleo: «Pe­ro no se lo dan. Mis hi­jos tra­ba­ja­ron en el Ayun­ta­mien­to. Los co­gie­ron al­gu­nas ve­ces, pe­ro a los po­cos me­ses se les aca­ba­ba el con­tra­to». Sin empleo, sin fu­tu­ro, en la mis­ma ra­to­ne­ra de siem­pre no pu­die­ron sa­lir ade­lan­te. As­fe­dro, el co­lec­ti­vo que ges­tio­na el cen­tro asis­ten­cial a dro­go­de­pen­dien­tes de Fe­rrol es don­de con­si­guió la ma­yor ayu­da. Ella mis­ma es una de las fun­da­do­ras de la agru­pa­ción. Y de vez en cuan­do in­sis­te en la ne­ce­si­dad de dar al­ter­na­ti­vas la­bo­ra­les a los que con­si­guen sa­lir.

«Mi ma­ri­do nun­ca lo en­ten­dió», re­fle­xio­na Marisa. «‘Aquí, no os quie­ro así’, les de­cía». Por eso los cha­va­les, can­sa­dos de que les ra­lla­ran la ca­be­za, se fue­ron mar­chan­do. No muy le­jos, la ver­dad. Al­gu­nos se re­fu­gia­ron en un cha­bo­lo cer­ca de ca­sa, don­de lle­ga­ron a ins­ta­lar elec­tri­ci­dad y don­de ago­ta­ron su lu­na de miel con el ja­co: «Yo, mu­chas no­ches, les lle­va­ba la ce­na. Mi ma­ri­do de­cía que no, pe­ro ¿Có­mo iba a de­jar­les sin co­mer?».

Las ami­gas de Marisa par­ti­ci­pan en la char­la. Re­cuer­dan a los cha­va­les. Ellas tam­bién han te­ni­do fa­mi­lia­res muy cer­ca­nos que na­ve­ga­ron por los mis­mos ma­res, so­lo que aca­ba­ron lle­gan­do a puer­to. Allí, en la char­la que se­gu­ro que se ha re­pe­ti­do mu­chas más ve­ces, le dan un po­co de ce­ra a Oubiña, el ar­que­ti­po del nar­co. Y al sis­te­ma pe­ni­ten­cia­rio. Al fin y al ca­bo co­no­cen per­fec­ta­men­te el ca­mino del cen­tro asis­ten­cial y tam­bién el de la pri­sión. Allí fa­lle­ció uno de los hi­jos de Marisa: «En la se­gun­da au­top­sia nos di­je­ron que fue por el con­su­mo de una me­ta­do­na, pe­ro te­nía­mos que ha­ber­nos mo­vi­do más», re­cuer­da. De la bo­ca de es­tas ma­dres sa­len ver­sio­nes me­nos co­no­ci­das de la vi­da en la cár­cel. «Mi hi­jo no en­tró por co­sas de dro­gas. Fue por una pe­lea». «Y él no tu­vo na­da que ver», in­ter­vie­ne una de las ami­gas. Marisa asien­te. En cual­quier ca­so, Jo­sé An­to­nio sa­lió muer­to.

La me­ta­do­na

El úl­ti­mo en­tie­rro fue el de Ma­ría Isa­bel, que mu­rió de cán­cer el pa­sa­do sep­tiem­bre. Se ha­bía re­cu­pe­ra­do, tu­vo un buen empleo, una pen­sión, hi­jos. Pe­ro el da­ño es­ta­ba he­cho. Pa­re­ce que re­cor­dan­do a la hi­ja, se hu­me­de­cen los ojos de Marisa, se le quie­bra la voz un po­co. Pe­ro aguan­ta, ma­dre co­ra­je. —¿Qué le de­cían ellos? «De­cían que les re­la­ja­ba». Pe­ro Marisa tam­bién re­cuer­da el epi­so­dio de la me­ta­do­na. Cuan­do tu­vo que ir a bus­car­la pa­ra va­rios de sus hi­jos y a me­dio ca­mino des­cu­brió con ho­rror que los bo­te­ci­tos se ha­bían abier­to y ya no ha­bía me­ta­do­na: «Los re­lle­né con fan­ta de na­ran­ja. Se lo to­ma­ron igual. Me de­cían, ‘Gra­cias ma­má. Es­tá­ba­mos a pun­to de ex­plo­tar’».

Ma­ría tie­ne co­sas que ha­cer. Atien­de la ca­sa de una mu­jer que so­lo re­si­de en ella unos me­ses al año. Y si­gue ha­cien­do al­gún do­mi­ci­lio. In­gre­sa una pen­sión no con­tri­bu­ti­va, y el ma­ri­do una de Ba­zán. Pe­ro aún le que­da car­ga. Lue­go vol­ve­rá a ca­sa a ha­cer la co­mi­da. Hoy pre­pa­ra­rá tor­ti­lla de pa­ta­tas y apro­ve­cha­rá las ju­días de ayer, aun­que a uno de los nie­tos que tie­ne to­dos los días a la me­sa no le gus­tan mu­cho. El ma­ri­do es­tá en Valdoviño y ella va ti­ran­do por al­gu­nos de los hi­jos que le que­dan y al­gu­nos de los nie­tos que han lle­ga­do a ca­sa y se han ins­ta­la­do más o me­nos. Marisa ti­ra mi­llas. Y des­pués del amar­go re­la­to ex­pues­to sin lá­gri­mas con­clu­ye: «Ten­go suer­te por­que Dios me ha da­do sa­lud». —¿Se arre­pien­te de al­go? Marisa ba­ja un po­co la vis­ta y con­tes­ta: «Sí. Me echo la cul­pa de no ha­ber es­ta­do más tiem­po con mis hi­jos... de no ha­ber es­ta­do un po­co más pen­dien­te». Y en­se­gui­da aflo­ra otra vez el ca­ri­ño: «Eran muy bue­nos. El ma­yor, Su­si­ño, po­bre, fí­je­se qué dro­ga­dic­to era que no sa­bía pin­char­se. Lo ha­cían los her­ma­nos». Marisa no se va, si­gue ha­blan­do de sus hi­jos, de sus no­vias, de sus nie­tos... His­to­rias de la ma­la suer­te: has­ta la de la hi­ja que se que­dó co­ja des­pués de caer­se de un co­lum­pio una ma­la tar­de en el par­que. Cuan­do ve que se aca­ba el tiem­po, cie­rra el ca­pí­tu­lo de los re­cuer­dos y muy ba­ji­to, igual pa­ra no que­brar­se, mur­mu­ra: «Me mo­rre­ron os fi­llos, po­bri­ños».

El úl­ti­mo en­tie­rro fue el de Ma­ría Isa­bel. Se pro­du­jo el pa­sa­do mes de sep­tiem­bre

«A los quin­ce años ya es­ta­ban por la ca­lle, pe­ro eran unos cha­va­les bue­ní­si­mos»

«Me echo la cul­pa de no ha­ber es­ta­do más tiem­po con mis hi­jos»

JO­SÉ PAR­DO

Tras per­der a cin­co de sus hi­jos por los efec­tos de la dro­ga, es­ta fe­rro­la­na en­te­rró ha­ce unos me­ses a otra hi­ja, víc­ti­ma de un cán­cer.

JO­SÉ PAR­DO

Marisa, ro­dea­da por los re­tra­tos de los hi­jos que fa­lle­cie­ron du­ran­te es­tos años; la úl­ti­ma en mo­rir apa­re­ce con uno de sus hi­jos.

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