«El ac­ci­den­te se me gra­bó a fue­go. Lo vi­vo co­mo si hu­bie­ra si­do ayer»

La Voz de Galicia (Pontevedra) - - Galicia - P. G.

Ál­va­ro Gar­cía Be­llo, con 44 años, es de esas personas que sa­ben que la vi­da pue­de cam­biar pa­ra siem­pre en un so­lo ins­tan­te. Por eso siem­pre sue­le dar un con­se­jo. Hay que vi­vir in­ten­sa­men­te, co­mo él in­ten­ta ha­cer ca­da día a pe­sar de las gra­ves se­cue­las fí­si­cas y psi­co­ló­gi­cas que le de­jó el ac­ci­den­te fe­rro­via­rio de San­tia­go. Era con­duc­tor de au­to­bús en A Co­ru­ña, pe­ro le di­je­ron que no po­día se­guir con­du­cien­do, al­go que asu­mió a re­ga­ña­dien­tes, pues le gus­ta­ba su tra­ba­jo en la lí­nea 7. Le die­ron una in­ca­pa­ci­dad del 66 % y vi­ve con al­go más de la mi­tad del suel­do. Pe­ro al me­nos vi­ve y man­tie­ne la es­pe­ran­za de me­jo­rar, de co­rre­gir la co­je­ra y de que al­gún día se co­noz­ca la ver­dad de la «ca­tás­tro­fe». No le gus­ta lla­mar­le ac­ci­den­te. «Un ac­ci­den­te es al­go que no se pue­de evi­tar y lo de An­grois po­día ha­ber­se evi­ta­do si no hu­bie­ran cam­bia­do el pro­yec­to». «Siem­pre creí en la Jus­ti­cia —aña­de—. La ver­dad sal­drá ade­lan­te si los jue­ces su­pe­ran las pre­sio­nes de los po­lí­ti­cos».

En un wa­sap mues­tra los me­di­ca­men­tos que to­ma des­de en­ton­ces. Una de­ce­na. Al­gu­nos son pa­ra com­ba­tir la an­sie­dad, otros pa­ra po­der dor­mir o evi­tar los vér­ti­gos que de vez en cuan­do aún le ha­cen caer. Tam­bién los hay pa­ra el do­lor. El cue­llo es lo que más le mo­les­ta aho­ra. Rom­pió dos vér­te­bras, tu­vo gra­ves le­sio­nes en las pier­nas, cua­tro frac­tu­ras en el crá­neo, tam­bién en el ta­bi­que na­sal. «He per­di­do el ol­fa­to y el gus­to», di­ce. Tam­bién es­tu­vo a pun­to de per­der un ojo.

Ál­va­ro rehú­sa ha­blar del mo­men­to del des­ca­rri­la­mien­to. Ahí la voz em­pie­za a que­brar­se. «El ac­ci­den­te se me gra­bó a fue­go. Lo vi­vo co­mo si hu­bie­ra si­do ayer». Sí cuen­ta que, aun­que el si­nies­tro se pro­du­jo a las 20.41 ho­ras del 24 de ju­lio del 2013, a él no lo lo­ca­li­za­ron has­ta las do­ce de

la no­che. Es­ta­ba de­ba­jo del ca­dá­ver de una mu­jer. Tam­bién re­cuer­da el do­lor de las pri­me­ras in­ter­ven­cio­nes pa­ra pa­rar­le la he­mo­rra­gia, aún en las vías, sin anes­te­sia. «Es­toy muy agra­de­ci­do al Ser­gas, te­ne­mos una sanidad es­tu­pen­da», di­ce. Si­gue yen­do a reha­bi­li­ta­ción y aún re­ci­be

aten­ción psi­co­ló­gi­ca y psi­quiá­tri­ca, pe­ro no a través del ser­vi­cio de Ren­fe, sino en la sanidad pú­bli­ca. Cree que aún lo ne­ce­si­ta pa­ra in­ten­tar lle­var una vi­da nor­mal. Y las no­ches aún es­tán lle­nas de pe­sa­di­llas. «To­da­vía no es­toy pre­pa­ra­do pa­ra vol­ver a via­jar en tren», la­men­ta. En aque­llas lar­gas ho­ras des­pués del ac­ci­den­te, an­tes de que acu­die­ran a res­ca­tar­le, re­cuer­da que lo que más ne­ce­si­ta­ba era agua. La sed era in­so­por­ta­ble, ca­si tan­to co­mo la di­fi­cul­tad pa­ra res­pi­rar.

Co­mo con­duc­tor de au­to­bús, Ál­va­ro com­pren­de al ma­qui­nis­ta del Al­via. «En­tien­do que to­dos po­de­mos co­me­ter erro­res, pe­ro hay que pa­gar por esos erro­res. Aun­que to­da la cul­pa no es su­ya. Es in­creí­ble que no hu­bie­ra me­di­das de se­gu­ri­dad. Una ba­li­za, que so­lo cues­ta 800 eu­ros, ha­bría evi­ta­do el ac­ci­den­te».

En La Te­rra­za de Sa­da la luz en­tra a rau­da­les por las cris­ta­le­ras de es­te edi­fi­cio úni­co. Ál­va­ro sa­be que ese ins­tan­te cam­bió su vi­da pa­ra siem­pre, pe­ro aún tie­ne ga­nas de vi­vir­la in­ten­sa­men­te. «Soy jo­ven, pe­ro vi­vo co­mo un an­ciano. Aun­que al fi­nal he te­ni­do suer­te. Ten­go una fa­mi­lia es­tu­pen­da que me ha apo­ya­do y una hi­ja ma­ra­vi­llo­sa de 16 años».

ÁN­GEL MAN­SO

Ál­va­ro Gar­cía Be­llo, en un par­que de Sa­da.

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